El hombre que ríe
PRIMERA PARTE - El mar y la noche
PRIMERA PARTE
El mar y la noche
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DOS CAPÍTULOS PRELIMINARES
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1
Ursus
I
Ursus y Homo estaban unidos por una amistad estrecha. Ursus era un hombre, y Homo era un lobo. Sus índoles concordaban. Era el hombre el que había bautizado al lobo. Probablemente también había elegido su propio nombre; como consideraba que el de Ursus era bueno para él, le pareció que el de Homo[1] era bueno para el animal. La asociación de este hombre con este animal se beneficiaba con las ferias, las fiestas parroquiales, las esquinas de las calles en las que se agolpan los transeúntes y la necesidad que siente en todas partes el pueblo de escuchar pataratas y comprar drogas de charlatán. El lobo, dócil y graciosamente subalterno, agradaba a la multitud. Ver amansamientos es algo que complace. Nuestra satisfacción suprema consiste en contemplar cómo desfilan todas las variedades de la domesticación. Es lo que hace que acuda tanta gente a ver cómo desfilan los cortejos reales.
Ursus y Homo iban de encrucijada en encrucijada, de las plazas públicas de Aberystwith a las plazas públicas de Yeddburg, de región en región, de condado en condado, de ciudad en ciudad. Cuando se agotaba un mercado, pasaban a otro. Ursus vivía en una barraca rodante que Homo, suficientemente civilizado, arrastraba de día y vigilaba de noche. En los caminos difíciles, en las cuestas, cuando había demasiados baches y demasiado barro, el hombre se ataba el pretal al cuello y tiraba fraternalmente, junto al lobo. Así habían envejecido juntos. Acampaban a la ventura en un baldío, en el claro de un bosque, en una encrucijada de caminos, a la entrada de los villorrios, en las puertas de los poblados, en las plazas de mercado, en los paseos públicos, en las lindes de los parques, en los atrios de las iglesias. Cuando el carricoche se detenía en algún ferial, cuando las comadres acudían con la boca abierta, cuando los curiosos formaban círculo, Ursus peroraba y Homo aprobaba. Homo, con un platillo en el hocico, hacía cortésmente la colecta entre el público. Se ganaban la vida. El lobo era ilustrado, y el hombre también. Al lobo lo había adiestrado el hombre, o se había adiestrado él solo, en diversas gentilezas de lobo que
contribuían a aumentar los ingresos. «Sobre todo no degeneres en hombre», le decía su amigo.
El lobo nunca mordía; el hombre algunas veces. Por lo menos, morder era la pretensión de Ursus. Ursus era misántropo y, para subrayar su misantropía, se había hecho titiritero. Y también para vivir, pues el estómago impone sus condiciones. Además, ese titiritero misántropo, sea para complicarse o sea para completarse, era médico. Médico es poco, y era ventrílocuo. Se le veía hablar sin que moviese la boca. Copiaba, hasta el punto de que se los confundía, el acento y la pronunciación de cualquiera; imitaba las voces de modo que se creía oír a las personas. Él solo producía el murmullo de una multitud, lo que le daba derecho al título de engastrimita. Él se lo apropiaba. Reproducía toda clase de gritos de aves, del zorzal, del cuclillo, de la alondra, del mirlo de pecho blanco, todos viajeros como él; de modo que, en instantes, hacía oír, a su voluntad, bien una plaza pública llena de rumores humanos, o bien una pradera llena de voces animales; ora era tempestuoso como una multitud, ora pueril y sereno como el alba. Por lo demás, esas habilidades, aunque raras, existen. En el siglo pasado un tal Touzel, que imitaba las algarabías mixtas de hombres y animales y copiaba todos los gritos de las bestias, estaba vinculado con Buffon en calidad de jardín zoológico. Ursus era sagaz, inverosímil, curioso y aficionado a las explicaciones raras que llamamos fábulas. Parecía creer en ellas. Esta desvergüenza formaba parte de su malicia. Examinaba la mano de los quídam, abría libros al azar y sacaba de ellos conclusiones, predecía los sinos, enseñaba que es peligroso encontrar un jumento negro, y más peligroso todavía oírse llamar, en el momento en que se parte para un viaje, por alguien que no sabe adónde vais, y se intitulaba «mercader de supersticiones». Decía: «Entre el arzobispo de Canterbury y yo hay una diferencia: yo confieso». Por lo que el arzobispo, justamente indignado, lo llamó un día; pero Ursus, hábil, desarmó a Su Gracia recitándole un sermón compuesto por él acerca del santo día de la Natividad, sermón que el arzobispo, encantado, aprendió de memoria, pronunció en el púlpito y publicó como de su cosecha. Gracias a lo cual, perdonó.
Como médico, Ursus curaba, porque lo era o a pesar de no serlo.
Utilizaba las hierbas aromáticas. Era versado en los simples. Sacaba partido del gran poder curativo de un montón de plantas desdeñadas, como las hojas de avellano, la frángula blanca, el viburno, el cambrón, el viborno.
