El emblema del traidor

Juan Gomez Jurado · Capítulo 12 de 67

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El emblema del traidor

Capítulo 11

–¿Qué diablos quieres? – dijo Klaus, impaciente.

–¿De verdad tiene usted tantas tías, señor Graf?

El carbonero soltó una enorme carcajada.

–Mi madre tenía catorce hermanas, chico. Lo creas o no.

11

Con Paul encargándose de las recogidas del carbón y de conseguir nuevos clientes, el negocio comenzó a prosperar. El joven conducía un carro lleno desde los almacenes de la ribera del Isar hasta la casa donde Klaus y Hulbert -que así se llamaba el mudo ayudante- finalizaban su descarga.

Primero cepillaba a los caballos y les daba agua con un cubo. Luego cambiaba los tiros, y enganchaba el par de animales de refresco al carro que acababa de traer.

Después echaba una mano a sus compañeros para poder llevarse cuanto antes el carro vacío. Al principio con dificultad, pero, a medida que se fue acostumbrando y sus hombros se ensanchaban, fue capaz de cargar con las enormes cestas. Acabada esa finca volvía a azuzar a los caballos de vuelta a los almacenes, canturreando feliz, mientras los otros se dirigían a una nueva casa.

Por su parte, Use había encontrado quehacer ayudando a la patrona de la pensión en la que se hospedaban, y a cambio ésta les hizo una pequeña rebaja en el alquiler, lo cual estaba bien porque el sueldo de carbonero apenas alcanzaba para ambos.

–Ojalá pudiera rebajarle más, señor Reiner, pero tampoco es que necesite mucha ayuda -le dijo.

Paul asintió, sabiendo que se refería a que su madre tampoco ayudaba en exceso. Otros inquilinos de la pensión le habían susurrado que a veces Use se quedaba ensimismada en mitad del pasillo a medio barrer o con una patata a medio pelar, aferrando la escoba o el cuchillo y mirando a la nada.

Preocupado, habló con su madre, que negó todo. Cuando Paul insistió e insistió, Use acabó admitiéndolo en parte.

–Puede que haya estado un poco distraída últimamente. Demasiadas emociones -dijo acariciándole la cara.

Todo será cuestión de tiempo, pensó Paul. Lo hemos pasado muy mal.

Sin embargo sospechaba que había algo más, algo que su madre le ocultaba. Seguía dispuesto a averiguar la verdad sobre la muerte de su padre, pero no sabía por dónde empezar. Sería imposible aproximarse a los von Schroeder, al menos mientras contasen con el favor del juez. Podrían meter a Paul en la cárcel en cualquier momento, y eso era algo a lo que no podía arriesgarse, y menos con su madre así.

Aquella cuestión le carcomía por las noches. Al menos ahora podía soñar despierto sin temor a despertar a su madre, ya que dormían en cuartos separados por primera vez en su vida. Paul se había cambiado a uno en el segundo piso, interior y más pequeño que el de Use, pero donde podía gozar de intimidad.

–Nada de llevar chicas a las habitaciones, señor Reiner -le decía la patrona al menos una vez por semana. Y Paul, que tenía la imaginación y las necesidades de cualquier chico sano de dieciséis años, también encontraba tiempo para fantasear sobre ese tema.

Durante los meses siguientes Alemania se inventó de nuevo a sí misma, al igual que los Reiner. Un nuevo gobierno firmó el Tratado de Versalles a finales de junio de 1919, señalando un único culpable de la guerra, Alemania, y unas reparaciones económicas descomunales. En las calles latía una suerte de indignación tranquila ante la humillación a la que los Aliados sometían a los germanos, pero en general la gente respiró tranquila durante un tiempo. A mediados de agosto se aprobó una nueva Constitución.

Paul comenzó a sentir que su vida recuperaba un orden. Precario, pero orden al fin. También fue olvidándose gradualmente del misterio acerca de su padre. Ya fuera por la dificultad de la tarea, ya por el miedo de afrontarla, ya por la obligación creciente de cuidar de Use.

Hasta que un día, en mitad de un descanso de mañana como en el que había ido a pedir trabajo, Klaus apartó la jarra vacía de cerveza, hizo una pelota con el papel del bocadillo y devolvió al joven a la realidad.

–Tú pareces un chico inteligente, Paul. ¿Cómo es que no estás estudiando?

–Cosas de la vida. La guerra. La gente -dijo él encogiéndose de hombros.

–Contra la vida y la guerra no se puede hacer nada, pero la gente… a la gente puedes devolverle el golpe, Paul -respondió el carbonero, expulsando