El emblema del traidor
Capítulo 51
Paul, algo dolido por aquella brusca despedida, se marchó sin decir palabra.
Mientras el joven desaparecía paseo abajo, rogó que no se diera la vuelta para que no apreciara el temblor de sus piernas.
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–Vaya, vaya. Parece que la rata ha mordido el cebo -dijo Jürgen apretando con fuerza los prismáticos. Desde aquella posición, en una loma a ochenta metros del lugar donde estaban enterrando las cenizas de Josef, sólo podía verle de lado, avanzando en la cola de personas que acudían a dar el pésame a los Tannenbaum, pero le reconoció al instante-. ¿Tenía razón, Adolf?
–Tenía razón, señor -dijo Eichmann, algo nervioso. Estaba visiblemente incómodo con aquella desviación del programa. En los seis meses que llevaba trabajando con]ürgen, el flamante barón había conseguido penetrar en varias logias exhibiendo su título, su encanto superficial y unas credenciales falsas suministradas por la Logia de la Espada Prusiana. Su Gran Maestre, un nacionalista recalcitrante conocido de Heydrich, apoyaba a los nazis con toda su alma. Sin ningún escrúpulo, le había otorgado a Jürgen el grado de Maestro y dado un curso intensivo sobre cómo parecer un masón experimentado.
Después le había entregado una carta personal suya a los Grandes Maestres de las logias humanitarias, instándoles a la colaboración "para capear el temporal de la situación política".
Con una visita a una logia diferente cada semana, y valiéndose de trucos y argucias, Jürgen había conseguido ya más de tres mil nombres de miembros de las logias humanitarias. Heydrich estaba exultante con aquel progreso, y Eichmann también, pues veía cada vez más cerca su sueño de escapar de su gris empleo en Dachau. No le había importado mecanografiar las fichas para Heydrich en su tiempo libre, incluso hacer ocasionales viajes de fin de semana con Jürgen a ciudades cercanas como Augsburgo, Ingoldstadt o Stuttgart. Pero aquella obsesión que se había desatado en Jürgen desde hacía unos días le preocupaba mucho. Prácticamente no pensaba en otra cosa que en ese Paul Reinen. Ni siquiera le había explicado qué papel representaba en la misión que Heydrich les había encargado, sólo había dicho que quería encontrarle.
–Yo tenía razón -repitió Jürgen, más para sí que para su nervioso acompañante-. Ella era la clave.
Ajustó un poco la lente de los prismáticos. Su uso le resultaba muy incómodo al tener un solo ojo, y tenía que retirarlos de tanto en tanto. Al volver a enfocar, se desvió un poco y la imagen de Alys entró en su campo de visión. Estaba muy hermosa, más madura desde la última vez que la vio.
Se fijó en cómo la blusa negra de manga corta que llevaba le marcaba los pechos, y deseó que alzase la vista un poco para verla mejor.
Ojalá mi padre no la hubiera rechazado. Hubiese sido una gran humillación para esa zorra tener que casarse conmigo y hacer lo que yo quisiera, fantaseó Jürgen. Se le había formado una erección, y tuvo que meter la mano en el bolsillo y acomodarse discretamente el miembro para que Eichmann no notase nada.
Pensándolo bien, es mucho mejor así. Casarme con una judía hubiese sido letal para mi carrera en las SS. Y sin embargo ahora puedo matar dos pájaros de un tiro. Primero atraer a Paul hasta mí y segundo poseerla a ella.
Ya aprenderá. Oh sí, ya aprenderá la muy puta.
–¿Continuamos con lo previsto, señor? – dijo Eichmann.
–Sí, Adolf. Síguele. Quiero saber dónde se aloja.
–¿Y luego? ¿Le denunciamos a la Gestapo?
Con el padre de Alys había sido muy fácil. Una llamada a un Obersturmführer conocido, poco más de diez minutos de conversación y cuatro hombres habían sacado al judío insolente de su piso de Prinzregentenplatz sin dar ninguna explicación. El plan había salido a la perfección, y Paul había acudido al funeral, como Jürgen estaba seguro de que haría.
Sería tan sencillo repetirlo… descubrir dónde dormía, enviar una patrulla y luego acudir a los sótanos del palacio Witelsbacher, el cuartel general de la Gestapo en Munich. Entrar en la celda acolchada -no para que nadie se arrojase contra las paredes sino para ahogar los gritos de dolor- y sentarse frente a él para verle morir. Tal vez incluso podría llevar a la judía allí y violarla delante de Paul, disfrutar de ella mientras él intentaba desesperadamente soltarse de sus ataduras.
Pero tenía que pensar en su carrera. No estaría bien que la gente fuese hablando de su crueldad por ahí, y menos ahora que comenzaba a ser más