El emblema del traidor
Capítulo 1
El escritor se tomó su tiempo antes de responder, estudiando al librero, treinta años más joven y quince centímetros más alto. Finalmente dio la batalla por perdida.
–Su valor es incalculable. Aunque no lo busco por eso -dijo haciendo un gesto de desprecio.
–¿Entonces por qué?
–Por la gloria. La gloria del descubrimiento. Sería la base de mi próximo libro.
–¿Basado en la pieza?
–Basado en su dueño. He logrado reconstruir su vida a lo largo de años de investigación buceando en fragmentos de diarios, hemerotecas, bibliotecas privadas… las cloacas de la Historia. Tan sólo una decena de hombres muy poco comunicativos la conocen en el mundo. Todos ellos son Grandes Masones, y ninguno tiene todos los fragmentos salvo yo. Aunque nadie me creerá si lo cuento.
–Pruebe conmigo.
–Sólo si me promete una cosa. Que me dejará verlo. Tocarlo. Sólo una vez.
Juan Carlos suspiró.
–Está bien. Pero a condición de que lo que tiene que contarme despierte mi interés.
El viejo se inclinó por encima de la mesa del bar y comenzó a susurrarle al librero una historia secreta que hasta aquel instante había pasado de boca en boca de hombres que habían jurado no repetirla jamás. Una historia de mentiras, de un amor imposible, de un héroe olvidado, del asesinato de miles de inocentes a manos de un solo hombre. La historia del emblema del traidor…
El símbolo del profano es la mano tendida, abierta, solitaria pero capaz de aferrarse al conocimiento.
1
Había sangre en las escaleras del palacete de los Schroeder. Paul Reiner se estremeció al verla. No era la primera sangre que veía, por supuesto.
Entre primeros de abril y mayo de 1919, todos los habitantes de Munich habían vivido, concentrado en apenas treinta días, todo el horror que no habían sentido en cuatro años de guerra. En los meses inciertos entre el fin
del Imperio y la proclamación de la República de Weimar, numerosos grupos intentaron imponer sus intereses. Los comunistas habían tomado la ciudad y declarado Baviera una república soviética. Los saqueos y los asesinatos habían aumentado a medida que los Freikorps acortaban el trecho entre Berlín y Munich. Los rebeldes, conscientes de que les quedaba poco tiempo, se dieron prisa en llevarse por delante a cuantos enemigos políticos pudieron.
Civiles ejecutados en plena noche, sobre todo. Así que Paul había visto ya rastros de sangre, pero ninguno en la puerta de la casa donde vivía. Y
éste, aunque pequeño, se metía por debajo del quicio de la gran puerta de roble.
Con suerte Jürgen se habrá caído de boca y se habrá roto todos los dientes, pensó Paul. Tal vez así me dejase en paz unos días. Meneó la cabeza con tristeza. No sería tan afortunado.
Tenía tan sólo quince años, pero una sombra de amargura le cubría el corazón, como las nubes aquel perezoso sol de mediados de mayo. Apenas media hora antes, Paul remoloneaba entre los arbustos del Englischer Garten, contento de haber vuelto al colegio una vez terminada la revolución, no por las clases. Paul iba siempre por delante de sus compañeros, e incluso del profesor Wirth, que le aburría soberanamente.
Paul leía todo lo que caía en sus manos y lo absorbía como un borracho la bebida en día de cobro. Fingía atender en el aula y siempre era el primero.
Paul no tenía amigos, por más que se esforzara en acercarse al resto. A pesar de todo disfrutaba del colegio porque las horas de clase eran horas sin Jürgen, que iba a una academia donde los suelos no eran de linóleo y los pupitres no tenían los bordes desportillados.
