Disparando cocaina
Capítulo 3
Hugo se sentía satisfecho. Por primera vez en mucho tiempo había logrado caer en el chiste de acercarse a la vida sin necesidad de sufrir tratamiento.
El director de la residencia le concedió permiso para pasar todo el día en la calle, despidiéndole con un: «No te hagas trampas en el solitario».
Hugo era flaco como una espina, de cabello acharolado, boca descolorida y sonrisa errabunda, y dedicó buena parte de la esplendorosa y fría mañana de sábado en libertad a callejear por el Madrid de los Austria.
A veinte pasos parecía un adolescente desgarbado, embutido en su anorak caqui de tripa de plumón. A dos, el rictus posjoven y las ojeras azul humo le echaban encima todos sus treinta y tantos años, y más. La característica sobresaliente de su aspecto era, sin duda, una de esas expresiones de ido que excita en muchas mujeres el irrefrenable instinto protector, del que viven no pocos pícaros.
Más tarde se fue paseando en busca de la atmósfera vegetal del Retiro.
Allí se tumbó sobre un banco de madera vacío y sintió sobre la piel el hormigueo cálido del sol, como helado de nata bajo chocolate caliente.
Detrás de él, los críos trepaban por enrejados de colores bajo las miradas circunspectas de sus padres.
No llevaba reloj, ni le importaba la hora. Cuando se hartó se puso en pie, y dando pataditas a algún que otro guijarro se encaminó a la salida del parque, pensando en si su hermano volvería pronto, o no, por Madrid.
«Jorge estaría contento si me viera tan campante», se dijo al cruzar la calle de Alfonso XII a la altura de Horcher.
Por un instante atribuyó el salvaje y súbito dolor de cabeza a alguna extraña señal de recuperación. Y se murió creyendo que aquel tratamiento no había quien lo aguantase.
Los de homicidios identificaron bien pronto el cadáver, con el cráneo perforado por dos impactos de bala, del hombre asesinado frente al número 6 de la calle de Alfonso XII. Llevaba encima pasaporte colombiano. Su nombre rezaba: Hugo Cienfuegos.
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