Trataba la tisis con la hierba de la gota o rocío del sol; utilizaba con buen éxito hojas de euforbio, las que arrancadas por abajo son un purgante y arrancadas por arriba un vomitivo; quitaba el dolor de garganta por medio de la excrecencia vegetal llamada oreja de judío; sabía cuál es el junco que cura al buey, y la menta que cura al caballo; estaba al tanto de las bellezas y las bondades de la hierba mandrágora, la que, como nadie ignora, es hombre y mujer. Daba recetas. Curaba las quemaduras con lana de salamandra, de la que Nerón, según Plinio, tenía una servilleta. Poseía una retorta y un matraz; hacía transmutaciones y vendía panaceas. Se decía que en otro tiempo había estado encerrado en Bedlam; le habían hecho el honor de tomarlo por un insensato, pero lo dejaron en libertad al darse cuenta de que no era más que un poeta. Esa aventura no era cierta probablemente; todos padecemos esa clase de leyendas.
La realidad es que Ursus era sabihondo, hombre de buen gusto y viejo poeta latino. Era docto en las dos cosas: hipocratizaba y pindarizaba. Habría competido en estilo afectado con Rapin y Vida. Habría compuesto de una manera no menos triunfante que el padre Bouhours tragedias jesuitas. Como resultado de su familiaridad con los venerables ritmos y metros de los antiguos tenía imágenes propias y toda una familia de metáforas clásicas.
Decía de una madre precedida por sus dos hijas que era un dáctilo, y de un padre seguido de sus dos hijos que era un anapesto, y de un niño que caminaba entre su abuelo y su abuela que era un anfímacro. Tanta ciencia no podía menos de terminar en el hambre. La escuela de Salerno dice:
«Comed poco y con frecuencia». Ursus comía poco y raras veces, obedeciendo así a una mitad del precepto y desobedeciendo a la otra, pero la culpa era del público, que no acudía siempre ni compraba con frecuencia.
Ursus decía: «La expectoración de una sentencia alivia. Al lobo le consuela el aullido, al cordero la lana, al bosque la curruca, a la mujer el amor y al filósofo el epifonema». Ursus, si era necesario, fabricaba comedias que representaba aproximadamente, lo que le ayudaba a vender las drogas.
Entre otras obras había compuesto una pastoral heroica en honor del caballero Hugh Middleton, quien, en 1608, llevó a Londres un río. Ese río estaba tranquilo en el condado de Hartford, a sesenta millas de Londres; el caballero Middleton fue allá y lo tomó; llevó un equipo de seiscientos
hombres armados con palas y picos y se dedicó a remover la tierra, excavándola aquí y elevándola allá, a veces hasta a veinte pies de altura y otras veces hasta treinta pies de profundidad; hizo acueductos de madera en el aire, y aquí y allá ochocientos puentes de piedra, de ladrillo y de tablones, y una buena mañana el río entró en Londres, que carecía de agua. Ursus transformó todos esos detalles vulgares en una bella bucólica entre el río Támesis y el río Serpentine; el río pequeño invitaba al grande a venir a su casa, le ofrecía su lecho y le decía: «Yo soy demasiado viejo para agradar a las mujeres, pero soy lo bastante rico para pagarlas», modo ingenioso y galante de expresar que sir Hugh Middleton había hecho todos los trabajos a su costa.
Ursus era notable en el soliloquio. De complexión montaraz y charlatana, deseaba no ver a nadie y necesitaba hablar con alguien, y resolvía el problema hablándose a sí mismo. Quien haya vivido solitario sabe hasta qué punto es natural el monólogo. La palabra interior pugna por salir. Arengar al espacio es un exutorio. Hablar en voz alta y a solas produce el efecto de un diálogo con el dios que se tiene en uno mismo. Esa era, como se ignora, la costumbre de Sócrates. Se peroraba a sí mismo. Lo mismo hacía Lutero. Ursus tenía algo de esos grandes hombres. Poseía la facultad hermafrodita de ser su propio auditorio. Se interrogaba y se respondía, se glorificaba y se insultaba. Desde la calle se le oía monologar en su barraca. Los transeúntes, que tienen su manera propia de apreciar a las personas inteligentes, decían: «Es un idiota». A veces se injuriaba, como acabamos de decir, pero también había horas en que se hacía justicia. Un día, en una de esas alocuciones que se dirigía a sí mismo, se le oyó decir:
«He estudiado el vegetal en todos sus misterios, en el tallo, en la yema, en el sépalo, en el pétalo, en el estambre, en el carpelo, en el óvulo, en la teca, en el esporangio y en la apotecia. He profundizado en la cromática, la osmología y la química, es decir en la formación del color y el sabor».
Había sin duda en este certificado que Ursus entregaba a Ursus alguna fatuidad, pero que quienes no han profundizado en esas ciencias le arrojen la primera piedra.
