El bufete
Capítulo 2
Berta estaba sentada en el tercer banco de la iglesia. Siempre le había gustado el ambiente que se respiraba en aquel templo. Era una iglesia con mucho movimiento. Los domingos, especialmente en misa de una, no cabía un alfiler gracias a la fama de buen orador que se había labrado el padre Juan Pablo. Pero en días laborables la iglesia se vaciaba después de misa de ocho de la tarde. Un lunes a las nueve de la noche, un grupo de cinco jóvenes que rezaban el rosario a media voz eran los únicos acompañantes de Berta.
El chirrido angustioso de la puerta y el sonido de unos tacones acelerados hicieron sonreír a Berta. «Es ella», pensó. La joven que había entrado en el templo se paró a mitad del pasillo lateral. La tenue luz de las velas que acompañaban la figura de san Antonio era la escasa iluminación aparte del foco que alumbraba el sagrario y la vela que anunciaba la presencia del Santísimo. La joven dudó. Pero la silueta de Berta se recortaba en el banco. ¿Quién iba a estar en aquella iglesia a aquella hora si no era ella? Avanzó hasta la altura del banco, se frenó e hizo un amago de genuflexión, que más pareció un tropiezo, mientras se santiguaba con premura. Pese a que llevaba más de diez años sin pisar una iglesia, salvo en bodas y funerales, sus años en el colegio de monjas salieron a relucir como si le comiese la conciencia lo que iba a hacer.
Con la respiración entrecortada y algunas gotas de sudor surcando la frente, Alba se sentó junto a Berta.
—Te has retrasado un poco —dijo Berta con media sonrisa.
—¡Cómo que me he retrasado! Son las nueve en punto —susurró azorada Alba.
La joven empezó a mirar alrededor como si quisiese comprobar que nadie la había seguido. Se recogió el pelo moreno tras la oreja y se quitó los guantes. Las manos le temblaban. No estaba segura de lo que iba a hacer y la tensión acumulada desde hacía varias semanas salía ahora a relucir.
—¿Por qué me has citado en esta iglesia? —preguntó Alba casi enfadada.
—En una cafetería o en un restaurante siempre existe la posibilidad de que nos encontremos con alguien que nos conozca —explicó Berta, y luego añadió señalando el templo—: ¿Crees que alguien de tu despacho va a estar en esta iglesia un lunes por la noche?
Alba hizo una panorámica de la iglesia y se relajó dando a entender que compartía la teoría de la periodista. Abrió con dificultad la cartera de piel que llevaba y sacó un sobre marrón tamaño folio.
—Aquí lo tienes —dijo a Berta mientras le tendía el sobre—. Está todo.
Berta no pudo evitar que se le agrandasen los ojos y una ligera sonrisa afloró en sus labios. Por fin lo tenía.
Aquella joven y guapa abogada que estaba sentada a su lado le tendía el pasaporte a una portada segura. Berta cogió el sobre, lo palpó y se lo guardó en su bolso. Sabía, a grandes rasgos, lo que contenía.
—Júrame otra vez que nadie sabrá que yo te lo he dado —suplicó Alba aferrando a Berta por una de sus muñecas.
—Tienes el síndrome de la fuente —respondió Berta mientras cerraba su bolso y echaba una mirada a su reloj.
—¿Síndrome de qué? —preguntó perpleja la abogada.
—De la fuente. Cuando alguien se convierte en confidente de un periodista, es decir, en una fuente, siempre piensa que todo el mundo le va a identificar como origen de la noticia. Pero lo cierto es que nadie puede ni imaginarse que tú me has dado los documentos y has grabado las conversaciones.
—Ya. Pero yo llevo cinco años en el bufete y no creas que me siento muy orgullosa de lo que estoy haciendo —respondió Alba mientras bajaba la cabeza y las últimas palabras se escondían en su chaqueta.
—Lo que están haciendo ellos no está bien y tú lo sabes. Gracias a la noticia que vamos a publicar, las cosas cambiarán. Te lo prometo.
Berta sabía que no podía poner la mano en el fuego por esa afirmación, pero Alba solo necesitaba sentirse segura.
—Eso espero —suspiró Alba mientras se levantaba—. ¿Cuándo lo vas a publicar?
—Pronto. Tú no te preocupes.
Alba alzó las cejas. No le quedaba otra que esperar y confiar en la periodista. La suerte estaba echada. La abogada cruzó por delante de Berta para llegar al pasillo central. La periodista le puso la mano en la espalda.
—Gracias —susurró.
—De nada —contestó Alba sin pararse.
De nuevo un amago de genuflexión y los tacones volvieron a ser el único sonido que se escuchaba en la iglesia. Berta cerró los ojos y disfrutó de aquel momento. Cuando volvió a abrirlos, el padre Juan Pablo se acercaba hacia ella.
—¿Una fuente? —le preguntó el sacerdote.
—Dejémoslo en una conocida —respondió ella.
—Te he dicho que no es bueno que trapichees aquí con información. A la iglesia se debe venir a rezar —le recriminó con una sonrisa el padre Juan Pablo.
—Me acojo a sagrado, Papu —respondió Berta sonriendo.
