El emblema del traidor

Juan Gomez Jurado · Capítulo 3 de 67

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El emblema del traidor

Capítulo 2

Al escuchar el sollozo, Brunhilda alzó la cabeza y se dirigió hacia Paul a toda velocidad. La mirada de desdén y desprecio que solía dedicarle habitualmente había dejado paso a una de odio y vergüenza. Por un momento, Paul creyó que iba a pegarle y se echó hacia atrás, cayendo al suelo de espaldas mientras se cubría la cara con los brazos. Se oyó un tremendo golpe.

Las puertas del salón se habían cerrado.

2

Aquel mismo día, una semana después de que el gobierno declarase segura la ciudad de Munich y empezase a enterrar a los más de mil doscientos comunistas muertos, hubo otros hijos que regresaron a casa.

Al contrario que la de Eduard von Schroeder, esta vuelta había sido minuciosamente preparada. Para Alys y Manfred Tannenbaum, el viaje de regreso comenzó en el Macedonia desde New Jersey hasta Hamburgo.

Luego, en un lujoso compartimiento de primera clase, en un tren hasta Berlín, donde encontraron un telegrama de su padre ordenándoles que se alojaran en el Esplanade hasta nuevo aviso.

Esto significó para Manfred la coincidencia más feliz de sus diez años de vida, ya que en la habitación de al lado se alojaba Charlie Chaplin. El actor regaló al niño uno de sus famosos bastones de bambú e incluso acompañó a él y a su hermana hasta el taxi el día en que por fin llegó el telegrama de su padre diciendo que ya era seguro realizar la última etapa del viaje.

Así, el 13 de mayo de 1919, más de cinco años después de que su padre les enviara a Estados Unidos para alejarlos de la inminente guerra, los hijos del industrial judío más importante de Alemania pusieron el pie en el andén 3 de la estación de Hauptbahnhof.

Ya desde aquel instante, Alys supo que aquello no iba a salir bien.

–Dése prisa con eso, ¿quiere, Doris? Déjelo, lo llevaré yo misma -dijo arrebatando un sombrerero de manos de la criada a la que su padre había enviado para recogerles y colocándolo en lo alto del carrito.

Se lo había quitado a uno de los mozos de la estación que revoloteaban alrededor de ella como moscones intentando hacerse cargo de las maletas.

Alys los espantó a todos. No soportaba que intentaran controlarla, o aún peor, que la juzgaran incapaz de algo.

–¡Te echo una carrera, Alys! – dijo Manfred echando a Correr. El niño no tenía los mismos reparos que su hermana, y se limitaba a empuñar su inseparable bastón.

–¡Espera y verás, renacuajo! – gritó Alys empujando el Carrito-. No se retrase, Doris.

–Señorita, su padre no aprobaría que llevase usted los bultos. Haga el favor… -dijo la criada, intentando inútilmente seguir el paso a la joven mientras lanzaba reprobadoras miradas a los mozos, que no paraban de darse pícaros codazos señalando a Alys.

Aqul era precisamente el problema de la joven con su padre: tener programado cada instante de su vida.

Josef Tannenbaum era de carne y hueso, pero la madre de Alys siempre decía que parecía tener engranajes y muelles en lugar de órganos.

–Puedes poner en hora el reloj con tu padre, cariño -le susurraba al oído, y las dos se reían. Bajito, porque al señor Tannenbaum no le gustaban las bromas.

Luego la gripe se llevó por delante a su madre en diciembre de 1913.

Alys no salió de su asombro y su tristeza hasta que se vio junto a su hermano camino de Columbus, Ohio, cuatro meses más tarde.

Se alojaron con los Bush, una familia episcopaliana de clase media alta.

