El bufete
Capítulo 31
Berta había batido todos sus récords personales. En pocos minutos se había duchado, vestido y cubierto el trayecto hasta la sede de GlobalHerz. El tráfico de Madrid había disminuido considerablemente por las vacaciones y el taxista se había llevado una propina de cinco euros por volar sobre el asfalto.
Los periodistas fumaban en la entrada de la sede de la multinacional. Quedaba un cuarto de hora para el inicio de la rueda de prensa. Los cámaras grababan imágenes de la entrada del edificio. Dos personas de la compañía, identificados con chalecos corporativos, trataban de ordenar la entrada y salida de personas a la sede. ¿Los chalecos habían sido fabricados específicamente para aquella ocasión? Berta anotó mentalmente que debía preguntarlo. En uno de los corrillos de plumillas pudo ver a Ramiro, su compañero de redacción, que charlaba de forma animada con periodistas de otros medios. Desde que había empezado en la profesión periodística a Berta le había sorprendido la buena relación que había entre los profesionales de distintos periódicos, radios o televisiones. Mientras estudiaba la carrera pensaba que la rivalidad entre cabeceras impedía o cercenaba la posibilidad de que los periodistas llegasen incluso a trabar amistad. Sin embargo, la actividad del día a día le había demostrado que el compañerismo y el respeto estaban por encima de las guerras editoriales. Para ella había sido una sorpresa y un alivio.
—Hola, Ramiro. Hola, chicos. Vaya bombazo, ¿no?
—Hola, Berta. Creí que no llegabas. Andrés me ha llamado varias veces preguntando por ti.
—Tendrías que haber escuchado la bronca que me ha echado por tener apagado el móvil.
—¿El móvil apagado? Eso no se hace, pequeña —dijo Javier, de Diario Económico.
—Ya he aprendido, sabelotodo —sonrió Berta.
Uno de los empleados de GlobalHerz invitó a los periodistas a entrar en el edificio, ya que la conferencia de prensa iba a empezar. Ramiro subió las escaleras junto a Berta.
—Yo me encargo de atender —le explicó Ramiro—. Andrés quiere que hagas una crónica de color: cuánta gente hay, qué sensaciones se mascan, anécdotas y demás. Carlos está a punto de llegar. Si quieres que fotografíe a alguien en especial, se lo dices. Esta opa va a ser la guerra. ¿Tenías planes de vacaciones?… Probablemente tengas que desmontarlos.
—No me jodas, Ramiro. Mi padre me mata si no voy a visitarle.
—Así son las cosas.
Berta puso cara de contrariedad. Entrar en la información de una opa de aquella importancia era genial, pero le dolía dejar de lado a su padre. Tendría que entenderlo.
—Bueno, vamos a por ello —dijo Berta mientras cruzaba la puerta que daba acceso al salón de actos.
El logotipo de GlobalHerz presidía el frontal de la mesa donde se amontonaban las grabadoras y los micrófonos. Unos cuarenta periodistas se diseminaban por las primeras filas de un coqueto salón de actos. Mientras Ramiro se acercó todo lo que pudo a la mesa principal, Berta optó por situarse en uno de los pasillos laterales desde el que podía divisar toda la estancia. Las cámaras de televisión ocupaban la parte trasera, donde se había habilitado una tarima para que pudiesen grabar imágenes de los protagonistas sin interrupciones. Distintos empleados de la compañía, consultores de comunicación contratados expresamente para la operación, algunas azafatas con micrófono, fotógrafos y cámaras de televisión terminaban de llenar el salón y le daban una apariencia de estudiado desorden.
Berta escribía los detalles que le llamaban la atención en su pequeño bloc de notas. Su manejo del bolígrafo le permitía hacer rápidas anotaciones que luego solo ella era capaz de descifrar. A veces se excedía en la rapidez y se le hacía difícil desentrañar el significado de sus propias notas.
