Disparando cocaina
Capítulo 2
A las siete en punto Lic Salinas entraba en el «Palace» y atravesaba el pequeño reino de taifas, propiedad del portero de propina y chistera, que limita con la calle por un extremo y la entrada acristalada por el otro; traspasaba la línea de recepcionistas, conserjes y cajeros; dejaba a su izquierda la batería de ascensores y enfilaba la recta final que lleva hasta la rotonda, hundiendo los zapatos en un suelo alfombrado con las tonalidades del corazón de un plum-cake.
Silvia ya estaba aguardándole sentada, con las piernas encabalgadas, junto a una lámpara de pantalla de pergamino. Fumaba displicentemente un cortosinfiltro de Virginia, y tan pronto como le vio se puso en pie.
«Vaya bombonazo. Está más güena que la última vez. Más hecha… Y la media melena le sienta de coña», se dijo Lic.
Ella avanzó bamboleando las caderas, como si se meciera sobre los tacones astifinos. Se separó de la frente las guedejas de lluvia tintada de ébano y con los labios pulposos y emborrachados de rouge le dio dos besos húmedos y sonoros que estallaron uno en cada mejilla: «mua» y «mua».
—Tu bronceado es de nieve, ¿no? —dijo Silvia señalando el rostro cetrino y anguloso del abogado.
—De estar esquiando.
—¡Cómo vives, Lic! Cómo vives…
—Hago lo que puedo.
Salinas se recolocó las gatas de carey, pendiente arriba de la nariz recta, en un gesto muy suyo.
—Haces bien.
Ella tenía hablar grave, y ese deje dulssón a mitad de camino entre canario y andino. Con un gesto le invitó a sentarse, y en cuanto se
instalaron en el sofá color crema que se apoyaba en un macizo de plantas, preguntó:
—¿A dónde has ido a esquiar? —y haciendo un mohín, añadió—: Ya sabes que soy muy cotilla.
—A Avoriaz.
Él miró hacia arriba, hacia la cúpula acristalada, entrecerrando los párpados.
Silvia le observó con ojo catalogador, diciéndose:
«Ni una sola cana, y muy pocas arrugas. Muy poquitas. Y ya va siendo un cuarentón…».
El haber superado la línea de los treinta era uno de los asuntos preferidos cuando hablaba consigo misma.
Salinas se puso a contar algunas cosas de la estación, pero ella no le escuchó hasta que mencionó los trineos tirados por caballos enjaezados con cascabeles.
—A ver si un día me llevas a ese cuento de hadas. No sé esquiar, pero me atrae ir en trineo sobre la nieve.
—Estás siempre invitada. Yo voy contigo adonde tú quieras —afirmó el abogado con zumba y no poca zalamería.
—Ahora lo tengo un poco chungo —se lamentó—. Últimamente paso mucho tiempo en Colombia. Mamá murió y me dejó una hacienda en el valle del Cauca, cerca de Cali, y una casa en Bogotá. Ya sabes, era bogotana.
—¿Y tu padre?
—Sigue viviendo en Madrid. Ya no es el que era. Ha perdido mucho desde que por edad tuvo que retirarse de notario. Aunque el declive le viene de atrás… Ya empezó poco después de separarse de mamá. Nunca pudo superar que quisiera regresar a Colombia.
Se acercó un camarero de cara paisana y ella, dirigiéndose a Salinas, le preguntó:
—¿Te provoca un tinto?
Utilizó la expresión colombiana que quiere decir: «¿Te apetece un café solo?», recordando que a Lic le hacía mucha gracia.
—A esta hora me provoca más un gintónic —repuso el abogado sonriendo.
«Lo que me provoca de veras es tu culo», se dijo.
Tan pronto como se alejó el emperifollado camarero, Silvia entró en materia:
—He quedado a las ocho con tu futuro mejor cliente.
—¿Aquí mismo?
—Sí.
—¿Dónde está ahora?
—Arriba, en la habitación.
Lic no dijo nada, pero pensó: «Debe de estar recuperándose del polvo que te acaba de echar… Silvia, tienes ojos de recién follada».
Ella rompió el silencio para darle algún dato:
—Es hombre de decisiones rápidas. Si le gustas, te confiará alguna operación hoy mismo y luego, si no le fallas, puede convertirse en tu rey Midas.
