El bufete

Borja Martínez-Echevarría · Capítulo 61 de 66

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El bufete

Capítulo 61

 

La tarjeta volvió a darle algún problema. La había utilizado tantas veces que estaba ya desgastada. No era como la que tenía un empleado normal. Era una tarjeta de visita subida de categoría.

—No se preocupe, don Nicolás. Yo le abro —dijo la recepcionista de GlobalHerz.

El abogado mostró su sonrisa de galán y no dejó de mirarla hasta que pasó el torno. Era muy guapa. Subió en el ascensor que iba directamente hasta la planta noble y al que solo tenían acceso unas pocas personas. En la puerta del elevador estaba esperándole la secretaria de Mateo Blasco.

—Señor Verde, acompáñeme, por favor.

—Te he dicho mil veces que me llames Nicolás, Francesca.

—Como usted diga, señor Verde —contestó la ayudante con la frase que utilizaba siempre. Dio dos golpes en la puerta y entró sin esperar respuesta.

Mateo Blasco tenía un despacho que era la envidia de todo el edificio y de sus competidores. Tenía una vista inmejorable de Madrid que se extendía hasta la sierra.

—Siéntate, amigo —ofreció el consejero delegado—. ¿Cómo estás?

—Cansado, algo nervioso y preocupado.

—Son muchas cosas para un abogado.

—No son pocas.

—La operación está a punto de terminar. Va a ser un éxito y, entonces, podrás descansar con un buen ingreso en tu cuenta corriente.

—He visto lo que le habéis hecho al chaval.

Mateo se quedó mirando a través de la cristalera como si la conversación no fuese con él.

—Hoy ha llegado al despacho con el dedo meñique roto. Dice que se cayó en un bar. Sin embargo, tiene toda la pinta de que es un trabajo de tus amigos.

—Yo no tengo amigos que hagan cosas así.

—Dijiste que les ibas a dar un escarmiento. ¿Qué le ha pasado a la chica?

—Por lo que sé, está bien.

Nicolás apoyó los codos en sus rodillas y se mesó el cabello.

—Mateo, no puedes ir por la vida amenazando a la gente. Al final pueden salir nuestros nombres en algún lado.

El consejero delegado se acercó al sillón donde estaba sentado Nicolás. Sacó las manos de los bolsillos y dijo:

—¿Sabes lo que te falta para triunfar definitivamente en la vida, querido Nicolás? —y sin esperar respuesta dijo—: Agallas. Sí, huevos. Te faltan, joder. En operaciones como la que pusimos en marcha hace tres meses no se pueden dejar cabos sueltos. Y si alguno se suelta por sí mismo, hay que atarlo de nuevo… o se elimina. El mundo es mucho más complicado de lo que la gente se piensa. Pero ellos quieren que siga siendo complicado. No quieren enterarse de lo que pasa. Quieren que seamos nosotros los que nos movamos por arriba y ellos quedarse con las migajas que caen de la mesa.

Nicolás le miraba con la cara en la palma de la mano.

—Queda muy poco, Nicolás. Solo hay que aguantar unos días y todo habrá terminado. Te llevarás la gloria y el reconocimiento y yo tendré la petrolera que nos falta para ser un jugador de talla mundial.

—¿Qué pasará con el abogado y la periodista?

Mateo se quedó mirando a los ojos de Nicolás durante unos segundos. Entonces empezó a reírse y la carcajada fue en aumento. Nicolás no se explicaba qué pasaba.

—Jodido abogado. Ja, ja, ja… Por un momento casi me trago que te importa lo que le pase a esos dos mequetrefes. Ja, ja, ja… Me has asustado.

—No quiero que nos pasemos con ellos.

Mateo cambió su semblante y se puso de rodillas frente a Nicolás con un gesto de seriedad.

—Has hecho un trabajo magnífico. No solo preparando la compra, sino limpiando la mierda jurídica y cubriéndonos las espaldas con los movimientos posteriores. Pero eso te lo voy a pagar. Ya pasaste la raya hace tiempo. Ahora estás en el lado de los que triunfan y no preguntan qué pasará con el enemigo.

—No son el enemigo.

—Hazme caso. Sí lo son. Gracias a la torpeza que cometiste ellos tienen un hilo del que tirar. No sabemos si son capaces de hacerlo, pero podrían. Una línea en el periódico, un comentario en una reunión, una denuncia a la Policía y tendríamos todas las de perder. Es imposible que alguien nos relacione con el documento y con el vertido, pero te aseguro que no quiero comprobar hasta dónde pueden llegar. Si no atienden a razones, habrá que… ocuparse.

Nicolás devolvía la mirada con frialdad. Estaba cansado.

—Me habían dicho que eras un abogado sin escrúpulos. Que debíamos contar contigo para una operación como esta. ¿Vas a tener remordimientos de conciencia ahora? Sé que no. No eres bueno… —dijo Mateo mientras Nicolás le miraba a los ojos—. Eres el mejor. Yo lo sé… y tú lo sabes.

El abogado pestañeó dos veces. Se levantó.

—Tranquilo, Nicolás. Es cuestión de poco tiempo.

El abogado sonrió.

—Es verdad —corroboró Nicolás, y estrechó la mano de Mateo—. La victoria está cerca.

El abogado abrió la puerta y, antes de salir Mateo, dijo con voz profunda:

—Y tu nombre quedará en los libros.

Nicolás siguió por el pasillo sin darse la vuelta.