El bufete
Capítulo 4
El ejemplar del diario económico Financiero cayó en el centro de la mesa con el estrépito que producía su contenido más que su peso. Los más de cincuenta empleados del bufete Luzar McKein se agolpaban en la sala de reuniones. Algunos sentados y otros de pie, mantuvieron el rostro impertérrito ante la portada del diario económico. Douglas Carter dejó el brazo en alto después de haber lanzado el ejemplar como si fuese la última carta en una mano de póquer. El propio Carter, socio director de la oficina española, miraba desde la portada en una fotografía institucional que el despacho había repartido entre los medios de comunicación cuando la firma londinense desembarcó en el mercado español tres años antes. «Luzar McKein repercute a sus abogados una sanción de Hacienda.» El titular era lo suficientemente sugerente como para que cualquier lector, seguidor o no del mundo de los despachos, se interesase en la noticia.
El artículo destapaba que el despacho inglés había pagado a sus profesionales a través de sociedades interpuestas. Esta fórmula en sí misma no era fraudulenta, pero el uso que había hecho el despacho sí estaba fuera de la ley. La firma había sido inspeccionada por Hacienda de forma exhaustiva y la multa, después de sumar intereses de demora y otros añadidos, ascendió a más de dos millones de euros. El despacho no estaba dispuesto a cargar con el pago y había reducido el sueldo a sus abogados más jóvenes como canon «voluntario» de ayuda al despacho. La medida, presentada a los gestores mundiales como una fórmula para contener el gasto, se había impuesto a los profesionales. A ellos solo les quedaba la posibilidad de aceptarlo. La alternativa era dejar el bufete en un momento en el que era extremadamente difícil encontrar un puesto en otro despacho. Además, los socios ya habían hecho ver a los jóvenes abogados que, si optaban por la salida, ya se encargarían ellos de levantar el teléfono y mancillar su prestigio para que ningún otro despacho se interesase en ellos. Una presión demasiado fuerte.
El texto de la noticia contaba con pelos y señales los detalles de la inspección realizada por Hacienda, los pasos seguidos por el despacho, las amenazas y la decisión «unánime» de los abogados jóvenes de reducirse el sueldo. Estaba claro que la periodista había contado con ayuda desde dentro. El artículo estaba trufado de detalles sutiles, palabras intercaladas e insinuaciones que demostraban que la noticia había salido de las entrañas del despacho.
Un par de llamadas a Hacienda habían servido para apuntalar los detalles de la historia. Y la grabación que había obtenido Alba, donde se escuchaba a Arturo contar con ciertos alardes la decisión de la junta de socios, dio a Berta suficiente munición para llamar al despacho inglés para corroborar los datos. Douglas Carter había tratado de despejar todas y cada una de las preguntas de Berta Salgado y había puesto en solfa alguna de las informaciones que la periodista demostraba que tenía bien atadas. No sirvió de nada. Ni tan siquiera una llamada de última hora al director del periódico había servido para parar la noticia. Carter esperaba que, por lo menos, quedase algo diluida con las medias verdades que había transmitido a Berta y al director. Pero el efecto había sido el opuesto. El interés del abogado por parar el artículo había hecho que el director olfatease que la historia era jugosa y le dio a Berta la oportunidad de llevar a Douglas Carter en portada. El efecto fue devastador.
—Hay un gusano en esta sala… y no soy yo.
La frase de Carter quedó suspendida en el aire y empezó a calar en la mente de cada uno de los asistentes a la reunión.
—Quien haya contado esta sarta de mierda a esa zorra es el mayor hijo de puta que he conocido en mi vida —prosiguió Carter—. No voy a parar hasta encontrar al traidor. —El tono de voz era cada vez más amenazador—. Sé que está en esta sala y quiero advertir que cuando termine con él su carrera como abogado estará acabada. Será su final. Lo más cerca que va a estar de un juzgado será repartiendo periódicos gratuitos en la boca de metro de Plaza de Castilla. No pararé hasta verle de rodillas en mi despacho suplicando clemencia. —Hizo una pausa y moderó el tono de voz. Se mesó su pelo largo y moreno. Recorrió con la mirada a los abogados que se sentaban frente a él. Fijó los ojos en la cristalera para que nadie se sintiera aludido directamente y prosiguió—: Sin embargo, si el traidor quiere aplacar mi enfado, tiene hasta las dos de la tarde para presentarse en mi despacho, confesar y buscar perdón.
Todos olieron la mentira tras las palabras de Carter. Sabían que eso era imposible. El socio director no tenía precisamente fama de que le temblara el pulso a la hora de cargarse a un empleado.
Los abogados y el resto de la plantilla prefirieron mantener los ojos fijos en el ejemplar de Financiero. Cruzar la mirada con un socio o con otro compañero podría arrojar un mínimo atisbo de culpabilidad al que se agarrase Carter para depurar responsabilidades.