—¿Lo es ya para ti?
—Sí —repuso sin mirarle a los ojos.
El rostro color canela de la chica se arreboló y los ojos ganaron brillo.
—¿Cómo se llama?
—Jorge Cienfuegos.
—¿Es colombiano?
—Sí. Antioqueño. —Adivinando que Salinas iba a preguntarle el currículum desde el principio, prosiguió—: Su padre era un hacendado muy rico que se casó con la hija de un diplomático argentino. Estudió todo el bachiller en Barcelona, y se licenció en yanquilandia.
—¿A qué se dedica? —la interrumpió.
—A administrar su fortuna.
El apellido Cienfuegos le sonaba. Lic lo asoció a cuanto significaba ser archimillonario en Latinoamérica. Sin saber a ciencia cierta por qué, y quizá bajo los efectos de la idea que tenía de rey Midas, Colombia, macrodinero y hacendado muy rico, el cóctel le hizo aflorar en la mente la palabra narcotráfico. Tratando de quitársela de la cabeza preguntó:
—¿La fortuna se la ha ganado él, o la ha heredado?
—Heredó mucho, y lo ha multiplicado.
La voz de Silvia había ganado gravedad, pensando cada respuesta y sopesando las palabras, como si temiera hablar de más.
El abogado reparó en las dos esmeraldas oscuras y limpias que llevaba como pendientes. «Por lo menos son de tres quilates cada una». Y
mirándola con fijeza, preguntó:
—¿Qué relación tienes con Cienfuegos?
—Esperaba la pregunta al principio. Recuerdo tu estilo: siempre querías saberlo todo de entrada.
—Me estoy volviendo versallesco.
—Te estás volviendo más peligroso —le corrigió en un murmullo, mirándole con intención para añadir—: Pero me inspiras bastante confianza. —Se recreó en el «bastante»—. Recuerdo lo bien que te moviste cuando estuvieron a punto de enchironar a mamá por evasión de capital.
Silvia se interrumpió pensando:
«Y lo poco que hizo papá».
—¿Qué relación tienes con Cienfuegos? —insistió Lic.
—Me asesora en mis inversiones. Ahora tengo dinero.
No aclaró si venía de la herencia materna o de otras fuentes.
—¿Y qué más?
—Cuando Jorge viaja a Europa suelo acompañarle. Me muevo bien en el viejo mundo y le abro puertas.
—¿Necesita, de verdad, que le abran puertas?
—A veces, sí. —En tono punzante continuó—: Sin mi llamada,
¿hubieras acudido esta misma tarde al «Palace»?
—Quizá sí, si hubiese sospechado que se trataba de un asunto importante.
—O quizá no, por aquello del hacerse valer. —Ella hablaba con los ojos muy abiertos, elevando las cejas y señalándole con el índice—. A Jorge le interesaba verte ahora, y ya ves, lo he conseguido.
— Touché.
El abogado se clavó un dedo en la solapa del blazer azul-negro de cachemira, y se dejó caer sobre el respaldo del sofá como si le acabaran de atravesar con el acero.
—Eres un niño grande. Los nativos de Cáncer sois así —generalizó sonriendo.
—Recuerdas mi signo… ¡Cuánto honor!
—Hay cosas que las mujeres no olvidamos.
«Si te refieres a la noche que pasamos juntos celebrando que tu madre se había llevado los cuartos de extranjis, también yo la recuerdo con pelos y señales», se dijo el abogado mientras extraía un cigarro de la purera de cuero color tabaco que llevaba en el bolsillo interior.
Prendió primero el enésimo cortosinfiltro que Silvia se llevó a los labios, y luego su puro con parsimonia, hasta conseguir que todo el círculo del foco calorífico se inflamara. Se retrepó y soltó:
—¿Qué quiere de mí Cienfuegos?
—Te lo dirá él mismo.
La chica se alisó una arruga imaginaria del vestido de alta costura color azul turquí, y no añadió una coma.
Salinas fumó en silencio, con morosidad, poniéndola nerviosa adrede.
Al cabo de unos pocos minutos de mutismo preguntó:
—¿Te gusta vivir en Colombia?
