El hombre que ríe

Victor Hugo · Capítulo 104 de 126

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El hombre que ríe

5 - La razón de Estado trabaja tanto en pequeño como en grande

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La razón de Estado trabaja tanto en pequeño como

en grande

Ursus se jactaba, ¡ay!, de que nunca había llorado. El depósito de las lágrimas estaba lleno. Tal plenitud, donde se ha acumulado gota a gota, dolor a dolor, durante toda una larga vida, no se vacía en un instante. Ursus sollozó durante largo tiempo.

La primera lágrima es una punción. Lloró por Gwynplaine, por Dea, por él mismo, por Homo. Lloró como un niño. Lloró por todo aquello de lo que se había reído. Pagó las deudas atrasadas. El derecho del hombre a las lágrimas no prescribe nunca.

Por lo demás, el muerto que acababan de enterrar era Hardquanonne, pero Ursus no tenía por qué saberlo.

Pasaron muchas horas.

Comenzó a despuntar el día; el pálido velo de la mañana se cernió, vagamente plegado con sombras, sobre el bowling-green. El alba blanqueó la fachada de la posada Tadcaster. Maese Nicless no se había acostado, pues a veces el mismo hecho produce muchos insomnios.

Las catástrofes irradian en todos los sentidos. Arrojad una piedra al agua y contad las salpicaduras.

Maese Nicless se sentía afectado. Son muy desagradables las aventuras en la propia casa. Poco tranquilo y entreviendo complicaciones, meditaba.

Lamentaba haber recibido en su casa «a esa gente». ¡Si lo hubiera sabido!

Terminarían atrayéndole alguna desgracia. ¿Cómo podía echarlos ahora?

Había hecho un contrato con Ursus. ¡Qué suerte si pudiera librarse de ellos!

¿Cómo podía arreglarse para expulsarlos?

Bruscamente se oyó en la puerta de la posada uno de esos golpeteos tumultuosos que en Inglaterra anuncian a «alguien». La gama de los golpes

corresponde al grado de la jerarquía.

No era el modo de llamar de un lord, pero sí el de un magistrado.

El tabernero, temblando, entreabrió la ventanilla.

Era un magistrado, en efecto. Maese Nicless vio en su puerta, a la luz del amanecer, un grupo policial, al frente del cual se destacaban dos hombres, uno de los cuales era el justiciero.

Maese Nicless había visto por la mañana a ese funcionario y lo conocía.

Pero no conocía al otro hombre.

Era un caballero gordo, con el rostro color de cera, una peluca mundana y capa de viaje.

Maese Nicless temía mucho al primero de esos personajes, el justiciero, pero si hubiese pertenecido a la Corte habría temido más al segundo, pues era Barkilphedro.

Uno de los hombres del grupo llamó por segunda vez a la puerta, violentamente.

El posadero, con un espeso sudor de ansiedad en la frente, abrió. El justiciero-quórum, con el tono de un hombre que ejerce el cargo de policía y conoce muy bien a los vagabundos, alzó la voz y preguntó severamente:

—¿Maese Ursus?

El posadero, quitándose el gorro, respondió:

—Vuestro Honor, es aquí.

—Lo sé.

—Sin duda, Vuestro Honor.

—Que venga.

—Vuestro Honor, no está aquí.

—¿Dónde está?

—Lo ignoro.

—¿Cómo?

—No ha vuelto.

—¿Salió, pues, muy temprano?

—No. Salió muy tarde.

—¡Esos vagabundos!

—Vuestro Honor —dijo suavemente maese Nicless —, vedlo ahí.

En efecto, Ursus acababa de aparecer en la esquina de una calle. Se dirigía a la posada. Había pasado casi toda la noche entre la cárcel, donde al mediodía había visto entrar a Gwynplaine, y el cementerio, donde a medianoche había oído llenar una fosa. Estaba pálido con dos palideces: la de su tristeza y la del crepúsculo.

La luz del amanecer, que es claridad en estado de larva, deja las formas, inclusive las que se mueven, mezcladas con la difusión de la noche. Ursus, pálido y vago, caminando lentamente, parecía una figura de sueño.

