El emblema del traidor

Juan Gomez Jurado · Capítulo 42 de 67

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El emblema del traidor

Capítulo 40

Use abrió los ojos. Estaban tan enrojecidos que a Paul le costó darse cuenta de que lo había hecho.

–No…

–¿Entonces quién? ¿Le has reconocido?

Use alzó una mano vacilante hasta el rostro de su hijo, acariciándolo débilmente. Las puntas de sus dedos estaban frías, pero le quemaron la piel del alma como si formasen parte del incendio que rugía debajo de ellos.

Paul supo, lleno de dolor, que aquella era la última vez que su madre le tocaría, y sintió miedo.

–No ha sido…

–¿Quién?

–No ha sido Jürgen.

–Dímelo, mamá. Dime quién. Le mataré.

–No debes…

Un nuevo ataque de tos cortó en seco sus palabras. Los brazos de Use cayeron inertes a los costados.

Su hijo intentó abanicarla con la mano, pero el aire estaba tan caliente que el patético gesto no tuvo efecto alguno.

–No debes hacer daño a Jürgen, Paul.

–¿Por qué, mamá?

Su madre peleaba por cada respiración, pero también consigo misma.

Paul pudo ver el dolor y la lucha en sus ojos. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para reunir aire en sus pulmones. Pero aún más para sacar del corazón sus tres últimas palabras.

–Es tu hermano.

40

Hermano.

Sentado en el borde de la acera, cerca del lugar donde apenas una hora antes estaba la patrona de la pensión, Paul meditaba sobre aquella palabra.

En menos de treinta minutos su mundo se había puesto boca abajo dos veces, con la muerte de su madre y la revelación que ésta le había hecho con su último aliento.

Cuando murió Use, el joven la abrazó y tuvo la tentación de dejarse morir. Simplemente quedarse quieto hasta que las llamas le comiesen el suelo bajo los pies.

Así es la vida. Correr sobre una azotea que está condenada a hundirse, pensó Paul, llevado por un dolor amargo, negro y espeso como el petróleo.

¿Fue miedo lo que le retuvo en aquella azotea durante los instantes que siguieron a la muerte de su madre? Es posible que temiese a volver a un mundo en el que estaría solo. Tal vez si sus últimas palabras hubiesen sido

"Te quiero mucho", Paul se habría dejado morir. Pero la afirmación de Use acerca de Jürgen le daba un sentido complétamente distinto a las preguntas que habían atormentado a Paul durante toda su existencia.

¿Fue el odio, la sed de venganza o la necesidad de saber lo que le hizo reaccionar? Quizás una mezcla de las tres. Lo cierto es que Paul le dio un último beso a su madre en la frente y corrió hacia el extremo contrario de la azotea.

A punto estuvo de resbalar y caer por el borde, pero consiguió frenar a tiempo. Se preguntó qué usarían los niños que venían a jugar a aquel edificio para cruzar de vuelta, y dedujo que probablemente un tablón. Sin tiempo para buscarlo entre el humo, Paul se quitó el abrigo y la chaqueta, aligerándose de peso para dar el salto. Si fallaba o si la parte del tejado contrario a la que se aferrase se desprendía, Paul caería los cinco pisos de aquel abismo en miniatura, pero mortal. Tomó carrerilla y saltó sin pensarlo demasiado, con una confianza ciega y absurda que había resultado bien.

Ya en la calle, la cabeza de Paul intentaba poner orden en aquel puzzle del que Jürgen

mi hermano

se había convertido en la pieza más compleja imaginable. ¿Podía ser Jürgen hijo de Use? Paul no lo creía posible, pues ambos no se llevaban más que ocho meses. Físicamente era posible, pero el joven se sentía más inclinado a pensar que Jürgen era más bien hijo de Hans y Brunhilda. El difunto Eduard no se parecía en nada a Jürgen, ni en su complexión ni en su tez más oscura y redondeada. Jürgen sin embargo guardaba un ligero parecido con Paul. Ambos tenían los ojos azules y los pómulos marcados, aunque Jürgen tenía el pelo oscuro.

¿Cómo pudo acostarse mi padre con Brunhilda? ¿Y por qué mi madre me lo ha ocultado todo este tiempo? Siempre supe que quería protegerme de lo que le sucedió a mi padre, pero ¿por qué no contarme esto? Y lo más importante, ¿cómo voy a averiguar algo ahora sin acudir a los von Schroeder?