La periodista fijó la vista en tres hombres situados al final de la sala y sentados en el extremo más alejado de la entrada. Sin duda querían pasar desapercibidos, algo fácil entre el maremágnum de periodistas que todavía departía con sus colegas. Berta los miró. Uno era Nicolás Verde. Ella le había entrevistado hacía cosa de dos años. Le precedía su fama de rainmaker o generador de negocio para Kline & Burbridge. Su nombre era el sueño imposible de cualquier despacho. Facturaba más que algunos departamentos de su bufete enteros, pero llevaba demasiados años en la firma internacional como para escuchar cantos de sirena procedentes de otros bufetes. Empezaba a tener la etiqueta de crack en el sector. Pero no todos los comentarios sobre él eran buenos. El motivo de la entrevista había sido el Premio Abogado del año en Europa que le había entregado una revista de Londres por su participación en tres operaciones de gran repercusión en el mismo año. A Berta le había parecido una persona inteligente y accesible pero con un ego desmedido. Su impresión había quedado corroborada por los comentarios de otros abogados cuando habían leído la entrevista. Berta había tenido poco contacto con él en los dos años siguientes. Era un abogado que disfrutaba apareciendo en la prensa, pero que no facilitaba el trabajo de los periodistas, especialmente cuando se trataba de hablar de cosas que a Verde no le interesaban. Allí estaba, sentado, jugando con sus gemelos y con la mirada perdida en el escenario. Parecía bastante cansado. Estaba claro que Kline & Burbridge había participado en la opa. Si quedaba alguna duda, Berta la disipó cuando observó como Reyes, la jefa de prensa del bufete, se acercó a Nicolás y le dijo algo al oído. El abogado sonrió y Reyes pasó por delante de los tres hombres para sentarse en una butaca junto a ellos.
Fue en aquel instante cuando Berta reconoció a uno de los acompañantes. Era aquel abogado casi novato que le había sacado de sus casillas en el Museo Thyssen. ¿Cómo le había dicho? ¡Ah, sí! Que a los periodistas les daba igual las consecuencias de sus noticias. Le había parecido un chulo y un arrogante además de haber provocado que pasase una vergüenza terrible en el museo. Berta trató de recordar su nombre. «¿Espinosa?, ¿Espinós?… ¡Spínola! ¡Alberto Spínola!… Valiente gilipollas», pensó Berta. «Pero metido en todo el meollo», se replicó a sí misma.
Una lluvia de flashes sacó a Berta de sus pensamientos e hizo que desviase la mirada hacia la tarima donde aparecieron Santiago Haro y Mateo Blasco con una sonrisa amplia pero no exagerada como muestra de satisfacción pero no de triunfo. Los dos debían tener claro que el anuncio de la opa era solo el primer paso.
Haro, el presidente de la compañía, mantenía su extrema palidez y miraba a las cámaras con sus ojos casi transparentes carentes de expresión. A su lado, el consejero delegado mostraba la superficie exacta de dentadura perfecta para no parecer un actor de Hollywood. Berta pensó que debía de haberse pasado buena parte de la noche practicando ante el espejo. Lo escribiría en su crónica. Blasco mantenía su mano derecha metida en el bolsillo con un gesto desenfadado que le daba un aire juvenil pese a su calva y el traje de firma. Ambos directivos posaron para las cámaras durante unos minutos hasta que empezó a decaer el ritmo de los flashes.
El jefe de prensa de GlobalHerz cogió un micrófono e hizo las presentaciones de rigor, aunque todos los asistentes conocían de sobra a los intervinientes. El turno de preguntas se dejaría para el final. Santiago Haro tomó la palabra:
—Muchas gracias a todos por venir y perdonad si hemos alterado vuestra agenda de vacaciones —bromeó, y los periodistas correspondieron con una leve sonrisa que corroboraba el trastorno—. El objetivo es explicaros los detalles de la oferta pública de adquisición que nuestra compañía ha lanzado sobre las acciones de la petrolera Petrospaña.
