El bufete
Capítulo 64
La Facultad de Derecho seguía teniendo un aroma inconfundible. Aunque ya no se podía fumar en sus instalaciones, las paredes desprendían el olor del tabaco que se había consumido entre aquellas paredes durante décadas. Todo parecía estar igual de viejo. La sensación que experimentó Nicolás al franquear la puerta era difícil de explicar. Los alumnos que transitaban por el edificio parecían jovenzuelos imberbes. Eso quería decir que se estaba haciendo mayor. Mirando a todos lados como si fuese un novato el primer día de clase, Nicolás avanzó hasta los tablones donde se encontraban colgadas las notas de los parciales. Buscó en las clases de cuarto. Grupo A. Clase 426.
Subió los escalones con decisión pero con parsimonia. Miró el horario colgado en la clase. Coincidía. Abrió la puerta. Entró en la clase. Apenas había una decena de alumnos que ni giraron la cabeza para ver quién entraba. Se sentó en la última fila. Tenía el abrigo puesto. Cruzó las piernas.
Allí estaba. Daba la clase sentado. Como siempre. Leyendo un manual que apenas habría incorporado novedades procesales. Era probable que él no hubiese cambiado nunca de manual.
Casimiro Arcilla, el hombre que le había convertido en lo que era.
Nicolás tuvo ganas de gritar y advertir a aquella decena de alumnos de que sus carreras corrían peligro. Aquel profesor podía succionar sus ilusiones como si fuese el ángel de la muerte. «¡Salid de aquí!», quiso gritar.
Durante muchos años había disfrutado de su condición de abogado de negocios. Dinero a raudales ganado con su esfuerzo y su dedicación. Pero todo había crecido abonado por el estiércol de una traición a unos principios. Una traición que había consumado ayudando a cometer un delito. Una línea que nunca pensó que iba a traspasar.
Tenía los ojos cargados de lágrimas.
Se levantó y caminó hacia la tarima. Un lugar sagrado que otorgaba autoridad y presumía sapiencia. Y ahora estaba siendo violada, como en los últimos treinta años, por un profesor que no sentía respeto por la enseñanza. Un profesor que volcaba en el aula todo su desengaño y frustración.
Nicolás sintió que él mismo estaba viviendo aquellos pasos por el pasillo del aula como una terapia. Su conciencia vomitaba rencor. Nadie tenía la culpa de que él hubiese renunciado a unos ideales, pero aquel decrépito profesor había empuñado el arma que había matado sus ilusiones.
Cuando Nicolás subió a la tarima, el profesor levantó la vista de las páginas del manual como si volviese de un mundo lejano. Se sorprendió al ver que alguien interrumpía su clase. Antes de que pudiese decir nada, Nicolás le agarró del jersey con firmeza y le miró a los ojos.
—Usted apretó el gatillo y mató mis sueños —dijo Nicolás marcando cada palabra.
Se dio la vuelta y salió del aula. En aquella clase se quedó su fantasma.