El emblema del traidor
Capítulo 47
Dando un grito de rabia, Paul se acercó y levantó el brazo derecho para golpear a Clovis. El cañón de la pistola dejó de apuntar al ex marinero por un segundo, y Paul se colocó lo suficientemente cerca como para que Clovis viese su cara. Con un hábil movimiento le arrojó el cigarrillo encendido a los ojos. El joven apartó la cara, y dio un paso atrás, protegiéndose instintivamente. El cigarro no le hizo daño, pero le compró a Clovis tiempo suficiente como para darse la vuelta y escapar corriendo, jugándose su última carta a la desesperada.
No me disparará por detrás.
–¡Detente, cabrón!
Y mucho menos sin saber quién fue.
Paul echó a correr tras él. La espalda de Clovis entraba y salía del haz de la linterna, mientras el ex marinero corría hacia la zona trasera del almacén, tratando de salir por el lugar por el que su perseguidor había entrado. Pudo distinguir al final una puerta junto a una ventana cuyos cristales estaban pintados de negro. Apretó aún más el paso, y ya estaba a punto de alcanzar la puerta cuando los pies se le enredaron en algo de basura que los antiguos ocupantes del lugar habían dejado tras de sí.
Cayó de bruces. Estaba intentando levantarse cuando Paul le alcanzó y le agarró por la chaqueta. El ex marinero intentó ponerse en pie y golpear al mismo tiempo al joven, pero falló y trastabilló peligrosamente hacia la ventana.
–¡No! – gritó Paul, tratando de agarrarle.
Clovis, luchando por mantener el equilibrio, tendió los brazos hacia Paul. Sus dedos rozaron los del joven por un instante antes de perder por completo la verticalidad y estrellarse contra la ventana. Los viejos cristales cedieron como si fueran de papel, y el cuerpo del ex marinero pasó a través de la abertura y desapareció en la oscuridad.
Hubo un chillido breve y un golpe seco.
Paul se asomó a la ventana y apuntó con su linterna hacia el suelo. Diez metros por debajo, el cadáver de Clovis yacía en mitad de una mancha creciente de sangre que empapaba la basura del callejón.
47
J urgen arrugó la nariz al entrar en el asilo. El lugar apestaba a meados y a suciedad, mal camuflados por un olor a desinfectante.
Tuvo que preguntar a una enfermera el camino, pues era la primera vez que iba a visitar a Otto desde que le metieron allí, once años atrás. La mujer, parapetada tras un escritorio, leía una revista con cara de aburrimiento y los pies fuera de los blancos zuecos. Al ver al flamante Obersturmführer que se erguía ante él, la enfermera se puso en pie con el brazo en alto tan deprisa que le cayó de la boca el cigarro que estaba fumando. Insistió en acompañarle personalmente.
–¿No tiene miedo de que se le escape alguno? – preguntó Jürgen mientras caminaban por los pasillos, señalando a los ancianos que deambulaban sin rumbo cerca de la entrada.
–A veces ocurre, sobre todo cuando voy al baño. No pasa nada, el hombre del quiosco de la esquina los suele traer de vuelta.
La enfermera le dejó en la puerta de la habitación del barón.
–Aquí está divinamente, señor. Incluso tiene una ventana. ¡Heil Hitler! –
dijo antes de irse.
Jürgen devolvió el saludo con desgana, contento de que aquella mujer desapareciese. Quería aquel momento sólo para él.
La puerta de la habitación estaba abierta, y Otto yacía en una silla de ruedas junto a la ventana, dormido. Un hilo de baba le goteaba sobre el pecho, oscureciéndole la bata y ensuciando su viejo monóculo con filo de oro, cuyo cristal aparecía ahora roto. El joven recordó lo distinta que era su estampa el día después del golpe de Estado. Lo enfurecido que estaba porque había fracasado, aunque él personalmente no hubiese contribuido en absoluto.
Jürgen había sido momentáneamente detenido e interrogado, aunque mucho antes de que todo acabase había tenido el buen sentido de sustituir su camisa parda empapada de sangre por otra limpia, y no llevaba ningún arma de fuego. No hubo consecuencias para él, como para casi nadie. El propio Hitler pasó sólo nueve meses en la cárcel.
Jürgen regresó a casa, pues los cuarteles de las SA habían sido clausurados y la organización disuelta.
Pasó varios días encerrado en su habitación, sin hacer caso de los intentos de su madre por averiguar qué había pasado con Use Reiner y discurriendo cómo utilizar la carta que había robado a la madre de Paul.
A la madre de mi hermano, se repitió, confuso.
Finalmente mandó realizar copias fotostáticas de la carta y le presentó una a su madre y otra a su padre, una mañana después del desayuno.
–¿Qué diablos es esto? – dijo el barón, tomando las hojas. No había alcanzado la mitad cuando se puso en pie, arrojando la silla al suelo.
–Lo sabes demasiado bien, Otto.
–¡Jürgen! ¡Más respeto! – dijo su madre horrorizada.
–Después de lo que he leído aquí, no tengo por qué.
–¿Dónde está el original? – preguntó Otto con voz ronca.
–En un lugar seguro.
–¡Tráelo!
–No pienso hacerlo. Esto son sólo unas pocas copias. El resto las he mandado a los periódicos y a la jefatura de policía.
–¡Qué has hecho! – gritó Otto, rodeando la mesa. Trató de alzar el puño para golpearle, pero el movimiento le salió a cámara lenta y se interrumpió a la mitad. Jürgen y su madre se quedaron mirando boquiabiertos cómo el barón bajaba de nuevo el brazo e intentaba levantarlo sin conseguirlo.
–No veo. ¿Por qué no veo? – preguntó Otto.
Se desplomó hacia delante, arrastrando el mantel del desayuno en su caída. Varios platos, tazas y cubiertos le cayeron encima, desparramando su contenido, pero el barón no pareció darse cuenta y quedó inmóvil en el suelo. Lo único que se oía en el comedor eran los chillidos de la criada, aún con una bandeja de tostadas recién hechas en la mano.
De pie en la entrada de la habitación, Jürgen no pudo evitar una mueca de amargura al recordar su ingenuidad de entonces. El médico dijo que había sufrido una apoplejía que le había privado por completo del habla y del movimiento de las piernas.
–Con los excesos que ha cometido este hombre en su vida, no me extraña. No creo que dure más de seis meses -dijo el galeno, mientras guardaba los instrumentos en su maletín de cuero. Fue una suerte, porque así se ahorró la sonrisa cruel que pasó por el rostro de Jürgen al escuchar el diagnóstico.
Y aquí estás, once años después.
Entró sin hacer ruido y, tomando una silla, se sentó frente al enfermo.
La luz que entraba por la ventana podía parecer la de unos idílicos rayos de sol, pero no era más que el reflejo de éste en el muro blanco y desnudo del edificio de enfrente, que era toda la vista que tenía el barón.