Alba llevaba histérica los días que habían pasado desde la grabación hasta que se publicó la noticia. Cualquier mirada, comentario o sonrisa llevaba a la abogada a la misma conclusión. «Me han pillado», pensaba. Cuando un mail de «Reunión urgente» remitido por Douglas Carter saltó en su ordenador, las pulsaciones se le dispararon. «Ahora no hay salida. Todo se ha terminado», era el pensamiento fatalista de la abogada. Había entrado en la sala de reuniones como una oveja en el matadero dispuesta al sacrificio final. ¿Qué iba a hacer ahora? Ni sus dos másteres, ni sus cuatro idiomas, ni sus preciosas piernas le iban a ayudar a encontrar trabajo. Todo el mercado jurídico de Madrid la tildaría de traidora y ningún despacho la querría en sus filas aunque la experiencia de Alba la convertía en una abogada interesante. Nadie arriesgaría. El talento estaba caro, pero ningún socio director en su sano juicio apostaría por ella. ¿Qué diría su madre? Ella la había sacado adelante después de enviudar. Se dejó la piel trabajando como una esclava para que a su hija no le faltase de nada. A los dieciocho años, Alba había salido de un pequeño pueblo asturiano junto a los Picos de Europa para ir a la capital a estudiar. Una residencia, la manutención, los gastos…, mucho dinero había fluido hacia Madrid. Alba había respondido con un expediente repleto de matrículas de honor. Pero nunca podría agradecer los desvelos de su madre. Y ahora tendría que volver a trabajar en la oficina de Correos o en una sucursal bancaria del pueblo. ¿Entendería su madre que lo había hecho porque estaban siendo víctimas de una injusticia? Su madre lo perdonaría todo, pero seguro que se perdería cuando Alba le explicase las sociedades interpuestas, la base imponible, Hacienda, los recortes… El miedo de Alba se acrecentó cuando entró en la sala de reuniones y Arturo, el socio de inmobiliario, le cedió el sitio. No era una galantería. Seguro que lo hacía para poder tener una mejor perspectiva de sus pechos. ¿Se olía algo Arturo? ¿Se había dado cuenta de que parte de la información provenía de aquellas reuniones informales al finalizar el día en las que estuvieron todos los miembros del departamento y en la que él había hablado más de la cuenta? Alba agradeció el gesto de Arturo y vio en sus ojos el miedo aderezado con las gotitas justas de cabreo.
Y entonces fue cuando Alba se sintió segura. Arturo sabía que había cometido un grave error al comentar con su equipo una información que era del ámbito exclusivo de los socios. Él, mejor que nadie, sabía que la información se había gestado en aquellas reuniones. Pero no podía acusar a nadie. Por lo menos nueve personas habían estado presentes en distintos momentos. Tendría que investigar, acusar y presionar uno por uno a los abogados y secretarias bajo su mando. Y, aunque terminase encontrando al culpable de la filtración, tendría que presentarse ante sus socios y reconocer que él había traicionado la confidencialidad impuesta a las reuniones que trataron sobre el affaire con Hacienda. Ese sí que hubiera sido su final. Sabía que había un traidor en su departamento, pero no podía dejarlo al descubierto. Cualquiera al que acusasen desvelaría, a las primeras de cambio, la primera fuente de la noticia: Arturo.
Alba descifró el temor en los ojos de Arturo. El artículo de Berta no daba ninguna pista de quién había podido hacer la filtración. Más bien al contrario, hacía planear una sombra invisible de sospecha sobre todos los miembros del bufete. Si se leía entre líneas, hasta el conserje podría haber sido el origen de la noticia. Demasiados sospechosos como para lanzar una caza del topo. Y Douglas Carter lo sabía. Nadie daría un paso al frente. Además, solo ella podría darlo y estaba segura de que no iba a hacerlo. El pulso se relajó, sonrió mentalmente y empezó a disfrutar del espectáculo de ver a su socio director fuera de sí. El mismo que les había recortado el sueldo para pagar su incompetencia era ahora el que tendría que tomar medidas para que la imagen del despacho no se viese mancillada.
Carter adoptó un tono paternalista.
—No esperaba esto de ninguno de vosotros. En Luzar McKein os hemos cuidado como a hijos y os hemos dado una oportunidad única de estar en uno de los despachos de abogados más grandes del mundo.
La sensación de vómito se debió extender por la mente de todos los presentes, incluso de algún socio. Allí estaban para trabajar. El dinero era mucho y la proyección importante. Pero decir que les habían cuidado como a hijos era traspasar una línea que a ningún abogado le había gustado.
—Espero que esto se solucione pronto. Podéis marcharos.
Nadie dijo una palabra y los empleados empezaron a salir de la sala. Alba pudo atisbar un ligero cerco de sudor en el cuello de la camisa de 400 euros de Arturo. Él sí que lo estaba pasando mal. Cuando salió de la sala, Carter hablaba con Mónica, la encargada de las relaciones con la prensa.
—… y quiero a esa zorra hundida en el fango… —escuchó Alba. El socio director se debía estar refiriendo a Berta. Pero ella sabía que la periodista era la que se encontraba en la posición más fuerte. Lo que había contado era verdad y lo podía demostrar. Las víctimas se iban a producir en el bando de Luzar McKein. La noticia llegaría a Londres y Douglas tendría que dar muchas explicaciones. Él podría ser la primera víctima. El bufete había tenido que pagar dos millones de euros a Hacienda y la imagen del despacho se había deteriorado. Estas circunstancias no pasaban desapercibidas en Londres. Otra víctima sería Mónica. Los socios daban por seguro que ella tendría que haber parado la noticia. Como si fuesen responsabilidad suya los tejemanejes de los gestores del despacho. Su cabeza también rodaría. Alba lo sentía por ella.
Entró en su despacho. Encima de su mesa había un sobre a su nombre que había llegado por correo urgente. Alba lo abrió después de asegurarse de que no había moros en la costa. El sobre contenía una postal de la iglesia de Santa María de la Paz. El reverso tenía escrita una palabra: «Gracias».
—Gracias a ti —susurró la abogada.