El emblema del traidor
Capítulo 249
caramelos de menta como siempre y pagó el triple de su precio, como siempre. Normalmente esperaba a hallarse de nuevo en el tranvía, pero ese día buscó inmediatamente la nota metida en el celofán, y la abrió con disimulo. Sólo había cuatro palabras, pero fueron suficientes para que sus manos empezaran a temblar.
Me ha descubierto. Corre.
Tuvo que dominarse para no gritar.
249
Baja la cabeza, camina despacio, no mires a los lados. Tal vez no estén vigilando la tienda.
Abrió la puerta del local y puso un pie en la calle. No pudo contenerse y miró hacia atrás mientras se alejaba.
Dos hombres con gabardina y sombrero la seguían, a menos de cincuenta metros de distancia. Uno de ellos, al darse cuenta de que ella les había visto, le hizo una seña al otro y ambos apretaron el paso.
¡Mierda!
Alys intentaba andar lo más deprisa posible sin correr. Bastaría que la parase un policía para que la alcanzasen, y entonces estaría lista.
Seguramente serían detectives contratados por su padre, que inventarían cualquier historia con tal de retenerla o llevarla al domicilio familiar.
Legalmente no era mayor de edad -aún le faltaban once meses para cumplir los veintiún años-, así que estaría por completo a merced de su padre si eso ocurría.
Cruzó la calle sin detenerse a mirar. Una bicicleta le pasó rozando y le alborotó la falda. El chico que la pilotaba perdió el control y cayó al suelo, frenando a los perseguidores de Alys que se vieron obligados a rodear la bicicleta caída.
–¿Está loca o qué? – gritó el muchacho desde el suelo, agarrándose las rodillas doloridas.
Alys miró atrás de nuevo, y vio que los dos hombres habían logrado cruzar, aprovechando un hueco en el tráfico. Ahora estaban a menos de diez metros, y acortaban la distancia rápidamente.
Una manzana hasta el tranvía. Sólo una.
Maldijo sus zapatos, que tenían suela de madera y resbalaban ligeramente en la acera empapada de aquella tarde lluviosa. El bolso de
cuero y cartón donde guardaba la cámara le golpeaba las caderas, y ella se aferró a la correa, que llevaba en bandolera.
Estaba claro que no lo iba a conseguir si no se esforzaba en pensar algo.
Podía sentir ya las pisadas de sus perseguidores. Si uno de ellos extendía el brazo podría sujetarla en cualquier momento.
No puede ser. No tan cerca de conseguirlo.
En aquel momento dobló la esquina frente a ella un grupo de colegiales de uniforme, encabezados por un maestro que acompañaba a los niños hasta la parada. Los chicos, unos veinte en perfecta formación, se interponían entre ella y la calle. Ahora no quedaba más remedio que darse por vencida.
A no ser…
Hundió la mano izquierda en los bolsillos del abrigo hasta palpar el paquete de caramelos que acababa de comprar en la confitería y rasgó el celofán con las uñas. Sacó un buen puñado y les enseñó las formas redondeadas y verdes a los niños que le bloqueaban el paso.
–¿Eh, chicos, quién quiere caramelos?
Todos levantaron a la vez los brazos y se pusieron a dar gritos. Alys arrojó hacia arriba el puñado y se introdujo entre los chavales aprovechando la confusión y la rotura de sus líneas. Cuando estaba en medio de ellos, sacó otro puñado y lo volvió a lanzar hacia arriba. Los chicos se peleaban por coger los caramelos, y Alys consiguió cruzar al otro lado justo a tiempo. El tranvía rodaba sobre sus vías, haciendo sonar la campana mientras se acercaba.
El maestro intentaba elevar la voz por encima del griterío de los muchachos, que estaban disfrutando como nunca con aquella inusual alteración del orden.
Alys, extendiendo la mano, se agarró a la barra del tranvía y apoyó el pie en el escalón. El conductor aminoró levemente la marcha para que ella pudiese subir, y en cuanto estuvo segura sobre el atestado vehículo, Alys se dio la vuelta para mirar hacia la calle.
Sus perseguidores no aparecían por ninguna parte.
Dando un suspiro de alivio, Alys pagó y se aferró a la barra con manos temblorosas, ajena por completo a las dos figuras con sombrero y gabardina que en ese momento abordaban el tranvía por la parte trasera.
Paul estaba esperándola en Rosenheimerstrasse, cerca del Ludwigsbrücke. Cuando la vio bajar del tranvía fue a besarla, pero se
detuvo al ver su rostro de preocupación y la abrazó.
–¿Qué sucede?
Alys cerró los ojos y se dejó envolver por los fuertes brazos de Paul. En tan confortable refugio, no fue consciente de cómo los que la perseguían descendían del tranvía y se metían en una cafetería cercana. Paul, pendiente de las palabras de Alys, no les prestó la más mínima atención a los que para él eran tan sólo dos transeúntes más.
–He ido a recoger la carta de mi hermano, como cada jueves, pero parece que alguien me ha seguido. Ya no podré volver a usar ese método.
–Eso es terrible. ¿Estás bien?
Alys dudó antes de contestar. ¿Debía contárselo todo?
Sería tan fácil decírselo. Simplemente abrir la boca y dejar que saliesen esas dos palabras. Tan fácil y tan imposible.
–Sí, supongo. Les di esquinazo antes de subir al tranvía.
–Bueno… pero creo que deberías cancelar entonces lo de esta noche -
dijo Paul pensativo.
–No puedo hacerlo, Paul. Es mi primer encargo.
Tras meses de insistir, por fin había conseguido la atención de alguien en el Munchen Allgemeine, un diario de tirada mediana cuyo jefe de fotografía le había mandado ir aquella tarde a la Burgerbráukeller. En esa cervecería, que estaba a menos de treinta pasos de donde se encontraban, el comisario de Baviera Gustav von Kahr daría un discurso al cabo de media hora. Para Alys, dejar de estar esclavizada a las noches en el cabaret y vivir de lo que más le gustaba, la fotografía, significaba un sueño.
–Pero después de lo que ha pasado… podríamos ir a tu piso, acurrucamos bajo las mantas y yo te consolaría -le susurró Paul al oído con voz seductora.
–¿Eso es en lo único en lo que puedes pensar? – dijo Alys, separándole de ella de un empujón.
–Yo sólo…
–¡Tú nada! ¿Eres consciente de lo importante que es para mí lo de esta noche? ¡Llevo meses esperando una oportunidad así!
–Tranquilízate, Alys. Estás montando una escena.
–¡No me digas que me tranquilice, imbécil! ¡Eres tú quien necesita una ducha fría! ¿O crees que no lo he notado cuando me abrazabas?