El emblema del traidor

Juan Gomez Jurado · Capítulo 13 de 67

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El emblema del traidor

Capítulo 12

una nube de humo azulado-. ¿Tú eres de los que devuelven el golpe?

Paul sintió de repente desazón e impotencia.

–¿Y si sabes que te han golpeado pero no sabes ni quién ni cómo?

–Pues no se deja piedra sobre piedra hasta que se averigua, claro.

12

Munich guardaba silencio. En un lujoso edificio de la orilla este del Isar, sin embargo, se oía un murmullo quedo. Nada suficientemente fuerte para despertar a ninguno de los habitantes de la casa. Sólo un sordo rumor que venía de uno de los cuartos que daban a la plaza.

Era una habitación pasada de moda, infantil, poco acorde con la edad de su dueña. Ella la había abandonado cinco años atrás, y aún no había tenido tiempo para cambiar el papel de las paredes, las estanterías repletas de muñecas o la cama con dosel rosa. Sin embargo, en una noche como aquella, su corazón vulnerable agradecía todos aquellos objetos que le devolvían a la seguridad de un mundo que dejó mucho tiempo atrás. Pero su carácter se maldecía por haber retrocedido tanto en su independencia y su resolución.

Ese sordo rumor era llanto, ahogado por la almohada.

Sobre la cama había una carta, de la que entre el revoltijo de sábanas sólo se alcanzaba a leer los primeros párrafos.

Columbus, Ohio, 7 de abril de 1920

Queridísima Alys:

Espero que la presente te encuentre bien. No sabes lo mucho que te echamos de menos, pues ya quedan tan sólo dos semanas para que se inicie la temporada de bailes. Este año podremos ir todas las amigas juntas, sin nuestros padres pero con chaperona. ¡Al menos podremos ir a más de un baile al mes!

La noticia del año, empero, es el compromiso de mi hermano Prescott con una chica del este, Dotty Walker. Todo el mundo habla de la fortuna de su padre, George Herbert Walker, y de qué buena pareja hacen ambos.

Mamá está de lo más contenta con la boda, ojalá pudieras estar aquí porque será la primera boda de la familia y tú eres una de nosotros.

La joven lloraba despacio, como si no terminase de reconocer las lágrimas como suyas. Con el brazo derecho se aferraba a una muñeca, y cuando se dio cuenta la arrojó al otro lado de la habitación.