El bufete

Borja Martínez-Echevarría · Capítulo 6 de 66

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El bufete

Capítulo 6

 

El teléfono sonó como un huracán en medio de la peluquería. A Alberto le irritaba que le molestasen cuando se estaba cortando el pelo. Aunque no era un maniático de la imagen, le gustaba llevar el pelo arreglado y pasaba por la tijera cada mes y medio. El joven abogado había captado el mensaje del headhunter y quería estar presentable para cuando le llamasen de Kline & Burbridge. Ahora tenía que atender la llamada, especialmente porque podía ser del despacho para convocarle a una entrevista.

—¿Señor Spínola? —preguntó una voz sugerente aunque algo madura—. Soy Carolina, la secretaria de don Gustavo Lozano, socio director del bufete Kline & Burbridge. —A Alberto se le congeló la sangre por un instante. Solo oír el nombre del gran gurú de las fusiones y adquisiciones en el mercado español le aceleró el pulso—. ¿Le puedo pasar con él?

Alberto miró alrededor. Además de Manolo, el peluquero, y un par de ancianos que iban a pasar la mañana a la peluquería para poder hablar de fútbol, nadie más estaba en el local. Por eso le gustaba a Alberto aquella barbería de barrio. Tenía ese aroma añejo de los negocios artesanos en vías de desaparición. Se levantó del sillón y miró a Manolo con un gesto que solicitaba comprensión. «Es un minuto», susurró Alberto, y recuperó el tono para contestar mientras salía del local sin haberse quitado el babero lleno de pelo recién cortado.

—Sí, sí. Ahora es buen momento.

—Le paso.

Alberto se sorprendió al comprobar que en lugar de la clásica música de espera al otro lado del teléfono se oía un sonido que recreaba la brisa helada de lo que parecía un puerto de alta montaña. El sonido de algún pájaro y las reminiscencias de vegetación que contenía la cinta ayudaron al joven abogado a relajarse.

Solo habían pasado unos días desde su visita al headhunter. El muy listo se había dado prisa en ir a Kline & Burbridge a vender su presa. Estaba claro que no quería perder la oportunidad de embolsarse un buen pellizco por presentar a un joven abogado tan brillante como él. Los cazatalentos habían surgido como champiñones en el mercado legal español. Cualquier sector era susceptible de terminar bajo sus garras. Después de haber trillado mercados como el de los directivos o los bancos de inversión, los headhunters habían diversificado su negocio y ahora hacían búsquedas para los despachos. Pero había mucho cantamañanas en ese mercado. Muchos, simplemente, habían abierto una división de «legal» sin tener ni experiencia ni conocimiento del mercado. A Alberto le habían contado casos de todos los tipos. Un headhunter había llamado una vez a un socio de laboral de un bufete para ofrecerle un puesto… ¡en el mismo despacho! El socio se encargó de retirar el mandato a ese buscador.

El negocio era rentable. Los honorarios de un headhunter por una búsqueda de postín como podía ser la de un socio estaban estipulados en el 30 por ciento de la retribución anual que iba a percibir el abogado, variable y bonus incluidos. El pago se fraccionaba según se iban cumpliendo las etapas de la identificación de «objetivos», puesta en contacto y fichaje final. A modo de seguro, las empresas de búsqueda de talentos ofrecen a sus clientes una cláusula de satisfacción. Existe un período de prueba de un año. Si durante ese tiempo el despacho no queda contento con el fichaje, la agencia se compromete a realizar una nueva búsqueda.

—Un momento, por favor, que enseguida le paso —dijo la voz sexy.

Alberto había tenido poco trato con los headhunters, pero los consideraba unos aprovechados. «Unas sanguijuelas dispuestas a adherirse a cualquier ente», eran sus palabras exactas. No era habitual que un cazador buscase talentos tan jóvenes. Para eso tenían sus equipos los propios despachos. El joven abogado estimaba que los honorarios que iba a facturar su «colocador» si finalmente fichaba por Kline & Burbridge serían muy bajos, apenas 12 000 euros, según sus cálculos. Lo que él no sabía era que el cazatalentos había pactado un plus de 50 000 euros por encontrar piezas como él. Provenientes del extranjero, sin identificar en el mercado, con sólida formación técnica, idiomas e inteligencia. Otra cláusula adicional le aseguraba otros 50 000 euros si el candidato alcanzaba la condición de socio antes de diez años. Aunque podía parecer una estupidez, ya que los despachos podían ralentizar la carrera del abogado hacia la sociatura, lo cierto era que cualquier frenazo en una trayectoria meteórica ponía en guardia al abogado, que entonces podía empezar a moverse buscando otro despacho si sospechaba que no le iban a hacer socio. Además, se trataba de una cantidad que un bufete pagaría encantado si le llenaban la mesa de expedientes de abogados jóvenes con madera y conocimientos para convertirse en socios.

La espera empezaba a pasar de los cinco minutos y la mañana madrileña era fría y despejada. A Alberto se le empezó a enfriar la nariz.

—¡Alberto! —Una voz fuerte y segura sonó al otro lado del teléfono—. Encantado de conocerte. Soy Luis Delgado. Perdona la espera, pero a Gustavo le ha llamado el ministro al móvil justo cuando le iban a pasar contigo y no había forma de cortarle. Me ha dicho que hablase yo contigo. ¿Cómo estás, chaval?

Después de cinco minutos bajo el frío de la capital a Alberto se le habían quitado las ganas de broma y hasta se había molestado un poco. «¿Ministro? ¿Qué ministro?», pensó Alberto. Si lo había hecho para darse un aire de superioridad, con él no iba a funcionar. Alberto se había estudiado la página de internet de Kline & Burbridge de arriba abajo y sabía que Luis Delgado era el socio encargado del departamento de derecho fiscal. Un abogado con experiencia, pero con poca repercusión en las publicaciones especializadas. Eso sí, había oído que era un magnífico comercial. Pero no le iba a dar el gusto de darle a entender que le conocía.

—Encantado, don Luis, ¿y usted es…? —dijo Alberto tranquilo.

—No, por favor, tutéame. Entre compañeros hay que evitar los formalismos — dijo Delgado rebajando el tono y con el orgullo algo herido—. Soy el socio de fiscal. El caso es que nos gustaría invitarte a comer. Nos han hablado muy bien de ti y queríamos que vinieses al despacho para conocerte.

Los dos sabían quién y cómo les había hablado de él, pero prefirieron dejarlo en el limbo de lo sobreentendido.

—Sería magnífico —contestó Alberto con un punto de ilusión pero sin caer en el servilismo—. ¿Cuándo sería?

—Pues mira, la verdad es que me preguntaba si podrías venir hoy mismo. A Gustavo le han cancelado un almuerzo y con la agenda tan complicada que tiene podríamos aprovechar para vernos hoy. ¿Cómo lo tienes?

Si estaba intentando impresionarle, no lo estaba consiguiendo. Más bien estaba apuntándose tantos negativos. ¿Iba a tener que trabajar con aquel colega? Menos mal que el derecho fiscal y él siempre se habían llevado mal.

—Bueno, la verdad es que no muy bien —a tío ocupado no le iba a ganar nadie —, pero puedo cancelar una cosa.

—Genial. Pásate por el despacho a eso de las dos.

Después de despedirse Alberto consultó el reloj. Tenía apenas dos horas para terminar de cortarse el pelo, ir a casa, ducharse y salir hacia Kline & Burbridge. Estaba seguro de que era el comienzo de su carrera hacia el éxito.