El bufete
Capítulo 25
Alberto estaba a punto de cerrar su ordenador. Aunque sabía que tenía que dedicar muchas horas al trabajo, no le gustaba calentar la silla. Si había terminado su trabajo del día, su opción era marcharse. Además, la juerga después del Thyssen le estaba pasando factura. Siempre estaba el abogado capullo que tenía la frase ocurrente cuando un júnior estimaba que era hora de dar por finalizada la jornada: «¿Estás al día de todas las novedades legislativas y jurisprudenciales?». Era la forma de decir: «Tú sabrás si quieres irte ya, pero no creo que sea una buena opción». Los que decían eso solían ser abogados sin familia o con pavor a llegar a su casa. Abogados que preferían seguir en el despacho hasta altas horas de la madrugada antes que tener que afrontar los fantasmas que llenaban sus casas y vidas privadas. Un bufete como Kline & Burbridge era una máquina trituradora de matrimonios, noviazgos, relaciones y amistades. Una vida privada ajena al despacho exigía casi más dedicación y esfuerzo que los propios clientes.
Pero Alberto estaba disfrutando con su trabajo. La exigencia era máxima y especialmente para él. Le habían dado mucho y le iban a pedir mucho.
Cuando se disponía a apagar el ordenador, un correo electrónico saltó en su pantalla. «Operación Plastilina. Confidencialidad Nivel 5.» Alberto se sorprendió. Al principio le pareció una broma, pero recordó la charla sobre operaciones confidenciales que le habían dado al principio de su estancia en el bufete. Nivel 5 quería decir que no podía hablar con nadie sobre el correo electrónico que acababa de recibir. Ni siquiera con el socio que lideraba su equipo ni con el socio director. Nivel 5 significaba «este mail no existe». Y también quería decir «estás en la pomada». Una confidencialidad tan extrema significaba que había una operación en marcha que solo unos pocos miembros del bufete conocerían. Si había recibido ese correo, es que formaba parte del equipo. No sabía de cuál, pero formaba parte.
Alberto leyó el remitente: Nicolás Verde. Cristóbal, que era una fuente inagotable de chismorreos y rumores, le había contado que Verde había vuelto de forma precipitada del sabático que estaba disfrutando. Estaba claro que se debía a un asunto de los gordos. No se trataba de un asunto interno del bufete porque Cristóbal se habría enterado. Tenía pinta de ser un trabajo «etiqueta negra», tal y como lo había calificado su compañero.
Abrió el mensaje. Aunque había elegido un despacho como Kline & Burbridge para estar en los asuntos de calado, no esperaba que sonase la flauta tan rápido.
Hola:
Esto es un mensaje de confidencialidad Nivel 5. Te recuerdo que, según las normas del despacho, no podrás
hablar sobre este correo electrónico con ninguna persona, ni tan siquiera otros miembros de Kline &
Burbridge. Ni hagas referencia a que has recibido el mensaje.
Realizado este recordatorio, te anuncio que vas a formar parte del equipo que llevará a cabo un trabajo que
ha sido calificado como Operación Plastilina.
Mañana, jueves, debes presentarte en la sala de reuniones general a las 8.00 de la mañana. Allí serás
informado de tu cometido en esta operación y recibirás más detalles.
Te reitero la necesidad de mantener máxima confidencialidad al respecto. Gracias por tu ayuda.
El mensaje era escueto, directo y sin florituras. ¿A las ocho de la mañana? ¿Por qué les gustaba madrugar tanto? Alberto tenía entendido que en los bufetes se empezaba a trabajar algo más tarde aunque eso obligase a retrasar la salida.
Alberto esperó diez minutos antes de cerrar el ordenador por si llegaba algún otro mensaje. El anterior tenía pinta de ser el único, pero no quería que hubiese algún cambio por sorpresa y quedarse fuera de juego.
El abogado se ajustó el abrigo y puso rumbo a la salida. Al pasar por recepción, Lola, la belleza gallega, estaba ajustándose un gorro de lana antes de salir a la calle. No sabía por qué, pero Alberto tuvo la sensación de que ella le había estado esperando para hacerse la encontradiza.
—Hola, Alberto. ¿Ha llegado la hora del descanso del guerrero?
—Ha sido un día duro —dijo Alberto mientras se agachaba para recoger un guante que había resbalado del bolso de Lola—. Creo que hoy voy a dormir como un bebé.
—¿Te vas a casa?
—Qué remedio…
—Si quieres, podemos tomar algo —insinuó Lola. Alberto era un clásico y no terminaba de entender que una chica tomase la iniciativa de una forma tan descarada. Sin duda era un romántico.
—Propuesta tentadora, pero mañana tengo mucho que hacer.
—¿No te apetece quedar conmigo?
—No he dicho eso.
—Pues lo parece.
Alberto pensaba que habían entrado en un diálogo que él sabía que iba a perder. Dijese lo que dijese, Lola parecía que sería capaz de sacarle punta y darle la vuelta para que él quedase como poco caballeroso.
—Lola, me pareces una chica estupenda y muy atractiva, pero ahora no estoy con ganas de tener una relación. Quiero concentrarme en el trabajo.
La abogada entornó los ojos, lo que la hacía mucho más sugerente.
—Nadie ha hablado de tener una relación. Pensaba solo en tomar una copa.
—Perdona si te ha sonado grosero, pero prefiero dejar los límites marcados desde el primer momento para que no haya malentendidos.
—¿Vas de Casanova? —El tono demostraba que se había sentido ofendida—. Perdona si te ha molestado la pregunta. Solo tenía intención de salir a dar una vuelta. No tengo en mente ser la madre de tus hijos. Sin duda vas a ser un gran abogado. De momento, tienes un ego descomunal. Es un buen comienzo —dijo Lola antes de darse la vuelta y salir por la puerta del despacho ante la mirada vacía de Alberto.
El abogado sonrió con un punto de arrepentimiento. Ya se lo había dicho su hermana Toti en muchas ocasiones: «Con las mujeres ten al menos una pizca de amabilidad. Si no, quedarás como un capullo». Ahora había quedado como un capullo.