El emblema del traidor
Capítulo 16
Tannenbaum se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir le miró por última vez.
–Por cierto, Reiner, aunque no creo que te importe demasiado, he pasado esta tarde con el futuro suegro de mi hija, ultimando los detalles de su boda. Se casará con un noble en primavera.
"Tienes suerte, Paul. Tienes independencia", había dicho ella.
–¿Lo sabe Alys? – dijo Paul, consiguiendo despegar los dientes lo suficiente como para hablar.
Tannenbaum soltó un bufido de desprecio.
–No vuelvas a pronunciar su nombre.
Paul salió de la bañera y se vistió, casi sin secarse. En aquellos momentos le daba igual coger una pulmonía. Tomó el fajo de billetes del lavabo y salió a la habitación, donde Doris le miraba de través.
–Permítame acompañarle a la salida.
–No se moleste -le respondió el joven, saliendo al pasillo. La puerta de la calle era bien visible al fondo.
–Oh, no querríamos que se metiera nada en los bolsillos por error -dijo el ama de llaves con sorna.
–Devuélvale esto a su amo, señora. Dígale que no lo necesito -respondió Paul con la voz quebrada, alargándole los billetes.
Casi corrió hacia la salida, aunque Doris había dejado de observarle.
Ahora miraba el dinero y una sonrisa astuta le bailaba en la cara.
16
Las semanas siguientes fueron para Paul un trago difícil de superar.
Cuando se presentó de nuevo en la cochera tuvo que soportar las disculpas forzadas de Klaus, quien se había librado de la multa pero seguía cargando con el remordimiento de haber dejado al joven en la estacada. Al menos eso calmó un poco su enfado por el brazo roto de Paul.
–En pleno invierno y descargando solos el pobre Hulbert y yo, con tantísimos encargos como tenemos. Menuda tragedia.
Paul se abstuvo de comentar que disponían de tantos encargos gracias a su plan para hacerse con un segundo carro. En realidad no tenía ganas de hablar demasiado, y se sumergió en un mutismo tan grande como el de Hulbert, con el trasero congelándose durante largas horas sobre el pescante y la mirada perdida.
Intentó volver en una ocasión al piso de Prinzregentenplatz, a una hora en la que creyó que Tannenbaum no estaría, pero un criado le cerró la puerta en las narices. Le deslizó a Alys varias notas en el buzón, citándola en una cafetería cercana, pero ella nunca se presentó. Y los domingos, el único día en el que podía acercarse al lugar a una hora razonable y pasear frente al portal, ella no apareció nunca. Sí lo hizo un guardia -sin duda avisado por Josef- que le recomendó sutilmente no volver por el vecindario si no quería recoger sus dientes de la acera.
Paul se encerraba más y más en sí mismo, y los pocos ratos en los que coincidía con su madre en la pensión apenas había palabras que rompieran el silencio. Comía poco, apenas dormía y conducía el carro de manera maquinal, sin prestar atención a lo que le rodeaba. En una ocasión la rueda trasera del carro que conducía esquivó de milagro a un tranvía. Mientras soportaba las imprecaciones de los pasajeros -que le hicieron ver que podía haberlos matado a todos- el joven se dijo que tenía que hacer algo para salir de la melancolía que flotaba sobre su cabeza como los densos nubarrones que cubrían las montañas.
En ese estado no es de extrañar que no advirtiese la figura que se le quedó mirando una tarde en Frauenstrasse. Primero se acercó despacio al carro para verle más de cerca, siempre procurando quedarse detrás de la línea de visión de Paul. Luego tomó notas en una libretita que llevaba en el bolsillo, apuntando cuidadosamente el nombre de Klaus Graf -ahora que Paul disponía de más tiempo y de un brazo sano los costados de los carros estaban siempre limpios y las letras visibles, algo que mitigaba el enfado del carbonero-. Y finalmente, el observador se sentó en una cervecería cercana hasta que los carros partieron. Sólo entonces se acercó hasta la finca a la que habían estado surtiendo para hacer unas discretas averiguaciones con el portero.
Jürgen estaba de muy mal humor. Acababa de recibir las notas del primer cuatrimestre, y no eran nada alentadoras.
Tendré que obligar al tarado de Kurt a que me dé clases particulares. Tal vez que me haga un par de trabajos de recuperación. Le pediré que venga a casa a usar mi máquina de escribir para que no nos descubran, pensaba Jürgen.
Aquel año era el último del bachillerato, y se jugaba la admisión en la universidad, con todo lo que ello conllevaba. No tenía especial interés por