El hombre que ríe

Victor Hugo · Capítulo 103 de 126

Páginas del PDF

El hombre que ríe

4 - Moenibus surdis campana muta

4

Moenibus surdis campana muta[104]

Ursus palpó el fieltro del sombrero, el paño de la capa, la sarga de las calzas y el cuero de la esclavina y no pudo dudar de esa ropa. Con un gesto breve e imperativo, sin decir una palabra, señaló a maese Nicless la puerta de la posada.

Maese Nicless la abrió.

Ursus se precipitó fuera de la taberna.

Maese Nicless lo siguió con la mirada y vio que Ursus corría, todo lo que le permitían sus viejas piernas, en la dirección que había tomado por la mañana el wapentake al llevarse a Gwynplaine. Un cuarto de hora después Ursus, sin aliento, llegaba a la callejuela donde estaba la puerta trasera de la pequeña cárcel de Southwark y en la que había pasado ya tantas horas de observación.

Esa callejuela no necesitaba que fuera la medianoche para estar desierta.

Pero si era triste de día, era inquietante de noche. Nadie se aventuraba por ella después de cierta hora. Parecía que se temiese que las dos paredes se

uniesen y que si la cárcel y el cementerio tuviesen el capricho de besarse le aplastaran a uno en ese beso. Efectos nocturnos. Los sauces podados del callejón Vauvert en París tenían también mala fama. Se pretendía que por la noche esos muñones de árboles se convertían en gruesas manos y asían a los transeúntes.

Por instinto, los habitantes de Southwark evitaban, como dijimos, esa calle entre la prisión y el cementerio. En otro tiempo la cerraban por la noche con una cadena de hierro, lo que era inútil, pues la mejor cadena para cerrar esa calle era el temor que causaba.

Ursus entró en ella resueltamente.

¿Qué idea lo llevaba? Ninguna.

Iba a aquella calle en busca de informaciones. ¿Llamaría a la puerta de la prisión? No, ciertamente. Ese recurso espantoso e inútil no germinaba en su cerebro. ¿Trataría de introducirse allí para pedir que le informasen? ¡Qué locura! Las prisiones no se abren para quien quiere entrar más que para quien quiere salir. Sus goznes sólo giran por orden de la ley. Ursus lo sabía.

¿Qué iba a hacer, pues, en aquella calle? Iba a ver. ¿A ver qué? Nada. No se sabe. Lo posible. Hallarse frente a la puerta por la que Gwynplaine había desaparecido era ya algo. A veces la pared más negra y arisca habla y de entre las piedras sale un resplandor. Una vaga trasudación de claridad se desprende a veces de un hacinamiento cerrado y sombrío. Examinar la envoltura de un hecho es estar útilmente en acecho. Todos poseemos el instinto de no dejar, entre el hecho que nos interesa y nosotros, sino el menor espesor posible. Por eso había vuelto Ursus a la callejuela donde estaba la entrada trasera de la cárcel.

En el momento en que se introdujo en la calle oyó un toque de campana y luego otro.

«¿Cómo —pensó—, será ya la medianoche?».

Maquinalmente se puso a contar:

—Tres, cuatro, cinco… ¡Cómo se espacian los toques de esa campana!

¡Qué lentitud!… Seis, siete.

Y se hizo esta observación:

—¡Qué sonido lamentable!… Ocho, nueve… ¡Oh, nada más sencillo!

Estar en una prisión entristece a un reloj… Diez… Además, ahí está el cementerio. Esa campana da la hora a los vivos y la eternidad a los muertos… Once… ¡Ay, dar la hora a quien no está en libertad es también tocar para la eternidad!… Doce.

Se detuvo.

—Sí, es la medianoche.

La campana sonó por decimotercera vez.

Ursus se estremeció.

—¡Trece!

Hubo un decimocuarto toque, y luego un decimoquinto.

—¿Qué quiere decir eso?

Los toques continuaron a largos intervalos. Ursus escuchaba.

—No es una campana de reloj. Es la campana muta. Por eso yo decía:

¡Cuánto tiempo tarda en tocar las doce! Esa campana no suena, repica.

¿Qué siniestro sucede?

Antaño toda prisión, como todo monasterio, tenía su campana llamada muda, reservada para las ocasiones tétricas. La «muda» era una campana que repicaba en tono muy bajo y parecía hacer todo lo posible para que no la oyeran.

Ursus había llegado al rincón cómodo para el acecho, desde el que durante gran parte del día había podido espiar la prisión.

Los tañidos seguían, a una distancia lúgubre el uno del otro.

Un toque de campanas por los difuntos pone una desagradable puntuación en el espacio. Marca en las preocupaciones de todos puntos y apartes fúnebres. Ese toque de campanas se parece a los estertores de un ser humano. Anuncia la agonía. Si en las casas de los alrededores de esa campana que repica hay ensueños vagos y a la espera, ese tañido los corta en trozos rígidos. El sueño indeciso es una especie de refugio; no se sabe qué difuso en la angustia permite que surja alguna esperanza, pero ese tañido desolador precisa. Suprime esa difusión, y en la turbación en que la inquietud trata de permanecer en suspenso produce precipitados. Un toque de campanas por los difuntos habla a cada uno en el sentido de su aflicción o de su espanto. Un repique trágico os afecta, porque es una advertencia.

Nada tan lúgubre como un monólogo sobre el cual cae esa cadencia. Los sonidos a intervalos iguales indican una intención. ¿Qué forja ese martillo, la campana, en ese yunque, el pensamiento?