—Mucho. Europa está muerta. Acá me ahogo. Allá se vive.
—Si tienes tus buenos millones…
La aparición de Jorge Cienfuegos puso punto final a la conversación.
Palmeó cariñosamente la espalda de la chica y estrechó la mano del abogado diciendo:
—Encantado de conocerte. —Ni siquiera perdió un instante para proponer el tuteo. Lo hizo—. Me han hablado muy bien de tu bufete de abogado. Te licenciaste en Harvard, ¿no? Yo en Yale.
Lic asintió con la cabeza, sin pronunciar palabra, pensando:
«Tienes mi dossier in mente. Seguro que acabas de leerte la ficha-resumen en la habitación, justo antes de bajar».
Jorge Cienfuegos frisaría los cuarenta. Era de faz terrosa, pocas carnes y elevada estatura. Le sacaba la cabeza a Lic, y su cabello canoso estaba empapado y muy planchado.
«Salidito de la ducha», pensó Salinas.
Vestía como un dandi: camisa de seda color crema, terno gris marengo y corbata de escuditos dorados de un club elitista en el que reinaba entre sus pares. Solía hablar con reposada firmeza y dijo:
—Lic (también sabía que sus amigos le llamaban así), te dedicas a la asesoría de firmas mercantiles, ¿verdad?
—Principalmente.
—Sé que has intervenido con buena mano en algún takeover. Bueno…
—tradujo para Silvia—, en alguna compraventa de sociedades.
El abogado dijo que sí entrecerrando los párpados y pensando: «Va al grano sin rodeos. Me gusta».
La chica hizo una señal al camarero y pidió escocés con hielo para el colombiano y otro gintónic para Lic. Ella no tomó nada.
—¿Estarías dispuesto a asesorarme?
Salinas apretó los labios dibujando una sonrisa irónica y repuso:
—Depende.
—¿Depende…? ¿De qué depende?
—De tu oferta.
Cienfuegos adelantó la mano sarmentosa y abacial para proponer:
—Se trataría de mediar en la compra de cierta sociedad que quiero adquirir aquí en España. Hay que actuar con rapidez. Se trata de una oportunidad… De una operación flash…
—¿Qué dedicación requeriría el asunto?
—Pongamos que un mes full time.
—¿Qué ganaría yo?
—Si el deal llegara a fallar te abonaría la minuta que presentases. —Los ojos de Cienfuegos brillaron con malicia en el fondo de las hundidas cuencas cuando añadió—: Si la cosa sale bien, además de la minuta habitual te abonaré un premium: El dos por ciento del monto real del precio.
—¿Real?
Salinas suponía que la adquisición se plantearía en los socorridos términos de: «Unos cuantos milloncejos como precio oficial a cobrar en España para vestir la mona, y la parte del león en dinero negro, negrísimo, moneda fuerte y en un Banco suizo o panameño. Por supuesto, al abrigo de
enojosos impuestos y de la voracidad fiscalizadora de los neoburócratas».
Salinas acertaba.
—Sí, real. Quiero decir sobre lo que se declare y también sobre lo que no —detalló Cienfuegos entredientes, acariciándose la poderosa nuez.
—¿Qué precio estimas? —preguntó el abogado estirando el cuello y oscureciendo aún más la voz.
—Unos mil kilos —estimó con aire de mandamás, tentándose los labios.
«¡Mil millones de pelas! ¡Mamma mia! El dos… Sale a veinte kilitos del ala pal nene. A ver dónde está el truco», pensó Lic tratando de no mover ni un solo músculo.
Tras un espeso silencio en el que Silvia le animó con los ojos a aceptar, Salinas preguntó:
—¿De qué empresa se trata?
—No puedo decírtelo sin que antes aceptes el asunto.
—¿Dentro de qué sector se mueve?
—Turismo.
—Concreta un poco.
—Hostelero.
—¿Hay algún chanchullo detrás?
—No.
—¿Por qué tienes tanta prisa?
—Hay otros compradores al acecho.
Silvia se había perfumado con tenue fragancia de lilas. Lo que estaba presenciando le provocó una ansiedad momentánea haciéndola transpirar súbitamente, y su aroma viró hacia variantes más acres y almizcladas.
