El emblema del traidor

Juan Gomez Jurado · Capítulo 8 de 67

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El emblema del traidor

Capítulo 7

preguntó. Y yo lo negué una y otra vez. "Bien, pues de esto no digas ni una palabra, nunca, ¿me has oído?" Y yo… le juré que nunca contaría nada.

Eduard se interrumpió, y Paul le agarró por el brazo. Quería por todos los medios que continuara, aunque era consciente del sufrimiento por el que estaba pasando su primo al sacar aquello a la luz.

–Tu madre y tú vinisteis a vivir con nosotros dos semanas después. Tú eras poco más que un bebé, y yo me alegré porque así tenía mi propio pelotón de valientes soldados con los que jugar. Ni siquiera pensé en la obvia mentira que me contaron mis padres, que la fragata del tío Hans se había hundido. Por ahí fueron diciendo otras cosas, rumores como que tu padre era un desertor que lo había perdido todo jugando y que había desaparecido en África. Esos rumores eran también falsos, pero no pensé en ellos y olvidé. Como olvidé lo que escuché poco después de que mi madre saliese de la habitación. O fingí que me había equivocado a pesar de que no había equivocación posible, con la excelente acústica de esta casa. Era fácil mirarte crecer, ver tu sonrisa feliz mientras jugábamos al escondite y mentirme a mí mismo. Luego fuiste haciéndote mayor, mayor para comprenderlo, mayor hasta tener la misma edad que yo aquella noche. Y yo me marché a la guerra.

–Dime ya qué oíste -dijo Paul, con un hilo de voz.

–Aquella noche escuché un disparo, primo.

7

Desde hacía un rato, el conocimiento de sí mismo y del mundo en general que tenía Paul se tambaleaba, como un jarrón de porcelana subido a una escalera a la que un demente fuera dando pequeños puntapiés.

Aquella última frase fue el puntapié definitivo, y el imaginario jarrón de porcelana cayó, haciéndose trizas. Paul escuchó el estruendo que hizo al romperse, y también lo percibió Eduard en su rostro.

–Perdóname, Paul. Que Cristo me ayude, márchate.

El joven se levantó y se inclinó sobre la cama. La piel de su primo estaba fría, y cuando le besó en la frente fue como besar un espejo. Caminó hasta la puerta sin ser totalmente dueño de sus piernas, vagamente consciente de dejar abierta tras de sí la puerta de la habitación o de dejarse caer en el pasillo alfombrado.

Cuando sonó el disparo, apenas lo escuchó.

Sin embargo, la acústica del palacete, como Eduard había dicho, era excelente. Los primeros invitados en abandonar la fiesta, aquellos que intercambiaban besos al aire y promesas vanas en el vestíbulo mientras recogían los abrigos, oyeron un estampido amortiguado pero inconfundible.

Habían escuchado demasiados en las últimas semanas como para equivocarse. Las conversaciones se fueron apagando al tiempo que el segundo y el tercer eco del estampido terminaban de rebotar por el hueco de la inmensa escalera de mármol.

Brunhilda, que en su papel de perfecta anfitriona despedía a un médico y su mujer a los que aborrecía, identificó el ruido, pero activó inmediatamente su mecanismo automático de defensa.

–Seguro que los chicos están jugando con petardos.

Las caras incrédulas brotaron a su alrededor como setas tras una tormenta. Apenas había una docena de personas, pero ya salían más por la puerta del salón. En breve todos los invitados sabrían que algo estaba pasando en su casa.

¡En mi casa!

Antes de dos horas sería la comidilla de todo Munich si no intervenía.

–Quedaos aquí, seguro que no es nada.

Apretó el paso cuando sintió el olor de la pólvora, que comenzaba a mitad de la escalera. Algunos de los invitados más valientes dirigían la cabeza hacia arriba, tal vez en espera de que Brunhilda les confirmase que estaban en un error, aunque sin poner el pie en la escalera; el tabú social de no acceder a las habitaciones en una fiesta era demasiado grande. El murmullo iba creciendo, y la baronesa deseó que Otto no fuera tan imprudente y tan imbécil como para seguirla, porque inevitablemente alguien querría acompañarle.

Cuando llegó arriba y vio a Paul sollozando en el pasillo, supo lo que había ocurrido sin necesidad de asomarse a la puerta de la habitación de Eduard.

Lo hizo, de todas maneras.

Sintió un espasmo de bilis subir hasta su garganta. La atenazaron el horror y otro sentimiento incongruente, que sólo más tarde comprendió, asqueada, que era alivio. O al menos la desaparición de la opresión que soportaba en el pecho desde que su hijo había vuelto mutilado de la guerra.

–¿Qué has hecho? – dijo mirando a Paul-. ¡Qué has hecho, te digo!

El joven no levantó la cabeza de entre las manos.

–¿Qué le hicisteis vosotros a mi padre, bruja?

Brunhilda dio un paso atrás. Por segunda vez aquella noche, alguien retrocedía ante la mención de Hans Reiner, e irónicamente quien lo hacía ahora era la misma persona que antes había pronunciado su nombre en actitud amenazante.

¿Cuánto sabes, niño? ¿Cuánto te dijo antes de…?

Quiso gritar, pero ni pudo ni se atrevió.

En vez de eso apretó los puños hasta clavarse las uñas en las manos, intentando tranquilizarse y decidir qué hacer al mismo tiempo, como había hecho una noche como aquella, catorce años atrás. Y cuando recobró un mínimo de compostura, volvió a bajar las escaleras. Se asomó con una ancha sonrisa al recibidor, desde el último rellano de la escalera. No descendió más, porque no se creyó capaz de mantener la farsa mucho tiempo delante de aquel mar de caras tensas.

–Tenéis que disculparnos. Unos amigos de mi hijo jugando con petardos, como me imaginaba. Si no os importa voy a atender el desastre que han causado -hizo un gesto hacia la madre de Paul-. Use, querida.

Los rostros se suavizaron al escuchar aquello, y los invitados se tranquilizaron al ver al ama de llaves subir las escaleras tras ella, con aire de normalidad. Ya tenían bastantes cotilleos acerca de la fiesta, y apenas podían esperar para llegar a sus casas y aburrir a sus familias con ellos.

–Ni se te ocurra chillar -fue todo lo que le dijo Brunhilda.

Use esperaba el escenario de una travesura infantil, y al ver a Paul en el pasillo, tuvo miedo. Cuando entreabrió la puerta de Eduard tuvo que morderse el puño para no gritar. Para alguien que lo observara desde fuera, no fue una reacción muy distinta a la de la baronesa, sólo que en el caso de Use hubo lágrimas además de horror.

–Pobre niño -dijo retorciéndose las manos.

Brunhilda contemplaba a su hermana con las suyas en las caderas.

–Pregúntale a tu hijo quién le dio la pistola a Eduard.

–Oh Dios santo, dime que eso no es cierto, Paul.

Sonó a súplica, pero sin esperanza. El joven no contestó, y Brunhilda se acercó a él exasperada, enarbolando su dedo índice.

–Llamaré al magistrado. Vas a pudrirte en la cárcel por darle una pistola a un pobre enfermo.