Con esa distracción huraña que causa la angustia se había ido de la posada con la cabeza descubierta. Ni siquiera se había dado cuenta de que no llevaba sombrero. Sus escasos cabellos grises se movían al viento. Sus ojos abiertos no parecían mirar. Con frecuencia se duerme despierto, así como también sucede que se está despierto en el sueño. Ursus parecía loco.

—Maese Ursus —le gritó el posadero—, venid. Sus Honores desean hablaros.

Maese Nicless, preocupado únicamente por quitar gravedad al incidente, dejó escapar, al mismo tiempo que habría querido retenerlo, ese plural de «sus honores», respetuoso para el grupo, pero ofensivo tal vez para el jefe, confundido así con sus subordinados.

Ursus experimentó el sobresalto del que se cae de la cama donde dormía profundamente.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Y vio a la policía y al frente de ella al magistrado.

Nueva y fuerte sacudida.

Poco antes el wapentake y ahora el justiciero-quórum. El uno parecía arrojar al otro. Hay viejos cuentos de escollos parecidos.

El justiciero-quórum le hizo seña para que entrara en la taberna.

Ursus obedeció.

Govicum, que acababa de levantarse y barría la sala, se interrumpió, se ocultó detrás de las mesas, dejó descansar la escoba y retuvo el aliento.

Hundió los dedos en el cabello y se rascó vagamente, lo que indicaba que prestaba atención a los acontecimientos.

El justiciero-quórum fijó su mirada legal en una mesa; Barkilphedro tomó una silla. Ursus y Nicless se quedaron en pie. Los policías, dejados afuera, se amontonaron ante la puerta cerrada.

El justiciero-quórum fijó su mirada legal en Ursus y dijo:

—Tenéis un lobo.

Ursus replicó:

—No enteramente.

—Tenéis un lobo-repitió el justiciero, y subrayó la palabra «lobo» con un acento decisivo.

—Es que… —comenzó Ursus.

Y calló.

—Delito —declaró el justiciero.

Ursus aventuró esta defensa:

—Es mi criado.

El justiciero puso su mano de plano en la mesa con los cinco dedos separados, lo que es un excelente gesto de autoridad.

—Histrión, mañana, a esta misma hora, vos y vuestro lobo habréis abandonado Inglaterra. De otro modo, el lobo será apresado, llevado a la perrera y matado.

Ursus pensó: «Continuación de los asesinatos». Pero no dijo palabra y se limitó a temblar con todos sus miembros.

El justiciero insistió:

—Muerto.

Hubo un silencio.

—Estrangulado o ahogado.

El justiciero-quórum miró a Ursus:

—Y vos iréis a la cárcel.

Ursus murmuró:

—Señor juez…

—Partid antes de mañana por la mañana. Si no, esa es la orden.

—Señor juez…

—¿Qué?

—¿Es necesario que salgamos de Inglaterra él y yo?

—Sí.

—¿Hoy?

—Hoy.

—¿Cómo podemos hacerlo?

Maese Nicless era feliz. Aquel magistrado, al que había temido, le ayudaba. La policía se convertía en su auxiliar. Le libraba de «esa gente».

Le proporcionaba el medio que buscaba. A aquel Ursus que él quería

despedir la policía lo expulsaba. Era fuerza mayor y nada había que objetar.

Estaba encantado. Intervino:

—Vuestro Honor, este hombre… —y señaló a Ursus con el dedo —.

Este hombre pregunta cómo puede salir hoy de Inglaterra. Nada más sencillo. Hay todos los días y todas las noches, amarrados en el Támesis, a este lado y el otro del Puente de Londres, barcos que parten para diversos países. Van de Inglaterra a Dinamarca, Holanda, España, no a Francia a causa de la guerra, pero a todas partes. Esta noche zarparán muchos barcos hacia la una de la madrugada, que es la hora de la marea. Entre otros la panza Vograat de Rotterdam.

El justiciero hizo un movimiento de hombros hacia el lado de Ursus y dijo:

—Está bien. Partid en el primer barco, en el Vograat.

—Señor juez… —comenzó Ursus.

—¿Qué?

—Si yo no tuviese, como en otro tiempo, más que mi pequeña barraca con ruedas podría hacerlo, pues cabría en un barco. Pero…

—¿Pero qué?

—Tengo la Green-Box, que es una gran máquina con dos caballos y tan grande que no entrará en un navío.

—¿Qué me importa? Matarán al lobo.

