El bufete

Borja Martínez-Echevarría · Capítulo 3 de 66

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El bufete

Capítulo 3

 

Después de cinco años curtiéndose en la Facultad de Derecho, Alberto había conseguido una beca para realizar un máster de abogacía internacional en el Instituto Europeo de Derecho. Esos dos años en Bruselas le habían convertido en un ser más solitario, si es que eso era posible en su caso. Nunca había tenido problemas en vivir fuera de casa, pero el centro neurálgico de la nueva Europa le había superado. El cielo siempre gris, más lluvia que sol y la personalidad de sus vecinos belgas le habían ayudado a centrarse en sus estudios legales. Solo una compañera inglesa, Samy, le había distraído durante unas pocas semanas de su firme propósito de convertirse en el mejor abogado de España.

A sus veintiséis años, Alberto Spínola acumulaba en su expediente todas las matrículas de honor posibles. Si alguien echaba un vistazo a su currículum, siempre surgía la misma duda: ¿es que este tío solo se ha dedicado a estudiar? Y la respuesta que denotaba el rostro de Alberto era contundente: sí. En el colegio nunca había destacado por nada más que por sus buenas notas. Su padre, un jurista de prestigio en Madrid, le había insistido en lo importante que era estudiar todos los días y lograr un buen expediente. Alberto se lo había tomado tan en serio que nadie en su colegio conocía ninguna afición suya que no fuese su pasión por el estudio.

En la carrera las cosas no habían sido muy distintas. El joven Spínola no malgastaba ni un minuto en la facultad. Asistía a todas las clases y después se marchaba a su casa. La tarde la dedicaba casi íntegramente a estudiar. Eran pocos los amigos que se le conocían y él no hacía mucho por ampliar la lista de amistades. Sin embargo, nadie podía decir que Alberto fuese una persona antipática. Más bien lo contrario. Solía caer bien y su conversación era agradable. Lo malo es que nunca trataba de demostrarlo. Además, su cinismo y sus contestaciones cortantes cuando alguien no terminaba de caerle bien ahuyentaban a los que se acercaban.

Después de su paso por Bruselas el joven abogado había recibido innumerables ofertas de distintos despachos para incorporarse a sus filas. Todos los grandes bufetes internacionales tenían numerosos y prestigiosos equipos en Bruselas. La Unión Europea daba mucho juego legal y había que tener a los mejores representantes en la capital belga. La lista de candidatos era muy importante, pero el máster de abogacía internacional del Instituto Europeo de Derecho era uno de los principales viveros donde las grandes firmas echaban las redes. Y el currículum de Alberto, con cinco idiomas a sus espaldas, llamó la atención de los principales cazatalentos. Sin embargo, Bruselas había deprimido a Alberto. Pensar en quedarse allí le suponía casi un ataque de angustia, así que rechazó todas las ofertas que le hicieron y puso rumbo a España.

Al llegar a Madrid dejó su expediente en manos de los principales headhunters. Ahora las cosas habían cambiado. La información era bidireccional entre los abogados que dirigían los despachos y los expertos en recursos humanos que buscan a las mentes más brillantes. El especialista al que Alberto había pasado su currículum se había quedado gratamente sorprendido. Hacía tiempo que no veía tantos conocimientos en un joven de veintiséis años recién cumplidos. Solo había que ponerle un pero. Rafael, el headhunter, se lo advirtió:

—Alberto, los despachos buscan talento. Quieren a los mejores… y tú tienes pinta de ser uno de ellos. Probablemente se maten por ti. Pero también es cierto que ya no quieren solo a enciclopedias con patas que se sepan todas las leyes. Ahora lo que buscan son jóvenes talentos que encuentren soluciones innovadoras y que tengan mentalidad emprendedora y comercial. Los problemas que presentan los clientes son cada vez más complejos y…

—¿En serio…? Puedes comprobar mis calificaciones en los casos prácticos. Nadie encuentra soluciones más ingeniosas que yo —respondió Alberto sin dejar de mirar a su interlocutor.

La contestación destilaba unas gotas de arrogancia que a Rafael le supieron a gloria. Pero había que presionarle un poco más.

—Sí, ya he visto tus calificaciones. Pero no pierdas de vista que los despachos sufren con sus clientes momentos de crisis económica y exigen más que excelentes calificaciones. La economía no atraviesa su mejor ciclo y quieren a gente que sea capaz de captar clientes desde el primer momento. Y, la verdad, viendo lo que has escrito en el apartado de «aficiones», me preocupa que no seas todo lo activo que los despachos necesitan —señaló Rafael.

La palabra NADA manchaba ligeramente un hueco de casi una página destinado a conocer algo mejor al candidato. Saber qué aficiones tenía el aspirante podía ayudar a un experto a descubrir si era sociable, si sabía trabajar en equipo o si era imaginativo. De Alberto Spínola, ese apartado decía bien poco. Concretamente, nada.

—Cuando vayas a contarle a tus clientes que tienes un candidato con mi expediente, van a ocurrir dos cosas. Primero, te van a pagar un diez por ciento más de tus honorarios habituales para que su despacho sea el primero que visite y que me hables muy bien de ellos. Y segundo, van a despedir a sus responsables de recursos humanos por no haber detectado en el mercado un perfil como el mío. —Alberto terminó la frase ajustándose la corbata de rayas que había elegido para la entrevista.

El headhunter se le quedó mirando con un punto de interés y después de unos segundos de silencio dijo:

—¿Sabes que para trabajar en un despacho de abogados te van a pedir un buen comportamiento, compañerismo, buen ambiente…, vamos, buen rollito, como se dice vulgarmente?

Alberto se quedó pensativo. No sabía si aquel hombre que le observaba era un headhunter o un estúpido con patas.

—Mira… —comenzó a decir Alberto—, sé perfectamente lo que buscan los despachos. Por eso he estudiado toda mi vida como un mulo. No soy un ser muy sociable. Lo sé y lo admito. Pero creo que los socios de los despachos van a perder el culo por contratarme porque a ellos les importan más las dos mil horas facturables que voy a hacer cada año que los amigos que haga en el despacho. Ya me encargaré yo de que mi vida en la firma sea agradable.

—Muy bien. Como tú quieras. —El headhunter empezaba a cansarse de aquel niñato que tenía delante. Lo único que hacía que no le echase de su despacho con una patada en el culo era pensar en los honorarios que iba a cobrar por encontrar una perla jurídica como Alberto Spínola.

El entrevistador volvió a echar un vistazo al expediente de Alberto. Era excepcional. Detrás de aquel aspecto de mosquita muerta había un abogado en potencia. Un letrado con unos conocimientos técnicos excepcionales y un futuro de límites insospechados. Tenía un carácter difícil, pero los abogados, en su conjunto, eran un gremio de egocéntricos. No importaba echar uno más al patio.

—Tengo un mandato del bufete americano Kline & Burbridge. Tiene una oficina en Madrid. Siempre están detrás de jóvenes promesas. ¿Quieres que les hable de ti?

Kline & Burbridge era un despacho con un prestigio internacional de primera categoría. A Alberto le supo a gloria. Esos sí que eran buenos.

—Por supuesto —contestó decidido Alberto.

—Bien. El próximo jueves tengo que hablar con ellos. Supongo que querrán hablar contigo dentro de poco. Mantén encendido tu teléfono móvil y no hagas ningún viaje. A los de Kline & Burbridge les gusta llamar casi por sorpresa.

Un apretón de manos finiquitó la entrevista. La soberbia del abogado le iba a hacer difícil su encaje en un despacho internacional, pero él iba a cobrar sus honorarios por presentarles un candidato de los que solo él sabía cazar.