El bufete

Borja Martínez-Echevarría · Capítulo 27 de 66

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El bufete

Capítulo 27

 

El frío empezaba a quemar en el trayecto que Berta hacía desde la redacción del periódico hasta su casa después de cerrar la edición. Sabía que en Navidad iba a poder disfrutar de unos días de descanso. Iría a ver a su padre en Córdoba. Allí sí que sabían pasar el invierno con una temperatura más acorde con lo que su piel podía soportar. Su padre volvería a volcarse con ella sacándole jugo a cada segundo de su compañía. Ya era mayor, pero mantenía la vitalidad de un chaval joven. A veces era la propia Berta la que no podía seguir su ritmo. Después de instalarse en Madrid, la joven periodista había pasado malos momentos. Su cabezonería había logrado arrancar a su padre el alquiler de un piso para ella en lugar de la estancia en un colegio mayor. Tenía pánico a enfrentarse a la vida de un colegio mayor. La experiencia de una amiga que había vuelto de Madrid al mes de marcharse y con un proceso depresivo incipiente por las novatadas sufridas por las compañeras de residencia provocó que Berta se hiciese cruces antes de recalar en uno de ellos. Pero vivir sola en un piso en una gran ciudad tampoco había sido fácil. Aunque a ella no le gustaba que su padre apareciese por sorpresa, sus visitas relámpago desde Córdoba le habían ayudado a hacer más llevadera la soledad que puede producir la capital.

Faltaba poco para Navidad. Berta se enfrascó en su abrigo antes de cruzar la calle y saboreó los mazapanes que su imaginación le traía desde el salón de su casa.

Su padre le insistía en que debía echarse un novio, pero ella echaba balones fuera. Tenía miedo de volver a enamorarse como lo había hecho de Papu. Aunque lo había intentado, nunca había dejado de sentir sus dedos en su melena morena. Él era ahora sacerdote. Había entregado su vida a un Amor que Berta no terminaba de comprender. Pero él era feliz y eso se sentía en cada palabra y en cada gesto del sacerdote. A Berta le impresionaba cómo se arrodillaba ante el sagrario. Estaba claro que él creía firmemente que allí dentro había una persona.

Berta sabía que su amor por Papu había sido una chiquillada de universitaria casi adolescente. O por lo menos eso se decía para convencerse de que había que desenterrar las ganas de volver a enamorarse. La relación había muerto de mutuo acuerdo. Eso era cierto. Pero había sufrido. Se echa de menos lo que se ha amado y Berta había idealizado aquellas mariposas que le bailaban en el estómago cada vez que Papu había conquistado su corazón con galanterías y atenciones.

¿Un novio ahora? «Puf», suspiró Berta. Su padre iba a insistir. «¿Qué fue de aquel chaval de Zamora con el que viniste unas navidades?», le volvería a preguntar refiriéndose a Marcos, un compañero de clase con el que había salido durante un año. «¡Se fue con otra, papá!», le gustaría gritar a ella. Pero bajaría de nuevo la cabeza y le diría: «Se fue a estudiar a Estados Unidos, papá». Lo de siempre. Él qué iba a saber si vivía en una ciudad en la que todo iba a cámara lenta. En la capital había que ser fuerte. Fajarse. Plantar cara y aprender a encajar los golpes.

Berta se paró en el semáforo y por un momento se arrepintió de haber dejado Córdoba.