Su patriarca, Samuel, era el director general de la Buckeye Steel Castings, una fundición que hacía lucrativos tratos con Josef Tannenbaum. En 1914

Samuel Bush fue nombrado responsable gubernamental de Armamento y Municiones, y los productos que adquiría al padre de Alys tomaron una forma distinta. En concreto, la de millones de balas que viajaron a través del Atlántico. En cajas en dirección oeste mientras Estados Unidos fue neutral y en las cartucheras de los soldados en dirección este en 1917, cuando el presidente Wilson decidió repartir democracia por Europa.

En 1918, Bush y Tannenbaum se escribieron amables cartas lamentando que "por inconveniencias políticas" sus negocios tuvieran que cesar temporalmente. Se reanudaron quince meses después, coincidiendo con el regreso de los jóvenes Tannenbaum a Alemania.

El día que se recibió la carta en la que Josef les reclamaba, Alys creyó morirse. Sólo una chica de quince años, enamorada en secreto de uno de los hijos de la familia que la ha acogido y que descubre que ha de marcharse para siempre, puede creer tan firmemente que su vida se termina.

Prescott, lloraba ella en el camarote de vuelta. Si tan sólo hubiera hablado con él un poco más… Si le hubiese hecho más caso cuando volvió de Yale para su cumpleaños, en lugar de hacerme la interesante como todas en aquella fiesta…

Alys sobrevivió, contra su pronóstico, y juró sobre las empapadas almohadas del camarote que nunca más sufriría por un hombre. A partir de aquel instante tomaría ella las decisiones sobre su vida, sin importarle el qué dirán. Y el de su padre menos que nadie.

Buscaré un trabajo. No, papá nunca lo permitiría. Será mejor que le pida que me dé un empleo en una de las fábricas, sólo hasta que haya ahorrado bastante para un pasaje de vuelta a Estados Unidos. En cuando ponga los pies en Ohio agarraré a Prescott por el cuello y apretaré hasta que me pida que me case con él. Eso as lo que haré y nada podrá impedírmelo.

Sin embargo, cuando el Mercedes se detuvo en Prinzregentenplatz, la resolución de Alys se había desinflado como un globo de dos peniques. La joven respiraba entrecortadamente y apenas prestaba atención a los nerviosos saltos de su hermano en el asiento. Le parecía increíble haber traído con ella su decisión a lo largo de cuatro mil kilómetros -desde la mitad del Atlántico- y dejar que se hundiera en los escasos cuatro mil metros que había desde la estación hasta el lujoso edificio. Un portero con librea le abrió la portezuela y cuando Alys quiso darse cuenta ya subían en el ascensor.

–¿Crees que papá habrá preparado una fiesta, Alys? ¡Me muero de hambre!

–Su padre ha estado muy ocupado últimamente, señorito Manfred. Pero yo misma me encargué de comprar pasteles de crema para la merienda.

–Gracias, Doris -musitó Alys, mientras el ascensor se detenía con un chasquido metálico.

–Se me va a hacer raro vivir en un piso después de la casa de Columbus.

Sólo espero que no hayan tocado nada de mi habitación -dijo Manfred.

–Y si lo han hecho no te vas a acordar, enano -respondió su hermana, olvidando el temor del reencuentro con el padre por un momento y rascando cariñosamente la cabeza de Manfred.

–No me llames enano. Y me acuerdo de todo perfetamente.

–Perfectamente.

–Eso he dicho, perfetamente. Tenía la pared pintada con barcos de color azul. Y había un chimpancé que tocaba los platillos a los pies de la cama.

Papá no me dejó llevármelo porque dijo que le rompería la cabeza al señor Bush. ¡Voy a buscarlo! – gritó escurriéndose entre las piernas del mayordomo en cuanto se abrió la puerta.

–¡Espere señorito Manfred! – gritó la criada inútilmente. El niño ya corría pasillo adelante.