Siempre regresaba a casa dando un rodeo por el Garten, el parque más grande de Europa, que aquella tarde aparecía casi desierto, sin tan siquiera los sempiternos guardas de chaqueta roja dispuestos a reñirle cada vez que abandonaba el camino de tierra. Paul aprovechó la circunstancia y se quitó los raídos zapatos. Le gustaba pisar la hierba con los pies descalzos, y mientras caminaba se agachaba distraído y recogía alguno de los miles de panfletos amarillos que los aviones del Freikorps habían arrojado sobre Munich la semana anterior, exigiendo la rendición incondicional a los comunistas. Los iba arrojando en las papeleras. De buena gana se hubiera quedado a limpiar todo el parque, pero aquel día era jueves, y tenía que
encerar los suelos del cuarto piso del palacete, una tarea que le llevaría hasta la cena.
Si por lo menos él no estuviera…, pensaba Paul. La última vez me encerró en el cuarto de las escobas y volcó un cubo de agua sucia sobre el mármol. Suerte que mamá me oyó gritar y me sacó antes de que Brunhilda se enterase.
Paul quería recordar un tiempo en que su primo no se había comportado de aquel modo. Años atrás, cuando ambos eran muy pequeños y Eduard los traía al Garten de la mano, Jürgen le sonreía. Era un recuerdo fugaz y breve, casi el único hermoso que le quedaba de él. Luego vino la Gran Guerra, con sus orquestas y sus desfiles. Allá se marchó Eduard, agitando la mano y sonriendo mientras el camión que lo llevaba iba cada vez más deprisa y Paul corría junto a él deseando marchar al frente con su primo mayor, estar sentado a su lado y lucir aquel impresionante uniforme.
Para Paul, la guerra había consistido en las noticias que leía cada mañana en la pared de la comisaría camino del colegio a lo largo de cuatro cursos, muchas veces abriéndose paso entre una maraña de piernas, algo que nunca le había costado trabajo porque era delgado como un cuchillo.
Allí leía complacido los avances del Ejército del Kaiser, que cada día tomaba miles de prisioneros, ocupaba ciudades, y expandía las fronteras del Imperio. Luego en clase dibujaba un mapa de Europa y se entretenía en imaginar cuál sería la siguiente gran batalla, y si en ella estaría Eduard. De pronto, y sin que nadie lo advirtiese, las "victorias" comenzaron a producirse cada vez más cerca de casa, y los partes de guerra anunciaban casi siempre "regreso a las posiciones de seguridad previstas inicialmente".
Hasta que un día un enorme cartel proclamó que Alemania había perdido la guerra. Debajo había una lista de lo que tenía que pagar por ello, y era muy larga.
Leyendo aquella lista y aquel cartel, Paul se había sentido engañado y estafado. De pronto ya no hubo un colchón de fantasía que mitigase el dolor por las cada vez más frecuentes palizas de Jürgen. La gloriosa guerra no iba a esperar a que Paul creciese y fuese a reunirse con Eduard en el frente.
Y por cierto, no es gloriosa en absoluto.
Paul se quedó mirando la sangre de la entrada durante unos instantes.
Descartó mentalmente que la revolución hubiera empezado de nuevo. Había pelotones de Freikorps patrullando por todo Munich. El charco sin embargo
parecía fresco, una anomalía minúscula sobre la gran escalinata de piedra, en cada uno de cuyos escalones cabían dos hombres acostados a lo largo.
Será mejor que me dé prisa. Si vuelvo a llegar tarde tía Brunhilda me matará.
Se debatió un poco más entre el miedo a lo desconocido y a su tía, y este último prevaleció. Sacó del bolsillo la pequeña llave de la puerta de servicio y entró al palacete. Dentro todo parecía estar en calma. Se encaminaba hacia la escalera cuando oyó tensas voces procedentes de la zona noble de la casa.
–Se resbaló mientras subíamos, señora. No es fácil agarrarlo, y nosotros estamos muy débiles. Las heridas no paran de abrírsele desde hace meses.
–Estúpidos incompetentes. No me extraña que perdiésemos la guerra.
