El bufete
Capítulo 15
Era el segundo combinado que se bebía y todavía no habían dado las doce del mediodía. El sol pegaba lo suficiente para que la crema protectora pudiese hacer su trabajo con tranquilidad. Era una de las ventajas de poder disfrutar de República Dominicana en los últimos meses del año. Las playas de Punta Cana se encontraban a media ocupación. Por la mañana, después de disfrutar de un opíparo desayuno, siempre había alguna tumbona libre junto al mar. En julio o agosto eso habría sido imposible. Terminó el capítulo que estaba leyendo y llamó al camarero para que fuese enfriando otro combinado. Fijó la vista en las olas que llegaban a la playa. Miró el reloj. Se imaginó a sus compañeros del bufete volviendo de comer en una fría tarde madrileña mientras él saboreaba el cálido murmullo del agua salada casi a sus pies. Pensó en Harry, Andrés, Sofía y Javier. Ellos ya habían disfrutado del medio año sabático que el despacho ofrecía a todos los socios. Era cierto que cuando entró en la firma hacía ya veinte años nunca llegó a imaginar que un día podría estar disfrutando de aquel privilegio. Ya solo entrar en Kline & Burbridge había sido un sueño que se había hecho realidad antes de lo que él había pensado.
Con la licenciatura bajo el brazo y un par de idiomas en el bolsillo se había presentado en las oficinas que el bufete de origen neoyorquino acababa de inaugurar en Madrid. Un brillante currículum, pocos competidores por un puesto de júnior y un caso práctico que resolvió con la dosis justa de leyes aderezado con mucha imaginación y una pizquita de suerte fue la receta perfecta para que le diesen el puesto. Meses después, cuando ya se había consolidado en el puesto, Javier Camas, el socio encargado de la selección, le había confesado que la resolución que había hecho del caso práctico le había sorprendido gratamente. «Aquí necesitamos abogados con recursos e imaginativos. Para saberse las leyes de memoria ya tenemos los tomos de Aranzadi», le había dicho Camas.
Su carrera en el despacho había sido meteórica. Era un buen abogado. Era el mejor abogado, y si los demás no estaban de acuerdo, es que no habían reparado en sus dotes de negociación, en su don para localizar soluciones, su empatía con el cliente y, por supuesto, su profundo conocimiento de los vericuetos más insospechados de las leyes. Había tenido grandes maestros en el despacho. Pero dos acontecimientos habían relanzado su trayectoria como un cohete.
La primera fue su estancia durante un año en la oficina de Nueva York. Llegó como algo exótico. Un español en la ciudad de los grandes abogados. Eso le proporcionó que los socios tuviesen una excusa para conocerle y preguntarle por la sede de Madrid. El equipo español era de los más rentables de toda la red de oficinas, aunque su volumen de facturación apenas llegaba para pagar lo que el despacho gastaba en un año en lápices. Pero a los socios les gustaba dejarse caer por España al menos una vez al año. La reunión mundial de socios antes de su entrada en la firma había tenido lugar en Madrid y había sido un éxito. No porque se alcanzasen grandes acuerdos estratégicos, sino por la fiesta, el jamón, la paella, la cerveza y las copas que habían saciado con creces las ganas de juerga de abogados muy estresados que habían decidido pasarlo bien un fin de semana. Además, algún que otro socio se fue encantado del carácter más que afable de algunas mujeres de la ciudad. Así que mencionar el nombre de Madrid en cualquiera de las dieciséis oficinas de Kline & Burbridge era traer al recuerdo unos días inolvidables.
Uno de los socios con quien mejor congenió fue con Michael Saras. Dirigía el equipo de mercantil a nivel mundial y, aunque pareciese inverosímil tratándose de un abogado de postín en la Gran Manzana, era un gran aficionado al fútbol. Su madre, una preciosa sevillana de la que Michael había heredado sus ojos negros, se había casado con un empresario estadounidense, pero eso no había impedido que inculcase a su hijo el gusto por el fútbol español. Así que, durante una cena de Navidad, Michael le preguntó sobre la Liga española. Se desató una apasionada tertulia deportiva que dejó atónitos al resto de los compañeros. Hicieron buenas migas, y cuando regresó a Madrid siguieron manteniendo un contacto fluido. Pocos años después, a Michael Saras le nombraron socio director del despacho a nivel mundial. Desde su nuevo puesto, Saras supuso un buen padrino para su amigo de Madrid.
El segundo acontecimiento que relanzó su carrera había sido estar en el equipo asesor de una de las más grandes operaciones que se dieron en el mercado: la compra de la compañía energética Eolo por parte de una multinacional estadounidense.
Dio otro trago a su tercer mojito y recordó aquella operación.