Ursus, temblando, se sentía manejado como por una mano de hielo.

«¡Monstruos! — pensaba —. ¡Matar a la gente es su recurso!».

El tabernero sonrió y dijo a Ursus:

—Maese Ursus, tenéis un ofrecimiento.

—¿De quién?

—Un ofrecimiento por el coche. Un ofrecimiento por los dos caballos.

Un ofrecimiento por las dos gitanas. Un ofrecimiento…

—¿De quién? —repitió Ursus.

—Del dueño del circo vecino.

—Es cierto.

Ursus recordó.

Maese Nicless se volvió hacia el justiciero:

—Vuestro Honor, el trato puede quedar concluido hoy mismo. El dueño del circo de al lado desea comprar el gran coche y los dos caballos.

—El dueño de ese circo tiene razón —dijo el justiciero —, pues lo va a necesitar. Un coche con dos caballos le será útil. También él partirá hoy mismo. Los reverendos de las parroquias de Southwark se han quejado de los escándalos obscenos del Tarrinzeau-field. El sheriff ha tomado medidas.

Esta noche no habrá una sola barraca de histriones en este lugar.

Terminaron los escándalos. El honorable caballero que se digna estar aquí presente…

El justiciero-quórum se interrumpió para dedicar un saludo a Barkilphedro, quien se lo devolvió.

—… El honorable caballero que se digna estar aquí presente ha llegado esta noche de Windsor. Trae órdenes. Su Majestad ha dicho: «Hay que limpiar eso».

Ursus, en su larga meditación de toda la noche, no había dejado de hacerse algunas preguntas. Después de todo, lo único que había visto era un ataúd. ¿Tenía la seguridad de que Gwynplaine estaba dentro? En el mundo podía haber otros muertos que no eran Gwynplaine. Un féretro que pasa no es de un muerto determinado. Después de la detención de Gwynplaine había habido un entierro, lo que nada probaba. Post hoc, non propter hoc[105], etcétera. Ursus volvía a dudar. La esperanza arde y fulgura en la angustia como la nafta en el agua. Esa llama sobrenadante flota eternamente sobre el dolor humano. Ursus terminó diciéndose: «Es probable que sea Gwynplaine a quien han enterrado, pero no es seguro. ¿Quién sabe? Tal vez Gwynplaine vive todavía».

Se inclinó ante el justiciero y dijo:

—Honorable juez: partiré. Partiremos. En la Vograat. Para Rotterdam.

Obedezco, Venderé la Green-Box, los caballos, las trompetas, las gitanas.

Pero hay alguien que está conmigo, un compañero al que no puedo abandonar. Gwynplaine…

—Gwynplaine ha muerto —dijo una voz.

Ursus sintió la impresión de la frialdad de un reptil en su piel. Era Barkilphedro quien había hablado.

La última esperanza desaparecía. No cabía duda, Gwynplaine había muerto. Aquel personaje debía saberlo. Era lo bastante siniestro para eso.

Ursus saludó.

Maese Nicless era muy buen hombre aparte de su cobardía, pero cuando estaba asustado era atroz. La suprema ferocidad es el temor.

Murmuró: «Simplificación».

E hizo, a la espalda de Ursus, ese frotamiento de manos peculiar de los egoístas que significa: «¡Me he librado!» y que parece hecho sobre la jofaina de Poncio Pilatos.

Ursus, abatido, bajó la cabeza. La sentencia de Gwynplaine, la pena de muerte, se había ejecutado; en lo que a él respectaba, su detención significaba el destierro. No podía hacer más que obedecer. Meditaba.

Sintió que le tocaban con el codo. Era el otro personaje, el acólito del justiciero-quórum. Se sobresaltó.

La voz que había dicho: «Gwynplaine ha muerto» le cuchicheó al oído:

—He aquí diez libras esterlinas que os envía alguien que os quiere bien.

Y Barkilphedro dejó una bolsita en una mesa delante de Ursus.

Se recordará el cofrecito que había llevado Barkilphedro.

Diez guineas de dos mil era todo lo que podía dar. En conciencia, era suficiente. Si hubiera dado más habría perdido. Se había tomado la molestia de hacer el hallazgo de un lord y comenzaba a explotarlo; era justo que el primer rendimiento de la mina le perteneciese. Quienes vieran en ello una vileza estarían en su derecho, pero harían mal en asombrarse, Barkilphedro amaba el dinero, sobre todo el robado. En un envidioso hay un avaro.