La residencia de los Tannenbaum ocupaba la última planta, un piso de nueve habitaciones y más de trescientos veinte metros cuadrados, ridícula en comparación con la casa en la que los hermanos habían vivido en Estados Unidos, pero que para Alys cobraba una dimensión completamente diferente. Ella no era mucho mayor que Manfred cuando se marchó en 1914, y de alguna manera volvía a verlo todo con aquella perspectiva, como si hubiera encogido treinta centímetros.

–¿… señorita?

–Perdone, Doris. ¿Qué me decía?

–El señor la recibirá en su despacho. Tenía una visita, pero creo que ya se marcha.

Alguien se acercaba por el pasillo. Un hombre alto y robusto, enfundado en una elegante levita negra, a quien Alys no reconoció. Tras él iba el señor Tannenbaum. Cuando llegaron al recibidor, el de la levita se detuvo -tan bruscamente que el padre de Alys casi chocó con él- y se quedó mirándola de hito en hito a través de un monóculo con filo de oro.

–¡Ah, hija mía! Qué apropiado que estés aquí -dijo Tannenbaum, mirando con aire cómplice a su acompañante-. Señor barón, permítame presentarle a mi hija Alys, que acaba de llegar con su hermano de Estados Unidos. AJys, el barón von Schroeder.

–Encantada -dijo Alys, fríamente. Omitió la reverencia de cortesía, que frente a un miembro de la nobleza era casi Obligatoria. No le gustaba la altivez del barón.

–Una muchacha muy bella. Aunque me temo que se le han pegado los modales de América.

Tannenbaum dedicó a su hija una mueca escandalizada.

La joven comprobó con pena que su padre apenas había cambiado en aquellos cinco años. Físicamente seguía siendo rechoncho y paticorto, con

el pelo en franca retirada. Y en su forma de ser seguía siendo tan complaciente con los poderosos como estricto con los suyos.

–No sabe cómo lo lamento. Su madre murió muy joven y no ha tenido demasiada vida social, ya me comprende. Si pudiese estar de nuevo en contacto con gente de su edad, bien educada…

El barón dio un suspiro resignado.

–¿Por qué no nos acompañan su hija y usted el martes hacia las seis en mi casa? Celebramos el cumpleaños de mi hijo Jürgen.

Por la forma en que su padre y él cruzaban las miradas, Alys tuvo la impresión de que todo aquello estaba preparado de antemano

–Faltaría más, excelencia. Es un auténtico detalle por su parte invitarnos. Permítame acompañarle a la puerta.

–¿Pero cómo has podido ser tan desconsiderada, hija?

–Lo siento, papá.

Estaban sentados en su despacho, una estancia luminosa y con una pared colmada de estanterías que Tannenbaum había llenado con libros comprados por metros, basándose en el color de sus encuademaciones.

–Lo sientes. Un "lo siento" no arregla nada, Alys. Quiero que sepas que estoy haciendo negocios muy importantes con el barón Schroeder.

–¿Acero y metales? – dijo ella, empleando el viejo truco de su madre de interesarse por los negocios de Josef cuando éste tenía una de sus rabietas.

Si empezaba a hablar de dinero podía extenderse durante horas, y al terminar ya no recordaba que estaba enfadado. Pero en aquella ocasión no funcionó.

–No, tierras. Tierras… y otras cosas. Ya lo verás en su momento. En fin, espero que tengas un vestido bonito para la fiesta.

–Papá, acabo de llegar y realmente no tengo demasiadas ganas de asistir a una fiesta en la que no conozco a nadie.

–¿Demasiadas ganas? Es una fiesta en casa del barón Schroeder, por el amor de Dios.

Alys dio un pequeño respingo al escuchar aquella frase. No era normal en un judío practicante mencionar el nombre de Dios en vano. Entonces recordó un detalle que había pasado por alto al entrar.

En la puerta no había mezuzá. Miró a su alrededor, extrañada, y vio un crucifijo colgando de la pared, junto a un retrato de su madre. Se quedó muda de asombro. Ella no era particularmente religiosa -pasaba por esa