Aunque él había desarrollado un papel de número dos en el asesoramiento, el repentino infarto que le sobrevino a Fernando Murrieta, socio encargado del caso, le situó en primera línea de batalla. El estrés que había soportado Fernando, sumado a su gusto por la buena comida y la mejor bebida, había sido un cóctel explosivo que a punto estuvo de llevarse por delante su vida y la compra de la compañía. Con Fernando en K.O. técnico le había tocado asumir el papel principal en la operación. Aunque pusieron a otro socio al frente de la compra, nadie en Kline & Burbridge conocía tan bien los entresijos. Después de siete meses infernales la operación se llevó a cabo y su nombre saltó a los periódicos como el gran salvador de una compra que había estado a punto de irse al traste más veces de las que muchos podían imaginar. Lo que nadie llegó a conocer fueron las argucias, alguna situada justo sobre la línea que un abogado sabe que no puede traspasar, que tuvo que utilizar para consumar la compra. Apenas un año después era propuesto para convertirse en socio de la firma. Michael Saras, su gran valedor, le apadrinó ante el comité ejecutivo de la firma y se aseguró de que ninguno de los socios más ambiciosos, que veían con malos ojos dejar acceder a su partnership a abogados de países periféricos, vetase la propuesta de nombramiento. Desde entonces, la nueva compañía energética se convirtió en un cliente fiel del despacho y él empezó a ver cómo su cuenta corriente crecía en ceros cada vez que Kline & Burbridge cerraba los números y repartía beneficios.
Ahora, con cuarenta y tres años, un envidiable aspecto físico que le había costado tiempo y dinero en uno de los Sports Club exclusivos de Madrid, y unos ingresos aproximados de casi dos millones de euros si el año era bueno y de 1,5 si el año era algo peor, se permitía el lujo de tomarse esos seis meses de sabático con el que el despacho premiaba a sus esforzados socios. Su sacrificio le había costado llegar hasta aquella situación. Por el camino se había dejado infinitas horas de sueño, vacaciones canceladas en el último momento, un matrimonio con Micaela del que no había quedado descendencia y una costra en la conciencia que a veces le permitía cruzar al otro lado de la línea para lograr el objetivo marcado por el cliente. Pero eso era un secreto que se guardaba para sí sabiendo que era mejor no cacarearlo.
Los días que llevaba en Punta Cana habían desengrasado ya su cerebro. La blackberry desconectada, sin teléfono móvil, sin televisión española, sin internet…, aquello era un sueño. Y todavía le quedaban varios meses de un periplo que le llevaría a dar la vuelta al mundo más gozosa que nadie hubiese podido soñar. Dio otro trago.
Miró por encima de sus gafas de sol cuando una rubia de pelo corto volvió a pasar paseando por la orilla. Se había fijado en ella por la mañana en el desayuno y parecía que había venido sola. No esperaría más y esa noche sería jornada de caza en la discoteca del hotel. Empezó a pensar en el plan para engatusarla. El cortejo sería fácil y rápido. Él no estaba para perder el tiempo. Pensó en hacerle una foto y mandársela a su amigo Juan. La tentación era grande, pero para ello tendría que encender la blackberry y eso le supondría estar conectado al mundo aunque fuese por unos minutos. Alargó la mano y sacó su terminal. Dudó unos segundos. «No va a pasar nada», se dijo a sí mismo. Se ajustó las gafas y la gorra de los Yankees y encendió la blackberry. El teléfono tardó unos segundos en estar operativo. Lo puso en opción «cámara». Encuadró a su preciosa presa y disparó. Parecía más guapa de lo que pensaba. Adjuntó el archivo y buscó la dirección de Juan. «El postre», escribió en el mensaje. Cuando se disponía a enviarlo, el aparato empezó a vibrar. No le estaban llamando, simplemente estaban entrando los avisos correspondientes a los mensajes, llamadas y correos electrónicos recibidos mientras había estado apagado. Durante ese proceso no podría enviar su mensaje. Esperó. Esperó. Esperó. Aquello no era normal. Miró la pantalla. No quería ver ningún mensaje, pero tantos avisos llamaron su atención. Se levantó las gafas. Los últimos diez mensajes que mostraba la pantalla tenían el mismo remitente: su secretaria. Le extrañó, porque Sonia tenía orden expresa de no molestarle salvo cataclismo mundial. Y ella era una chica eficiente. La curiosidad le pedía ver aquellos correos. La prudencia le aconsejaba apagar aquel maldito chisme y seguir disfrutando de la vista. Giró la rueda y la pantalla mostró otros diez correos. Nueve eran de Sonia. Un detalle le llamó la atención. Todos habían sido escritos en las últimas quince horas. Se preguntó por qué había encendido aquel extintor de bienestar. Volvió a los últimos mails. Un nuevo correo saltó en la primera línea. No quería hacerlo, pero se fijó en el asunto del mensaje: «Cataclismo mundial».
Como salido de la nada, un camarero del hotel se puso a su lado.
—¿Don Nicolás Verde? Una llamada para usted.
El acento de los lugareños le ponía nervioso, pero lo que terminó de hundirle fue ver el teléfono que le tendía. Solo su secretaria sabía dónde estaba y la orden de no decírselo a nadie era tajante bajo amenaza de despido.
—Gracias —dijo mientras cogía el teléfono.
Sostuvo el aparato unos segundos. Miró la silueta de la rubia que se alejaba por la orilla y tuvo la certeza de que se quedaría sin postre.