El hombre que ríe

Victor Hugo · Capítulo 19 de 126

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El hombre que ríe

LIBRO SEGUNDO - La urca en el mar

LIBRO SEGUNDO

La urca en el mar

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Las leyes que no pertenecen al hombre

La tempestad de nieve es una de las cosas desconocidas del mar. Es el más oscuro de los meteoros, oscuro en todos los sentidos de la palabra.

Constituye una mezcla de niebla y de tormenta, y al presente todavía no se comprende bien ese fenómeno. A eso se deben muchos desastres.

Se quiere explicar todo por el viento y la marea. En el aire hay una fuerza que no es el viento, y en el agua hay una fuerza que no es la marea.

Esa fuerza, la misma en el aire y en el agua, es el efluvio. El aire y el agua son dos masas líquidas, casi idénticas, y entran la una en la otra por medio de la condensación y la dilatación, de tal modo que respirar es beber; sólo el

efluvio es fluido. El viento y la marea no son sino empujones; el efluvio es una corriente. El viento es visible por las nubes y la marea es visible por la espuma; el efluvio es invisible. Sin embargo, de vez en cuando dice: Aquí estoy. Su aquí estoy es un trueno.

La tempestad de nieve plantea un problema análogo al de la niebla seca.

Si el esclarecimiento de la calina de los españoles y del quobar de los etíopes es posible, seguramente ese esclarecimiento se hará por medio de la observación atenta del efluvio magnético.

Sin el efluvio, una multitud de hechos siguen siendo enigmáticos. En rigor, los cambios de velocidad del viento, que se modifican en la tempestad de tres pies por segundo a doscientos veinte pies, motivarían las variantes de la ola desde tres pulgadas con mar calmo hasta treinta y seis pies con mar agitado; en rigor, la horizontalidad de los soplos, inclusive en una borrasca, hace comprender cómo una ola de treinta pies de altura puede tener mil quinientos pies de longitud. ¿Pero por qué las olas del Pacífico son cuatro veces más altas cerca de América que cerca de Asia, es decir más altas en el oeste que en el este; por qué sucede lo contrario en el Atlántico; por qué en el Ecuador es donde el centro del mar es más alto; a qué se deben esos desplazamientos del tumor del océano? Sólo puede explicarlo el efluvio magnético combinado con la rotación terrestre y la atracción sideral.

¿No es necesaria esta complicación misteriosa para explicar una oscilación del viento como la que se produjo, por ejemplo, en el occidente, y que pasó del sudeste al nordeste, y luego volvió bruscamente, dando el mismo gran rodeo, del nordeste al sudeste, recorriendo en treinta y seis horas un prodigioso circuito de quinientos sesenta grados, lo que fue el preámbulo de la tempestad de nieve del 17 de marzo de 1867?

Las olas de tempestad de Australia alcanzan hasta ochenta pies de altura, lo que se debe a la vecindad del polo. En esas latitudes la tormenta es menos el resultado del trastorno de las ráfagas que de la continuidad de las descargas eléctricas submarinas. En el año 1866 el cable trasatlántico fue perturbado regularmente en su funcionamiento durante dos horas de cada veinticuatro, desde las doce del mediodía hasta las dos de la tarde, por una especie de fiebre intermitente. Ciertas composiciones y descomposiciones

de fuerzas producen los fenómenos y se imponen a los cálculos del marino so pena de naufragio. El día en que la navegación, que es una rutina, se convierta en una matemática; el día en que se trate de saber, por ejemplo, por qué en nuestras regiones los vientos cálidos vienen a veces del norte y los vientos fríos del sur; el día en que se comprenda que las disminuciones de temperatura están en proporción con las profundidades oceánicas, el día en que se tenga presente en la mente que el globo terráqueo es un gran imán polarizado en la inmensidad con dos ejes, un eje de rotación y un eje de efluvios que se entrecortan en el centro de la Tierra, y que los polos magnéticos giran alrededor de los polos geográficos; cuando los que arriesgan su vida quieran arriesgarla científicamente; cuando se navegue por la inestabilidad estudiada; cuando el capitán sea un meteorólogo y el piloto un químico, entonces se evitarán muchas catástrofes. El mar es magnético tanto como acuático; un océano de fuerzas flota, desconocido, en el océano de las olas; se podría decir que siguiendo la corriente del agua.

No ver en el mar más que una masa de agua es no ver el mar; el mar es un vaivén de fluido tanto como un flujo y reflujo de líquido; las atracciones lo complican tal vez todavía más que los huracanes; la adhesión molecular, puesta de manifiesto, entre otros fenómenos, por la atracción capilar, microscópica para nosotros, participa en el océano de la grandeza de las extensiones; y la onda de los efluvios ora ayuda ora se opone a la onda de los aires y la onda de las aguas. Quien ignora la ley eléctrica ignora la ley hidráulica, pues la una se infiltra en la otra. No hay estudio más arduo, ciertamente, ni más oscuro; linda con el empirismo como la astronomía linda con la astrología. Sin embargo, sin ese estudio no puede haber navegación. Dicho eso, sigamos.

Uno de los compuestos más temibles del mar es la tormenta de nieve.

La tormenta de nieve es sobre todo magnética. El polo la produce como produce la aurora boreal; está en esa niebla como está en ese resplandor; y en el copo de nieve, como en la estría de la llama, el efluvio es visible.

Las tormentas son las crisis de nervios y los ataques de delirio del mar, que tiene sus jaquecas. A las tempestades se las puede comparar con las enfermedades. Unas son mortales, otras no lo son; se sale de ésta y no de aquella. La tempestad de nieve pasa por ser habitualmente mortal. Jarabija,

uno de los pilotos de Magallanes, la calificó de «una nube salida del mal lado del diablo».

Surcouf dijo: «Hay cólera esporádico en esa tempestad». Los antiguos navegantes españoles llamaban a esa clase de borrasca la nevada cuando caían los copos y la helada[15] cuando caía el granizo. Según ellos, con la nieve caían del cielo murciélagos.

Las tempestades de nieve son peculiares de las latitudes polares. Sin embargo, a veces se deslizan, se podría decir que se desploman, hasta nuestros climas, de tal modo se mezcla el asolamiento con las aventuras del aire.

La Matutina, como se ha visto, al salir de Portland se había lanzado resueltamente a la gran aventura nocturna que la aproximación de una tempestad agravaba. Había entrado en toda esa amenaza con una especie de audacia trágica. Sin embargo, insistamos en ello, no le había faltado la advertencia.

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