Aunque no miraba ningún guion, Haro parecía tener memorizada su intervención. Los periodistas estaban con los bolígrafos inquietos y los oídos atentos.
—A primera hora de esta mañana hemos remitido a la Comisión Nacional del Mercado de Valores un hecho relevante anunciando la oferta realizada por la compañía.
El presidente fue desgranando uno por uno los detalles de una operación que, según dijo Haro, suponía el «proyecto más ambicioso de la compañía» en los últimos diez años.
Berta buscaba las reacciones de los periodistas, los gestos de accionistas y los movimientos del equipo de apoyo de GlobalHerz. La periodista no podía evitar que se le marchasen los ojos hacia los integrantes del equipo de Kline & Burbridge, que, de vez en cuando, cuchicheaban entre ellos arrancando la sonrisa de Nicolás Verde. A Berta le iba a ser difícil sacarle información a Verde si seguía rodeado de Reyes, Alberto y otro abogado que peinaba algunas canas aunque aparentaba poco más de treinta años. Debía de ser un asociado del equipo de Verde. Habría que buscar el momento propicio. Especialmente había que evitar a Reyes. A ella le gustaba tener todo bajo control y no iba a permitir que Berta cruzase una palabra con Nicolás si no estaba ella presente. Reyes era ese tipo de encargada de prensa que, en lugar de favorecer la relación de los abogados con los medios, la entorpecía, y gravemente.
Berta fijó la vista en la mesa presidencial por unos segundos. Cuando volvió los ojos de forma instintiva hacia los abogados, Alberto Spínola estaba mirándola. El cruce de miradas sorprendió a Berta. El abogado levantó ligeramente una mano en forma de saludo cínico. La periodista frunció la nariz y negó con la cabeza como rechazando lo que parecía una burla del joven abogado.
Aunque lo intentó, Berta no pudo atender el resto de la conferencia de prensa. La posibilidad de que Alberto la estuviese mirando le carcomía el pensamiento. Ella sabía que no podía moverse. Estaba en mitad de un pasillo, apoyada en la pared y el camino hacia la salida estaba muy concurrido. No había ningún asiento libre cerca de ella y tendría que haber levantado a varias personas para acceder al más cercano. «¿Por qué la gente se sentaba siempre en los extremos de las filas y no en el centro?», maldijo para sí la periodista. No entendía muy bien por qué le importaba tanto si el abogado la estaba mirando o no, pero el hecho era que no paraba de darle vueltas. La obsesión de sentirse observada hizo surgir nuevas preguntas en su cabeza: ¿Tenía limpios los vaqueros? ¿Le favorecía el jersey que llevaba? ¿Por qué no se había sentado en una butaca como habían hecho el resto de los periodistas? Berta empezó a jugar con su pelo y trató de concentrarse en la voz de Blasco, que enumeraba las ventajas de la operación para su compañía.
Cuarenta minutos después finalizaba la rueda de prensa y los periodistas se abalanzaban sobre Haro, Blasco, el jefe de prensa o cualquier otro que pudiese aportar algo de información adicional y diferente. Berta volvió a mirar a los abogados de Kline & Burbridge. Nicolás Verde enfilaba la salida con sus compañeros siguiéndole los pasos. La periodista se abrió paso entre los corrillos que bloqueaban el pasillo. Reyes se había quedado sentada hablando por el teléfono móvil. Los abogados salieron de la sala y Berta logró hacerlo pocos segundos después. Pudo ver cómo Nicolás Verde entraba en el lavabo de caballeros mientras Alberto Spínola y el otro abogado avanzaban hacia la salida del edificio. Era el momento perfecto. Berta sorteó con muchas dificultades a los asistentes que caminaban de forma lenta y bulliciosa hacia la calle. Cuando llegó a la puerta del lavabo, miró hacia atrás. Estaba dispuesta a entrar en el servicio de caballeros si eso le permitía hablar con Verde a solas. Sin duda había sido él quien había montado la operación al menos desde el punto de vista jurídico. La periodista se armó de valor y se disponía a girar el pomo cuando la puerta se abrió de improviso. Nicolás estuvo a punto de chocarse con ella, que consiguió ahogar un pequeño grito.
