El bufete

Borja Martínez-Echevarría · Capítulo 29 de 66

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El bufete

Capítulo 29

 

El ritmo se intensificó los últimos días antes de lanzar la opa. La mayoría de los abogados habían desistido ya de ir a sus casas a ducharse o dormir un poco. En algunos casos se pasaban más tiempo en el taxi de ida y vuelta que en sus propios domicilios. Por ello, el despacho reservó diez habitaciones en el hotel que había a la vuelta de la esquina. Servía como campamento base para echar una cabezada o pegarse una ducha después de alguna noche sin dormir. Alberto llegó a pedir que alguien fuese a su casa a recogerle ropa. En lugar de eso, una secretaria compró varias camisas y calzoncillos en El Corte Inglés. Por supuesto, todos los gastos irían a engrosar la ya abultada factura de GlobalHerz.

El equipo había crecido a lo largo del proceso a medida que se acercaba el día D. Muchos de los nuevos integrantes no llegaron a conocer todos los detalles de la operación, pero sabían que era algo gordo. Por el camino, además de Jaime Arenas, se quedó otro par de abogados con ataques de ansiedad y proceso gripal sin duda provocados por las maratonianas jornadas de trabajo.

Solo se permitió un pequeño receso para Nochebuena. Los que no habían podido ir a sus ciudades de origen optaron por recuperar parte del sueño perdido. Los demás apenas probaron bocado de las cenas que con tanto cariño les habían preparado en sus casas y prefirieron recuperar la amistad con sus almohadas. El día de Navidad estaban citados a las diez de la mañana en el despacho. La sombra de barba que presentaba Nicolás hizo pensar a Alberto que había dormido en el bufete. Por un momento sintió pena. Fue solo un segundo.

Lo que más había sorprendido a Alberto había sido el recrudecimiento de la enemistad manifiesta que le profesaba Enrique. «¿Qué coño te pasa conmigo?», había llegado a espetarle Alberto. «¡Ohhh! Cuidado, que el niño preferido se va a enfadar.» Alberto no podía poner la mano en el fuego, pero un día terminó suponiendo que le debía de haber visto con Nicolás en el banco. Seguro que el muy capullo pensaba que trataba de ganarse el favor de Nicolás.

Un día, Alberto mandó a imprimir un documento por la impresora reservada para la Operación Plastilina. Justo cuando se dirigía a la impresora recibió una llamada en el teléfono fijo. Volvió atrás, contestó, pero no había nadie al otro lado de la línea. Cuando llegó a la impresora, los documentos que había mandado no estaban. Su agobio creció al ver que el ordenador indicaba que la operación se había realizado correctamente. Buscó durante unos minutos hasta que tuvo que avisar la incidencia. La bronca fue fuerte, pero se incrementó cuando incluso Nicolás empezó a buscar los papeles, que terminaron apareciendo, con la carátula avisando de la confidencialidad, en una papelera cercana a la impresora. Alberto dedujo que había sido obra de Enrique cuando le vio con esa sonrisa cínica a través del cristal mientras él recibía una bronca descomunal dentro del despacho de Nicolás.

La tarde del 27 de diciembre, Nicolás mantuvo una intensa reunión en la sede de GlobalHerz. Allí, Fernando Ruiz asentía con satisfacción mientras el socio de Kline & Burbridge explicaba a directivos de la compañía y a sus máximos accionistas el diseño de la opa que iba a ser pública a la mañana siguiente. Mateo Blasco, el consejero delegado, sonreía. La confidencialidad se había mantenido hasta el final y la operación parecía magníficamente preparada por los chicos de Nicolás. Le iba a salir caro, pero sería un dinero bien pagado.

Cuando Nicolás volvió al despacho, reunió a todo el equipo en la sala de operaciones. El resto de los abogados del bufete disfrutaba ya de sus familias. Cuando Nicolás dijo que el trabajo había terminado, muchos no supieron qué hacer. Alguien propuso salir a emborracharse, pero los nervios por el día siguiente y el sueño acumulado tumbaron el plan.

—Buen trabajo —fue el máximo piropo que salió de la boca de Nicolás.

Nadie podía imaginar lo que llegarían a torcerse las cosas.