Ursus, confusamente, contaba, aunque ello no tenía finalidad alguna, los tañidos de la campana. Sentía que se deslizaba y se esforzaba para no hacer conjeturas. Las conjeturas con un plano inclinado por el que se resbala

inútilmente para ir a parar demasiado lejos. Sin embargo, ¿qué significaba el repiqueteo de aquella campana?

Miraba en la oscuridad el lugar donde sabía que estaba la puerta de la prisión.

De pronto, en ese lugar mismo, que era una especie de agujero negro, se produjo un enrojecimiento. Ese enrojecimiento se agrandó y se convirtió en claridad.

Esa claridad nada tenía de vaga. Adquirió inmediatamente una forma y ángulos. La puerta de la cárcel había girado sobre sus goznes y el enrojecimiento dibujaba el dintel y las jambas.

Era una rendija más bien que una abertura. Una prisión no se abre, bosteza, tal vez de aburrimiento.

La puerta dio paso a un hombre que llevaba una antorcha en la mano.

La campana no dejaba de sonar. Ursus se sentía apresado por dos esperas; se puso en acecho, con el oído en la campana y el ojo en la antorcha.

Tras aquel hombre, la puerta, que sólo estaba entreabierta, se abrió del todo y por ella salieron otros dos hombres, y luego un cuarto. Ese cuarto era el wapentake, visible a la luz de la antorcha. Tenía en la mano su bastón de hierro.

A continuación del wapentake desfilaron por la puerta, en orden, de dos en dos, con la rigidez de postes que caminaran, unos hombres silenciosos.

Ese cortejo fúnebre salió por la puerta baja en parejas, como una procesión de penitentes, sin solución de continuidad, con un cuidado lúgubre de no hacer ruido alguno, gravemente, casi suavemente. Una serpiente que sale de un agujero toma esa precaución.

La antorcha destacaba los perfiles de los que por la mañana se habían llevado a Gwynplaine.

No cabía duda. Eran los mismos. Reaparecían.

Evidentemente, Gwynplaine también iba a reaparecer.

Lo habían llevado allá y lo conducían de vuelta.

La cosa era clara.

La mirada de Ursus duplicó su fijeza. ¿Ponían a Gwynplaine en libertad?

La doble fila de policías se derramaba por la puerta muy lentamente y como gota a gota. La campana, que no se interrumpía, parecía marcarles el paso. Al salir de la prisión, la comitiva, dando la espalda a Ursus, se dirigió hacia la derecha por el tramo de la calle opuesto al que estaba apostado él.

Una segunda antorcha brilló en la puerta.

Anunciaba el final de la comitiva.

Ursus iba a ver a quien conducían, al preso, al hombre.

Iba a ver a Gwynplaine.

Lo que llevaban apareció.

Era un ataúd.

Cuatro hombres llevaban ese ataúd cubierto con un paño negro.

Detrás de ellos iba otro hombre con una pala a la espalda.

Una tercera antorcha encendida, llevada por un personaje que leía un libro y que debía de ser un capellán, cerraba el cortejo.

El ataúd fue a colocarse detrás de los policías que se habían dirigido a la derecha.

Al mismo tiempo la cabecera del cortejo se detuvo.

Ursus oyó el chirrido de una llave.

Frente a la prisión, en la pared baja que se extendía a lo largo del otro lado de la calle, una segunda abertura de puerta se iluminó con una antorcha que pasó por debajo.

Esa puerta, en la que se distinguía una cabeza de muerto, era la puerta del cementerio.

El wapentake se introdujo por esa abertura, le siguieron los hombres y después la segunda antorcha tras la primera; el cortejo se achicó como el reptil que entra en su madriguera; la fila entera de los policías penetró en aquella oscuridad que había más allá de la puerta, y a continuación el ataúd, luego el hombre de la pala y por fin el capellán con su antorcha y su libro, y la puerta se cerró.

No quedó más que un resplandor por encima de una pared.

Se oyó un cuchicheo y luego golpes sordos.

Eran, sin duda, el capellán y el sepulturero, que arrojaban sobre el ataúd el uno versículos de oración y el otro paladas de tierra.

El cuchicheo cesó y los golpes sordos dejaron de oírse.

Se produjo un movimiento, las antorchas brillaron, el wapentake volvió a pasar, con el arma en alto, por la puerta reabierta del cementerio, el capellán reapareció con su libro, el sepulturero con su pala, y luego todo el resto del cortejo sin el ataúd, y la doble fila de hombres recorrió de nuevo el mismo trayecto entre las dos puertas con la misma taciturnidad y en sentido inverso, la puerta del cementerio se cerró, la de la prisión se abrió otra vez, la bóveda sepulcral del portillo se recortó en la luz, la oscuridad del corredor se hizo vagamente visible, la densa y profunda noche de la cárcel se ofreció a la mirada y toda aquella visión volvió a sumirse en toda aquella sombra.

La campana dejó de tañer. El silencio lo cerró todo con el siniestro cerrojo de las tinieblas.

Una aparición que desaparecía: no había sido más que eso.

Un desfile de espectros que se disipa.

Aproximaciones que coinciden lógicamente terminan construyendo algo que se parece a la evidencia. A Gwynplaine detenido, a la manera silenciosa de su detención, a sus ropas llevadas por el policía, al toque fúnebre de la campana de la cárcel a la que lo habían conducido, se agregaba, digamos mejor se ajustaba, esa cosa trágica: un ataúd llevado al cementerio.

—¡Ha muerto! —exclamó Ursus.

Cayó sentado en un mojón.

—¡Muerto! ¡Lo han matado! ¡Gwynplaine, hijo mío! ¡Hijo mío!

Y estalló en sollozos.

OceanofPDF.com