Barkilphedro no dejaba de tener defectos. Cometer delitos no impide tener vicios. Los tigres tienen piojos.

Por lo demás, era la escuela de Bacon.

Barkilphedro se volvió hacia el justiciero y le dijo:

—Señor, tened la bondad de terminar. Tengo mucha prisa. Una silla tirada por los caballos de refresco de Su Majestad me espera. Debo volver a Windsor a galope tendido y estoy a dos horas de distancia. Tengo que rendir cuentas y que recibir órdenes.

El justiciero-quórum se levantó.

Fue a la puerta, que apenas estaba cerrada, la abrió, miró, sin decir una palabra, a los policías y le brotó del índice un relámpago de autoridad. Todo el grupo entró con ese silencio en el que se entrevé la proximidad de algo severo.

Maese Nicless, satisfecho con aquel desenlace rápido que abreviaba las complicaciones, encantado de quedar fuera de aquella madeja enredada, temió, al ver ese despliegue policial, que detuviesen a Ursus en su casa. Dos detenciones, una tras otra, en su posada, la de Gwynplaine y luego la de Ursus, podían perjudicar a la taberna, pues a los bebedores no les agrada que los moleste la policía. Era el caso de una intervención convenientemente suplicante y generosa. Se volvió hacia el justiciero-quórum con un rostro sonriente en el que el respeto moderaba la confianza:

—Vuestro Honor, os hago observar que estos honorables señores policías no son indispensables, puesto que el lobo culpable va a ser llevado fuera de Inglaterra, el llamado Ursus no hace resistencia y las órdenes de Vuestro Honor son cumplidas puntualmente. Vuestro Honor considerará que las acciones respetables de la policía, tan necesarias para el bien del reino, perjudican a un establecimiento, y que mi casa es inocente. Habiendo sido limpiados, como dice Su Majestad la Reina, los histriones de la Green-Box, ya no veo aquí a ningún delincuente, pues supongo que la muchacha ciega y las dos gitanas no son delincuentes. Suplicaría a Vuestro Honor que se digne abreviar su augusta visita y despida a estos dignos señores que acaban de entrar, pues nada tienen que hacer en mi casa, y si Vuestro Honor me permitiera probar la exactitud de lo que digo en la forma de una humilde pregunta pondría de manifiesto la inutilidad de la presencia de estos venerables señores preguntando a Vuestro Honor: puesto que el llamado Ursus obedece y se va, ¿a quién pueden detener aquí?

—A vos —contestó el justiciero.

No se discute con un sablazo que os divide de parte a parte. Maese Nicless se desplomó en no importa qué, en una mesa, en un banco, en lo que encontró cerca, aterrado.

El justiciero alzó la voz de modo que si había gente en la plaza podía oírle:

—Maese Nicless Plumptre, dueño de esta taberna: este es el último punto que hay que arreglar. Ese histrión y ese lobo son vagabundos. Han sido expulsados. Pero el más culpable sois vos. Es en vuestra casa, y con vuestro consentimiento, donde la ley ha sido violada, y vos, comerciante que paga patente, investido con una responsabilidad pública, habéis instalado el escándalo en vuestra casa. Maese Nicless, se os retira vuestra licencia, pagaréis la multa e iréis a la cárcel.

Los policías rodearon al tabernero.

El justiciero continuó, señalando a Govicum:

—Ese muchacho, vuestro cómplice, queda detenido.

El puño de un policía cayó sobre el cuello de Govicum, que contempló al policía con curiosidad. No muy asustado, comprendía apenas lo que pasaba, había visto ya más de una cosa rara y se preguntaba si aquello era la continuación de la comedia.

El justiciero se hundió el sombrero en la cabeza, cruzó las dos manos sobre el vientre, lo que es el colmo de la majestuosidad, y añadió:

—Está dicho, maese Nicless. Seréis llevados a la cárcel y encerrados en un calabozo. Vos y este muchacho. Y esta casa, la posada Tadcaster, permanecerá cerrada, condenada y vigilada. Para que sirva de ejemplo.

Ahora vais a seguirnos.

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