—Creo que se equivoca, señorita. Este es el lavabo de caballeros —le dijo Nicolás con su mejor sonrisa.
—No me había dado cuenta —dijo apurada Berta. Ambos miraron el cartel que colgaba en la puerta y que no dejaba lugar a dudas sobre quién tenía derecho de uso. Sin embargo, ella prosiguió—: Eres Nicolás Verde, ¿no es cierto?
El abogado la miró entrecerrando los ojos.
—Sí, soy yo.
Antes de que pudiese preguntar quién era ella, Berta adelantó la mano:
—Soy Berta Salgado, periodista de Financiero. Te entrevisté hace un par de años.
El abogado reaccionó con rapidez.
—Es verdad. ¿Cómo estás? —preguntó Nicolás mientras plantaba dos besos en las mejillas de la azorada periodista. Los dos caminaron hacia el vestíbulo.
—Muy bien. Aquí, con la «inocentada» que nos habéis montado. Vaya días que nos esperan.
—Soy inocente —dijo el abogado levantando la mano derecha en actitud de juramento.
—Algo habrás tenido que ver…
—Sabes que no puedo hablar.
—Pero habéis asesorado la opa.
—Yo no digo nada, pero es indudable que solo hay una respuesta a mi presencia aquí.
Berta agarró el ariete de la vanidad para volver a golpear los muros del silencio del abogado.
—Debe de ser increíble llevar el peso de una operación de estas características — afirmó Berta insertando la respuesta en la propia pregunta.
—Es una satisfacción…, pero no lo pongas en mi boca.
—¿Han participado más despachos?
—¿Ves a más abogados? —Nicolás disfrutaba con el juego del gato y el ratón. No decía nada, pero lo decía todo—. Puedes preguntarle a Fernando Ruiz. Es aquel señor bajito, rubio y con cara de buena persona. Es el director de la asesoría jurídica.
—Supongo que una operación así se prepara con mucha antelación —dejó caer Berta.
Nicolás soltó una pequeña risa y puso la mano en el hombro de la periodista.
—No quieras ir tan lejos. No puedo decirte más. Si quieres más detalles, pregúntale a Ruiz o a nuestra jefa de prensa.
—Si tengo que esperar a que Reyes me cuente algo, puedo morir en el intervalo. Bueno, gracias de todas formas. ¿Puedo llamarte para ver cómo avanza la operación? —tanteó Berta.
—Puedes hacerlo, otra cosa es que yo te cuente algo. Por cierto, gracias por la entrevista. Quedó fantástica.
Cuando iban a despedirse, apareció Alberto junto a ellos.
—Nicolás, hay un taxi esperándonos.
—Alberto, ¿conoces a Berta Salgado, del diario Financiero?
El joven abogado miró a la periodista sin disimular su cara de desprecio.
—Sí, nos conocimos en la fiesta del Thyssen. Me llamó…, ¿cómo fue? ¿Proyecto de gilipollas?
Nicolás alzó las cejas en actitud de asombro y miró a Berta.
—Parece que se te quedó grabado —sonrió Berta con una pizca de cinismo, y añadió—: Veo que subes como la espuma en el despacho. En un par de meses has entrado en el círculo de confianza de los importantes. Conseguirás tu objetivo rápidamente.
—¿Qué objetivo? ¿Ser socio?
—No, ser un gilipollas. Buenos días a los dos —dijo Berta mientras se daba la vuelta. Salió andando en busca de Fernando Ruiz, pero le dio tiempo a escuchar la risa de Nicolás y a imaginarse la cara de Alberto sorprendido por su golpe bajo.
Sonrió.