El emblema del traidor

Juan Gomez Jurado · Capítulo 36 de 67

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El emblema del traidor

Capítulo 35

–¡La pistola! ¡Descríbala!

–Una Máuser C96 con mango de escoba. La madera de las cachas no era de roble, como en el modelo original, sino de caoba negra, a juego con la caja. Un arma excelente.

–Oh, cielos. ¿Cómo es posible? – dijo el barón.

Repentinamente sin fuerzas, soltó al prestamista y se dejó caer en el primer asiento que encontró.

El viejo Metzger se puso en pie, masajeándose el cuello.

–Loco. Se ha vuelto loco -dijo alejándose a toda prisa.

El barón no se dio cuenta de su marcha. Seguía sentado, la cabeza entre las manos, sumido en negros pensamientos.

35

Use estaba barriendo el pasillo cuando la luz de los apliques recortó la sombra del visitante contra el suelo. Supo quién era antes de alzar la cabeza, y se detuvo.

¿Dios bendito, cómo nos habrá encontrado?

Cuando llegó a aquella pensión junto a su hijo, Use debía pagar con su trabajo parte de la estancia, pues el trabajo de Paul como carbonero no era suficiente. Más tarde, al convertir Paul el colmado de Ziegler en un banco, el joven había insistido en que buscasen un alojamiento mejor. Use se negó.

Había habido demasiados cambios en su vida, y se aferraba a lo poco que le concedía seguridad.

Una de esas cosas era el palo de la escoba. Paul -y la dueña de la pensión, a quien Use le resultaba de escasa ayuda- habían insistido en que dejase de trabajar, pero ella no había hecho caso. Necesitaba sentirse útil de alguna manera. El mutismo distante en el que se había hundido tras la expulsión del palacete había sido al principio fruto de la tensión nerviosa, pero más tarde se había convertido en una manifestación voluntaria de su amor por Paul. Rehuía la conversación con él porque tenía miedo de sus preguntas. Cuando hablaba lo hacía de cosas sin importancia, a las que procuraba poner toda la ternura de la que era capaz. El resto del tiempo se limitaba a admirarle en silencio y a distancia, y a lamentarse por lo que le habían arrebatado.

Por eso su congoja fue enorme al encontrarse con una de las personas responsables de su pérdida.

–Buenos días, Use.

Ella dio un paso atrás, con cautela.

–¿Qué quieres, Otto?

El barón tamborileó en el suelo con la contera de su bastón. No estaba cómodo en aquel lugar, era obvio, como también que su visita traía un propósito siniestro.

–¿Podemos hablar en un sitio más privado?

–No quiero ir a ninguna parte contigo. Di lo que tengas que decir y márchate.

El barón soltó un bufido contrariado ante la negativa de ella. Luego señaló con desprecio a su alrededor.

El papel pintado enmoheciéndose en las paredes, el suelo levantado en algunos puntos, las lámparas mortecinas que creaban más sombras que luces.

–Mírate, Use. Barriendo los pasillos de una pensión de tercera clase.

Deberías avergonzarte.

–Barrer es barrer, da igual un palacete o una pensión. Y hay linóleos más honrados que mármoles.

–Use querida, ya sabes que cuando te acogimos estábamos en mala situación. Yo no hubiera querido…

–No sigas, Otto. Ya sé de quién fue la idea. Pero no creas que voy a aceptar esa comedia que representas de barón marioneta. Eres tú quien ha controlado a mi hermana desde el principio, haciéndole pagar con creces por el error que cometió. Y por lo que tú hiciste escudándote en el de ella.

Otto dio un paso atrás, asustado ante la ira que destilaban las palabras de Use. El monóculo le cayó del ojo, y quedó bailando sobre la pechera de su abrigo, como un condenado colgando de la horca.

–Me sorprendes, Use. Me habían dicho que estabas…

Use soltó una carcajada sin sombra de alegría.

–¿Ida? ¿Loca? No, Otto. Estoy muy cuerda. He elegido callar todo este tiempo porque tengo miedo de lo que mi hijo podría hacer si supiese la verdad.

–Entonces detenle. Porque está yendo demasiado lejos.

–Así que a eso has venido -dijo ella, sin poder contener su desprecio-.

Tienes miedo de que te alcance el pasado.