En aquel momento la patrona se acercó a Paul, aún sollozando.

–Señor Reiner, los bomberos dicen que el incendio está controlado, pero que habrá que demoler el edificio porque ya no es seguro. Me han pedido que les diga a los inquilinos de los dos primeros pisos que pueden entrar por turnos a por algo de ropa para pasar la noche en otro lugar. Ellos se encargarán del resto.

Como un autómata, Paul se unió a la docena de personas que iban a buscar parte de sus cosas. Pasó por encima de las mangueras que aún seguían bombeando agua en arco, pisó los embarrados pasillos y escaleras acompañado de uno de los bomberos, y finalmente se encontró en su habitación metiendo prendas al azar en una bolsa de mano.

–Ya es suficiente -le apremió el bombero, que se había quedado en la puerta, intranquilo-. Tenemos que irnos.

Aún trastornado, el joven le siguió sin oponer resistencia. Pero unos metros después, en el barullo de su cerebro brillo el ligero destello de una idea, como el borde de una moneda de oro en un cubo de arena.

Se dio la vuelta corriendo.

–¡Oiga señor! ¡Tenemos que salir!

Paul no le hizo caso. Entró a la carrera en su habitación y se sumergió bajo la cama. En el estrecho espacio, pugnó por apartar una pila de libros que había puesto como camuflaje.

–¡Le he dicho que salga! Esto no es seguro, señor -dijo el bombero, tirando con rudeza de las piernas del joven hasta que todo su cuerpo estuvo fuera.

A Paul no le importó. Tenía lo que había venido a buscar.

Una caja de caoba negra, lisa y sin adornos.

Eran las nueve y media de la noche.

Paul tomó su bolsa de mano y corrió a través de la ciudad.

De no haberse hallado en el estado en el que se encontraba, seguramente se habría dado cuenta de que algo estaba sucediendo en Munich, algo que trascendía incluso su enorme tragedia. Había más gente de lo habitual para aquella hora de la noche. Los bares y tabernas estaban abarrotados, y surgían voces airadas desde el interior. Hombres preocupados hacían corros en las esquinas, y no había un solo policía a la vista.

Pero el joven no prestó atención a nada de lo que le rodeaba, se limitó a salvar las quince manzanas que le separaban de su objetivo en el menor

tiempo posible. Ahora mismo era la única pista de la que disponía. Se maldecía cruelmente por no haber sido capaz de verlo, de no haber llegado a esta conclusión antes.

La casa de empeños de Metzger estaba cerrada. Las puertas eran gruesas y sólidas, y Paul no perdió el tiempo golpeándolas. Tampoco en llamar, aunque supuso -correctamente- que un viejo avaro y mezquino como el prestamista viviría allí mismo, tal vez en un camastro en la parte de atrás.

Dejó el bolso de mano junto a la puerta y buscó a su alrededor algo sólido. No había adoquines sueltos en la calle, pero encontró la tapa de un colector, del tamaño de una bandeja pequeña. La levantó con gran esfuerzo y la arrojó contra el escaparate, que se rompió en mil pedazos. El corazón le golpeaba desbocado en el pecho y en los oídos, pero Paul tampoco prestaba atención a aquello. Si alguien llamaba a la policía, puede que ésta viniera antes de que él consiguiese su objetivo y puede que no.

Será mejor que no, pensó Paul. De lo contrario, el siguiente lugar donde buscaré respuestas será en el palacete von Schroeder. Aunque los amigos de mi tío me manden a la cárcel para el resto de mi vida.

De un salto, Paul se encaramó al interior. Sus zapatos crujieron al aplastar una informe masa de cristales. Los vidrios rotos del escaparate se habían mezclado con una vajilla de cristal de Bohemia, también arrasada por el proyectil del joven.

La tienda estaba completamente a oscuras. La única luz salía de la parte trasera, de donde provenían unos fuertes gritos

–¿Quién anda ahí? ¡Voy a llamar a la policía!

–¡Hágalo! – respondió Paul, también gritando.

Un rectángulo de luz apareció en el suelo, arrojando las formas fantasmales de los objetos de la casa de empeños contra las paredes, convertidas en monstruos amenazadores. Paul se irguió allí en medio de ellos, esperando a que Metzger diese señales de vida.

–¡Largúense malditos nazis! – dijo el prestamista, asomando a la tienda, bizqueando y con los ojos entrecerrados aún por el sueño.