Hacía diez años que se conocían. Juan Pablo había sido profesor de Berta en la Facultad de Periodismo. Por aquel entonces, ella era una idealista con ansias de convertirse en una brillante reportera y él era un joven ayudante de catedrático que terminaba cargando con la obligación de impartir todas las clases. Berta, con sus dieciocho años recién cumplidos, era una joven de buen ver. Bajita y algo regordeta, pero con un atractivo extraordinario. La cola de caballo en la que recogía su cabello moreno antes de cada clase se convirtió en motivo de atención para Juan Pablo. Los ojos azules de Berta distraían al inexperto profesor en cada una de las lecciones. Y él acumulaba experiencias que la joven soñaba adquirir: había trabajado como reportero mientras terminaba su tesis doctoral y su solidaridad quedaba manifestada en diversos veranos ayudando como voluntario en una ONG en Mozambique.
Lo uno llevó a lo otro y Berta y Juan Pablo terminaron viviendo un romance que sobrepasó los límites de lo convencional. A sus treinta años, el profesor sabía que se estaba jugando su futuro en el mundo de la docencia, pero el riesgo le valía la pena. Las citas tenían lugar siempre en el piso de soltero de Juan Pablo. Cuando salían a dar una vuelta o querían ir al cine, lo hacían a lugares donde, con toda probabilidad, no serían descubiertos por nadie de la universidad.
Pero cuatro meses después empezaron a bajar la guardia. Una cena en un restaurante caro y romántico les resultó fatal. Pensaron que nadie de la clase de Berta podría frecuentar un lugar tan exótico. Sin embargo, se equivocaron. Las bodas de plata de los padres de Pablo fueron la sepultura de su romance. Con las manos entrelazadas y los labios a pocos centímetros de distancia, Juan Pablo y Berta escucharon un fatídico e irónico «vaya, vaya» a su lado. Allí, de pie junto a su mesa estaba Pablo, un compañero de clase de Berta que, para más guasa, llevaba unos meses tratando de ligarse a la que, según quedaba demostrado, era la novia del profesor de historia del periodismo.
Ninguno de los dos trató de justificar lo injustificable. Pablo volvió a la mesa que compartía con sus padres y hermanos mientras los novios pagaban la cuenta y se retiraban del restaurante contrariados.
Como era de esperar, Pablo no tardó en dar publicidad a su primera exclusiva y Juan Pablo fue invitado a dejar la universidad. A Berta le permitieron seguir con sus estudios, pero la palabra calientabraguetas quedó grabada en la mente de cada uno de los profesores, estudiantes y bedeles de la facultad.
Aun así, los dos tortolitos siguieron con su relación. Pero un año después las desavenencias empezaron a surgir. Ambos comprobaron que su historia de cuento de hadas no les llevaba a ningún lado y decidieron quedar como amigos antes que terminar tirándose los trastos a la cabeza.
Cada uno siguió su camino. Berta, como aspirante a periodista y Juan Pablo, tratando de encontrar un hueco en el mundo laboral donde nadie le preguntase por qué ya no era profesor.
Varios años después Berta consiguió entrar a trabajar como becaria en el diario Financiero. Después de rotar por varias de las secciones, la joven periodista logró hacerse un hueco en la sección de empresas. Un golpe de suerte le permitió dar su primera exclusiva: la salida a Bolsa de una empresa cementera. Los coletazos de la operación le posibilitaron conocer a los abogados que llevaban el asunto. Berta se quedó prendada de su trabajo y del mundo de los despachos. Poco a poco fue conociendo el mercado de los bufetes. Dentro de la sección de información sobre empresas, Berta logró hacer un hueco, cada vez más grande, a las noticias sobre despachos de abogados. «Se han convertido en empresas», defendía la periodista ante su redactor jefe cuando le vendía una noticia. Los jefes vieron que las noticias de Berta tenían su público y terminaron por apoyar la jugada.
La historia del padre Juan Pablo era bastante sencilla. Después de una ruptura no del todo traumática con Berta se había lanzado a escribir un libro que sirviese como manual de historia del periodismo en las facultades. Para retirarse unos días del mundanal ruido optó por recluirse en el apartamento que sus padres tenían en la costa gerundense. Una semana después de estar entre el ordenador y la playa, Juan Pablo sufrió una conversión que la caída del caballo de san Pablo se queda en simple tropezón. Si bien era cierto que poseía una buena formación cristiana de colegio de jesuitas, el exprofesor de periodismo nunca llegó a pensar que, tras varios años de avatares y separado de la Iglesia, el Señor le iba a llamar por esos caminos. Ahora llevaba dos años de felicidad regentando la parroquia de Santa María de la Paz en un barrio humilde de Madrid.
—¿Hasta dónde hay que presionar a una fuente dubitativa? —preguntó Berta a Juan Pablo.
—No obligues a nadie a hacer algo que no quiere. No utilices a una persona. Ten en cuenta que, en muchos casos, se pueden jugar sus trabajos. Y ya sabes, como recuerda el Papa cada domingo, «no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hiciesen a ti».
—Sí, ya sé que para ti el Papa siempre tiene la frase adecuada —sonrió con ironía —. Bueno, creo que es el momento de irme.
—Espero que la noticia valga la pena. La chica parecía muy agobiada.
—Servirá para levantar una liebre que puede dar mucho juego. Descansa.
Berta empezó a caminar por el pasillo central de la iglesia. El padre Juan Pablo sonrió, bajó la vista y se sentó para rezar vísperas.