Paul cruzó el recibidor intentando hacer el menor ruido posible. La mancha alargada de sangre que se colaba por debajo de la puerta se había convertido en un goteo espaciado en dirección al salón más grande del palacete. Dentro, su tía Brunhilda se encontraba junto a dos soldados encorvados sobre un sofá. Se frotaba las manos con fuerza hasta que se dio cuenta de ello y las ocultó entre los pliegues de su vestido. Incluso parapetado tras la jamba de la puerta, Paul no pudo evitar encogerse de miedo viendo así a su tía. Los párpados se habían convertido en finas rayas grises, la boca que normalmente apenas revelaba la edad de su dueña estaba retorcida en un signo de interrogación, la voz autoritaria vibraba por la ira.
–Miren cómo está poniendo la tapicería. ¡Mariis!
–Baronesa -dijo la criada, adelantándose y entrando en el campo de visión de Paul.
–Busque una manta, deprisa. Llame al jardinero, habrá que quemar sus ropas, están llenas de piojos. Y que alguien avise al barón.
–¿Y al señorito Jürgen, señora baronesa?
–¡No! A él menos que a nadie, ¿me has comprendido? ¿Ha vuelto del colegio?
–Hoy tiene esgrima, señora baronesa.
–Estará aquí enseguida. Quiero que este desastre esté arreglado antes de que vuelva -dijo Brunhilda-. ¡Vete!
La criada pasó junto a Paul en un revoloteo de mandil y faldas, pero éste no se movió, porque acababa de atisbar entre las piernas de los soldados la
cara de Eduard. El corazón comenzó a latirle más deprisa. Así que era él a quien habían traído los soldados y a quien habían acostado sobre el sofá.
Dios santo. La sangre es suya.
–¿Quién es el responsable de esto?
–Una bala de mortero, señora.
–Eso ya me lo han dicho. Pregunto por qué me han traído a mi hijo ahora, y en este estado. ¡Siete meses desde que acabó la guerra sin noticias de él! ¿Sabe usted quién es su padre?
–Un barón, ya lo he oído. Y aquí Ludwig es albañil, y yo mozo de almacén. Pero a la metralla le dan igual los títulos, señora. Y el camino desde Turquía ha sido muy largo. Suerte tiene usted de que haya regresado, que mi hermano no lo hizo.
El rostro de Brunhilda se puso lívido.
–Márchense -dijo con un hilo de voz.
–Muy bonito, señora. Le devolvemos a su hijo y nos echa a la calle, sin ni siquiera un vaso de cerveza.
Puede que un destello de remordimiento atravesase el rostro de Brunhilda, pero quedó anegado por la furia. Incapaz de hablar, levantó un dedo crispado señalando la puerta.
–Menuda mierda de nobleza -dijo uno de los soldados, escupiendo en la alfombra.
Se dieron la vuelta, las cabezas gachas y los pies a rastras. En los ojos hundidos llevaban cansancio y hastío, pero no sorpresa. Paul se dijo que pocas cosas podrían asombrar ya a aquellos hombres. Y cuando ambos, con sus amplios capotes grisáceos, dejaron de bloquear su visión, Paul comprendió al fin la escena.
Eduard, primogénito del barón von Schroeder, yacía desvanecido sobre el sofá en un ángulo extraño. El brazo izquierdo se apoyaba sobre unos cojines. Donde debería haber estado el derecho había un doblez mal cosido en la chaqueta. Donde deberían estar sus piernas, dos muñones de vendas sucias, uno de ellos rezumando sangre. Los cortes del cirujano habían sido desiguales, uno por encima de la rodilla izquierda y otro justo por debajo de la derecha.
Mutilación asimétrica, pensó Paul, recordando de manera extraña su clase de historia del arte de aquella mañana, y al profesor hablando de la Venus de Milo. Y se dio cuenta de que estaba llorando.