–No soy nazi, señor Metzger.

–¿Quién diablos eres, muchacho? – Emergió de su cuarto y encendió la luz, al comprobar que sólo había una persona en la tienda-. ¡Aquí no hay nada de valor!

–Tal vez, pero sí algo que yo necesito.

En ese momento la vista se le aclaró al viejo lo bastante como para reconocer a Paul.

–¿De qué estás…? Oh.

–Veo que me recuerda.

–Estuviste aquí hace poco -dijo Metzger. La excusa era tan evidente como el temor y la incomodidad que le embargaban.

–¿Siempre recuerda a todos sus clientes?

–¿Qué demonios quieres? ¡Esa ventana de cristal me la vas a pagar!

–No intente cambiar de tema. Quiero saber quién fue la persona que empeñó la pistola que rescaté.

–No lo recuerdo.

Paul no respondió. Se limitó a sacar el arma del bolsillo del pantalón y encañonar al viejo con ella. Ésta, al verla, retrocedió, poniendo las manos delante de su cuerpo a modo de escudo.

–¡No dispares! ¡Te juro que no lo recuerdo! ¡Hace casi dos décadas de eso, muchacho!

–Supongamos que le creo. ¿Qué hay de sus registros?

–Baja esa arma, por favor… No puedo enseñarte los registros, esa información es confidencial. Muchacho, por favor, sé razonable…

Paul dio seis pasos hacia él y levantó la pistola en ángulo recto con respecto a su hombro. El cañón quedó a dos centímetros de distancia de la frente del prestamista, que estaba empapada en sudor. El viejo echaba la cabeza hacia atrás como si quisiera convertirse en uno más del medio centenar de relojes de cuco que adornaban la pared con la que había chocado en su huida.

–Señor Metzger, permítame explicarle. O me enseña sus registros o disparo. La elección es sencilla.

–¡Está bien! ¡Está bien!

Con las manos levantadas, el viejo encabezó la marcha hasta la trastienda. Atravesaron un gran almacén aún más polvoriento y lleno de telarañas que la propia tienda. Había cajas de cartón desde el suelo hasta el techo en herrumbrosas estanterías metálicas. El hedor a moho y humedad era insoportable.

Había algo más por debajo, indefinible y podrido.

–¿Cómo aguanta este olor, Metzger?

–¿Olor? Yo no noto ningún olor -dijo el viejo sin volverse.

Paul supuso que el prestamista había terminado acostumbrándose a ello después de innumerables años pasados en torno a los objetos perdidos de las demás personas.

Nunca había disfrutado de una vida propia y no pudo evitar compadecerle. Tuvo que esforzarse en apartar de su mente aquellos pensamientos para poder seguir empuñando la pistola de su padre con la misma entereza.

Al final del almacén había una puerta metálica. Metzger sacó unas llaves del bolsillo y abrió la puerta. Le hizo un ademán para que pasase.

–Usted primero -dijo Paul.

El viejo le miró de manera extraña, las pupilas fijas y contraídas. A la mente de Paul vino la imagen de un dragón defendiendo su cueva del tesoro, y se dijo que tenía que procurar estar más atento que nunca. En aquella situación el avaro sería como una peligrosa rata acorralada, y podía revolverse y morder.

–Júrame que no vas a robarme nada.

–¿Le valdría de algo? Recuerde que soy yo quien sostiene el arma.

–Júramelo -insistió el otro.

–Le juro que no voy a robarle nada, Metzger. Dígame lo que quiero saber y le dejaré tranquilo.

Las palabras de Paul no trajeron ni un atisbo de tranquilidad al viejo, pero al menos se avino a entrar a la pequeña habitación.

A la derecha había una estantería de madera repleta de libros de pasta negra. A la izquierda, una enorme caja fuerte. El prestamista se colocó al instante delante de ella, protegiéndola con su cuerpo.

–Ahí lo tiene -dijo señalándole a Paul la estantería.

–Búsquelo usted.

–No -respondió el viejo, con voz tensa. No estaba dispuesto a moverse de aquella esquina. Se está envalentonando. Si le presiono más puede que me salte encima. ¿Maldita sea, por qué habré cargado la pistola? No me hubiera hecho falta para reducirle, y ahora no puedo ni quiero seguir apuntándole ni puedo bajarla.

–Dígame al menos cuál es el volumen que busco.