Salinas retuvo la mutación olfativa en la memoria preguntándose: «¿Por qué se habrá puesto nerviosa?».
Ella, avanzando el tronco, intervino:
—Si estuviera en tu lugar, aceptaría ahora mismo. La oferta es chévere.
Jorge Cienfuegos observó a Salinas con desdén patricio, esperando la respuesta.
Lic arguyó:
—¿Por qué me lo ofreces precisamente a mí? Debes de conocer un montón de abogados en Madrid.
—Es la primera vez que me planteo adquirir empresas en tu país, y se trata de una verdadera ganga. En esta ocasión se llevará el gato al agua quien tenga más reflejos. No debe extrañarte que valore en ti, por encima de otras consideraciones, la confianza que me inspiras.
—¿Te basas en el criterio de Silvia?
Ella le miró con el rostro encendido, pero no dijo nada.
—Por supuesto, Lic, por supuesto. Pero también en la opinión de Hovis de Londres. —Cienfuegos extrajo del bolsillo interior una hoja encabezada por el título: «Resumen del informe sobre el abogado Licinio Salinas»—.
Lee tú mismo las conclusiones.
Lic se cagó en la informática por lo bajines y leyó las líneas que le resumían:
«Salinas es un abogado astuto y bien relacionado que recomendamos para operaciones puntuales en las que se valore su capacidad resolutiva ante asuntos concretos».
—Veo que te relacionas con ciertos servicios de inteligencia.
Salinas le miró con mayor respeto. «Hovis» era una de las mejores agencias de información financiera.
Cienfuegos, ignorando las palabras de Lic, insistió:
—¿Aceptas el asunto?
—Sí.
El colombiano, aliviando las comisuras de los labios, explicó de qué cadena hostelera se trataba: «La Gaviota», la vida y milagros de los accionistas, que por cierto sólo eran tres, y también le dio el nombre de otros grupos que presumiblemente andaban tras la presa.
Concluyó diciendo:
—Fue un ejecutivo del grupo «Turhotel» quien nos filtró la noticia, precisando que el envite se pondría alrededor de los mil millones… Aunque todavía nos falta conocer algo importante, ¿por qué tendrán tanta prisa por venderse «La Gaviota»? —Y añadió—: Mañana recibirás en tu despacho toda la documentación. —No indicó dónde se hallaba depositada ni quién haría de mensajero—. Quiero que sepas que contamos con un as que debes
saber jugar: Nosotros tenemos los mil millones líquidos, y se los ponemos en el Banco que quieran en el momento que lo deseen.
Salinas permaneció callado, frunciendo el entrecejo y diciéndose:
«¿De dónde sacará el gachó ese tanta pasta? —Y no tuvo más remedio que dejar vía libre a un pensamiento que pugnaba por abrirse paso—: ¿Y si los mil kilitos vinieran del narcotráfico o algo así?».
Cienfuegos empezó a hacer planes para la cena:
—Me han dicho que en «O’Pazo» se come un marisco riquísimo.
Y lo hizo dirigiéndose sólo a Silvia, dando a entender que no contaba con Lic.
El abogado se rascó un picor inexistente en el lóbulo de la oreja y, ensimismado, siguió pensando:
«¿Y a mí qué me importan los otros negocios de mis clientes? ¿Quién me manda meterme en camisa de once varas? A mí me ha encargado comprar unos hoteles y punto. Eso está tan limpio como los chorros del oro… Yo a lo mío y a dejarme de coñas».
—Pues muy bien. Me apetece comerme un buen lubrigante, y si puede ser a la americana, mejor.
Silvia habló como si ya viera el bicho en el plato.
—Pediré cocochas —dijo el colombiano llamando al camarero e indicándole con un gesto que quería firmar la cuenta de las bebidas que acababan de tomar—. Después nos iremos de rumba.
Lic Salinas, adelantando el maxilar inferior, continuó dándole vueltas:
«Con no aceptar de Cienfuegos más trabajos que los que estén clarísimos… Aunque, para empezar, en éste ya se habla de un buen montón de dinero negro… Pero Lic, seamos realistas, el dinero negro no es más que un pecadillo venial…».
OceanofPDF.com