Por suerte, Ursus nunca había ido a los Países Bajos. Seguramente allí habrían querido pesarlo para saber si tenía el peso normal más allá o más acá del cual un hombre es hechicero. En Holanda ese peso había sido fijado sabiamente por la ley. Nada era más sencillo y más ingenioso. Se trataba de una comprobación. Os ponían en el platillo de una balanza y la cosa se hacía evidente si rompíais el equilibrio: si pesabais demasiado os ahorcaban y si pesabais demasiado poco os quemaban. Al presente se puede ver todavía en Oudewater la balanza para pesar a los hechiceros, pero ahora la emplean para pesar los quesos, ¡tanto ha degenerado la religión! Ursus habría tenido ciertamente dificultades con esa balanza. En sus viajes se abstuvo de ir a Holanda, e hizo bien. Por lo demás, creemos que nunca salió de Gran Bretaña.
Como quiera que fuese, siendo muy pobre y muy arisco y habiendo conocido a Homo en un bosque, se aficionó a la vida errante. Había tomado al lobo en comandita y fue con él por los caminos y vivía al aire libre la gran vida del azar. Poseía mucho ingenio y segundas intenciones y un gran arte en todo lo que servía para curar, operar, quitar a la gente sus dolencias y realizar particularidades sorprendentes; se le consideraba un buen saltimbanqui y un buen médico; pasaba también, como se comprenderá, por mago, pero un poco, no demasiado, pues en esa época era peligroso para una persona que se la creyera amiga del diablo. La verdad era que Ursus, con su apasionamiento por la farmacia y su amor a las plantas, se exponía, pues iba con frecuencia a recoger hierbas en las fragosidades donde se hallan las ensaladas de Lucifer y donde se corre el riesgo, como ha hecho constar el consejero De l’Ancre, de encontrar al anochecer a un hombre que sale de la tierra, «tuerto del ojo derecho, sin capa, con la espada al costado, descalzo y harapiento». Por lo demás, Ursus, aunque de proceder y de temperamento excéntricos, era demasiado caballeroso para atraer o alejar el granizo, hacer aparecer caras, matar a un hombre con el tormento de obligarlo a bailar demasiado, sugerir sueños severos o tristes y espantosos y hacer que nacieran gallos con cuatro alas; no cometía esas maldades. Era incapaz de ciertas abominaciones. Como, por ejemplo, de hablar en alemán, hebreo o griego sin haberlo aprendido, lo que es señal de una perversidad
execrable o de una enfermedad natural proveniente de algún humor melancólico. Si Ursus hablaba en latín era porque lo sabía. No se habría permitido hablar en siriaco porque no lo sabía; además, se ha comprobado que el siriaco es el idioma de los aquelarres. En medicina, prefería correctamente Galeno a Cardan, pues por muy sabio que fuera Cardan, no era más que una lombriz en comparación con Galeno.
En resumen, Ursus no era un personaje al que inquietaba la policía. Su barraca era lo bastante larga y ancha para que pudiese acostarse sobre un arca en la que guardaba sus ropas, poco suntuosas. Era propietario de una linterna, de muchas pelucas y de algunos utensilios colgados de clavos, entre ellos instrumentos de música. Poseía además una piel de oso con la que se cubría los días de gran espectáculo, y llamaba a eso vestirse. Decía:
«Tengo dos pieles; esta es la verdadera». Y mostraba la piel de oso. La barraca con ruedas les pertenecía a él y al lobo. Además de ella, la retorta y el lobo, tenía una flauta y una viola de gamba, y las tocaba agradablemente.
Él mismo fabricaba sus elixires. Sus habilidades le permitían comer algunas veces. En el techo de la barraca había un agujero por el que pasaba el tubo de una estufa de hierro colado contigua a su arca, suficiente para enrojecer la leña. Esa estufa tenía dos compartimientos; en uno de ellos Ursus hacía alquimia y en el otro cocía papas. Por la noche, el lobo dormía bajo la barraca, amistosamente encadenado. Homo tenía el pelo negro y Ursus lo tenía gris; Ursus tenía cincuenta años, a menos que tuviera sesenta. Su aceptación del destino humano era tal que, como se acaba de ver, comía papas, inmundicia con que entonces se alimentaban los puercos y los presidiarios. Comía eso indignado y resignado. No era grande, sino largo.
Estaba encorvado y melancólico. El cuerpo encorvado del anciano es el hundimiento de la vida. La naturaleza lo había hecho para estar triste. Le era difícil sonreír y siempre le había sido imposible llorar. Le faltaba el consuelo de las lágrimas y el paliativo de la alegría. Un viejo es una ruina que piensa; Ursus era esa ruina. Una locuacidad de charlatán, una delgadez de profeta y una irascibilidad de mina cargada: tal era Ursus. En su juventud había sido filósofo en casa de un lord.
Eso sucedía hace ciento ochenta años, en la época en que los hombres eran un poco más lobos que en la actualidad.
Pero no mucho más.
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