–En la estantería a la altura de su cabeza, el cuarto por la izquierda.

Paul buscó el libro al tacto, sin dejar de mirar a Metzger. Lo extrajo con cuidado y se lo alargó al prestamista.

–Localice la referencia.

–No recuerdo el número.

–91231. Dése prisa.

El viejo alargó el brazo a regañadientes y pasó las páginas con cuidado.

Paul echaba miradas de reojo hacia el almacén, temiendo que en cualquier momento apareciese un grupo de policías para detenerlo. Ya había pasado allí demasiado tiempo.

–Aquí lo tiene -dijo el viejo devolviéndole el libro, abierto por una de las primeras páginas.

Paul consultó el libro sosteniéndolo con la mano izquierda, y sin dejar de echarle ojeadas rápidas a Metzger cada pocos segundos. No venía consignada la fecha, tan sólo un escueto "1905/Semana 16". Al final de la página localizó el número.

–Tan sólo viene un nombre. Clovis Nagel. El apartado dirección aparece vacío.

–El cliente prefirió no dar más detalles.

–¿Es eso legal, Metzger?

–La ley es un poco confusa al respecto.

Aquélla no era la única entrada en la que aparecía el nombre de Nagel.

Había otras diez en las que se le citaba en la columna "empeñador".

–Quiero ver el resto de objetos que empeñó.

Aliviado por alejar al intruso de su caja fuerte, el prestamista no opuso resistencia y condujo a Paul hasta una de las estanterías del almacén exterior. Sacó una de las cajas de cartón y le mostró su contenido a Paul.

–Aquí están.

Un par de relojes de baja calidad, un anillo de oro, una pulsera de plata… Paul examinó aquellas baratijas sin comprender qué relación guardaban entre sí los objetos de Nagel. Comenzaba a desesperarse, pues después de todo aquel esfuerzo tenía aún más preguntas que antes.

¿Una sola persona empeñando tantos objetos el mismo día? Este hombre huía de alguien, probablemente de mi padre. Pero para saber más tendría que encontrarlo y un nombre solo no ayuda mucho.

–Quiero saber dónde encontrar a Nagel.

–Ya lo has visto, muchacho. No hay dirección ni…

Paul levantó la izquierda y golpeó al viejo con todas sus fuerzas.

Metzger cayó al suelo y se llevó las manos a la cara. Un hilo de sangre se le escapó entre los dedos.

–¡No! ¡No por favor, no me pegues más!

Con la mano aún en alto, Paul tuvo que contenerse para no volver a golpear. Todo su cuerpo se había llenado de una energía malsana, un odio indefinido y acumulado durante años que por fin encontraba un blanco en aquella patética figura sangrante que suplicaba a sus pies.

¿Qué estoy haciendo?

De repente se vio a sí mismo desde fuera, y sintió náuseas de lo que acababa de hacer. Aquello tenía que acabar cuanto antes.

–Hable, Metzger. Sé que me está ocultando algo.

El viejo levantó las manos a modo de escudo, y la palma estaba teñida de rojo.

–No lo recuerdo muy bien. Era un militar, lo supe por su forma de hablar. Tal vez un marino. Dijo que regresaba a África del Suroeste, y que allí todas estas cosas no le harían ninguna falta.

–¿Cómo era?

–Más bien bajo, de rostro fino. No lo recuerdo bien, por favor, ¡no me pegues más!

Bajo, de rostro fino. Eduard describió al hombre que se hallaba en la habitación con mi padre y mi tío como bajo y de rasgos delicados, como los de una chica. Podría ser Clovis Nagel. ¿Y si mi padre le descubrió robando en el barco? Tal vez era un espía. ¿O fue mi padre quien le pidió que empeñase la pistola en su nombre? Desde luego él sabía que estaba en peligro.

Con la cabeza a punto de estallar, Paul abandonó el almacén y dejó a Metzger lloriqueando en el suelo.

Subió de un salto al escaparate, pero de pronto recordó que había dejado abandonada su bolsa de mano junto a la puerta, y deseó que nadie se la hubiese robado. Aún seguía allí, por suerte.

Era todo lo demás lo que había cambiado.

Decenas de personas llenaban la calle pese a lo avanzado de la hora.

Formaban corrillos tanto en la acera como en la calzada. Algunas personas iban de un corrillo a otro, transmitiendo información como abejas polinizando flores. Paul se acercó al grupo más cercano.