El bufete
Capítulo 1
Alba entró en el servicio de mujeres con el corazón acelerado. Notaba las gotas de sudor recorriendo su espalda. Se situó frente al espejo mientras jadeaba. Se apoyó en el lavabo y trató de controlar el ataque de pánico que estaba sufriendo. Desabrochó con dificultad dos botones de la blusa de seda que su novio le había regalado por su veintisiete cumpleaños y volvió a ver el micrófono que tanto le había costado adherirse al sujetador negro de encaje. Tiró del esparadrapo, recogió el cable que bajaba hasta la pierna y despegó del muslo la grabadora digital de tamaño minúsculo donde estaba registrada la conversación. Abrió el enorme bolso de Prada y escondió la grabadora en el bolsillo interior. Empezaba a encontrarse un poco mejor, pero el sudor le provocaba ahora algo de frío. La joven abogada se ajustó la blusa y se peinó con los dedos, que todavía dejaban entrever un pequeño temblor. Dejó escapar un suspiro. Ya lo había hecho.
Entonces le empezaron a asaltar las dudas. ¿Habría visto Arturo el micrófono? No hubiera sido extraño. En las doce horas que se pasaba en el bufete, el muy cerdo le miraba el escote cada vez que tenía ocasión. Seguro que ni sabría decir de qué color eran sus ojos verdes. Lo cierto era que la conversación se había desarrollado como muchas otras veces. Al final del día era habitual que los abogados se reuniesen en alguno de los despachos y dedicasen unos minutos a los chascarrillos, comentarios o simplemente a hablar de los planes del fin de semana. Arturo, socio responsable del área de derecho inmobiliario del bufete, nunca había tenido reparos en poner de vuelta y media a otros miembros del despacho delante de los abogados de su departamento o airear de forma indiscreta asuntos de la dirección del bufete. Siempre había sido así y todo el mundo lo sabía.
Alba buscó su barra de labios entre todos los objetos, muchos de ellos innecesarios, que habitaban en su bolso. Mientras retocaba sus labios, la puerta del baño se abrió súbitamente. Teresa, un torbellino de mujer que hacía de secretaria de Arturo, irrumpió junto a la abogada.
—Joder, Teresa, qué susto me has dado —acertó a decir Alba mientras se pellizcaba la pierna para quitarse el tembleque de las manos, que se le había acrecentado.
—Perdona, cari, pero es que me estoy meando —contestó Teresa con su finura habitual—. ¿Qué? ¿Vas a ver a tu noviete?
—Sí. Jacobo me va a llevar al teatro. —Alba se dio cuenta de que la voz le temblaba un poco. ¿Había enviado Arturo a Teresa para descubrir algo? No, seguro que no. Él no habría tenido problema en entrar en el servicio de chicas si algo le preocupaba.
Teresa entró a hacer sus necesidades y Alba aceleró su maquillaje para salir cuanto antes del baño. Cuando ya casi había terminado, la secretaria se paró detrás de ella y puso su cara junto a la suya. Los dos rostros se reflejaban en el espejo. Teresa la miraba frunciendo el ceño. Una nueva gota de sudor se sometió a la ley de la gravedad por la espalda de Alba. «¿Qué quería ahora la metomentodo?»
—¿Te encuentras bien, cari? —preguntó Teresa con voz de preocupación—. Estás un poco pálida.
Alba dudó un segundo. ¿Era una prueba? Puso su mejor sonrisa. A cínica no le iba a ganar nadie.
—Como nunca.
Cerró el bolso, se puso la chaqueta que había dejado colgada y salió al pasillo agitando su melena negra.
Teresa suspiró y la envidia llevó un susurro a sus labios: «Zorra».