El hombre que ríe

Victor Hugo · Capítulo 115 de 126

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El hombre que ríe

6 - La alta y la baja

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La alta y la baja

De pronto se produjo en la cámara una viva claridad. Cuatro porteros llevaron y colocaron a los dos lados del trono cuatro altos candelabros con muchas velas. El trono, así iluminado, apareció en una especie de púrpura luminosa, vacío pero augusto. La presencia de la Reina en él no le habría agregado mucho.

El ujier de la vara negra entró con la vara en alto y dijo:

—Sus señorías los comisarios de Su Majestad.

Todos los rumores cesaron.

Un funcionario con peluca y toga de ceremonia apareció en la gran puerta con un cojín flordelisado en el que se veían pergaminos. Esos pergaminos eran proyectos de ley. De cada uno de ellos pendía de una trenza de seda la bola o ampolla, a veces de oro, que ha hecho que a las leyes se las llame bilis en Inglaterra y bulas en Roma.

Detrás de ese funcionario marchaban tres hombres con togas de pares y sombrero de plumas en la cabeza.

Esos hombres eran los comisarios de la Reina. El primero era el lord gran tesorero de Inglaterra, Godolphin; el segundo, el lord presidente del Consejo, Pembroke; y el tercero, el lord del sello privado, Newcastle.

Avanzaron el uno detrás del otro, según la precedencia, no de su título, sino de su cargo, Godolphin el primero y Newcastle el último, aunque era duque.

Llegaron al banco situado delante del trono, hicieron la reverencia a la silla real, se quitaron y volvieron a poner los sombreros y se sentaron en el banco.

El lord canciller miró al ujier de la vara negra y dijo:

—Mandad los comunes a la barra.

El ujier de la vara negra salió.

El funcionario, que era un escribano de la Cámara de los Lores, dejó en la mesa situada en el cuadrado de las sacas de lana, el cojín donde estaban los proyectos de ley.

Hubo una interrupción que duró varios minutos. Dos porteros colocaron delante de la barra una tarima de tres escalones. Esa tarima era de terciopelo encarnado en el cual unos clavos dorados dibujaban flores de lis.

La gran puerta, que se había cerrado, volvió a abrirse y una voz gritó:

—¡Los fieles comunes de Inglaterra!

Era el ujier de la vara negra que anunciaba a la otra mitad del Parlamento.

Los lores se pusieron sus sombreros.

Los miembros de los Comunes entraron, precedidos por el speaker, todos con la cabeza descubierta.

Se detuvieron en la barra. Vestían traje de etiqueta, la mayoría negro, con la espada.

El speaker, el muy honorable John Smyth, hidalgo, miembro por la villa de Andover, subió a la tarima situada en la mitad de la barra. El orador de los comunes vestía una larga toga de ceremonias de raso negro con mangas anchas y aberturas galoneadas con alamares de oro por detrás y por delante, y una peluca menor que la de lord canciller. Era majestuoso, pero inferior.

Todos los comunes, el orador y los miembros de la cámara, quedaron a la espera, en pie y descubiertos, ante los pares, sentados y cubiertos.

Se destacaban entre los comunes el presidente de sala de Chester, Joseph Jekyll, con tres abogados de primera clase de Su Majestad: Hooper, Powys y Parker, y James Montagu, subfiscal de la Corona, y el fiscal Simón Harcourt. Aparte de algunos baronets y caballeros y nueve lores de cortesía: Hartington, Windsor, Woodstock. Mordaunt, Gramby, Scudamore, Fitz Harding, Hyde y Burkeley, hijos de pares y herederos de pairías, todos los demás eran plebeyos una oscura multitud silenciosa.

Cuando terminó el ruido de los pasos de toda esa gente, el pregonero de la vara negra que estaba en la puerta dijo:

—¡Oíd!

El escribano de la Corona se levantó. Tomó, desdobló y leyó el primero de los pergaminos colocados en el cojín. Era un mensaje de la Reina designando, para que la representaran en su Parlamento, con el poder de sancionar las leyes, tres comisarios, a saber…

Aquí el escribano elevó la voz:

—Sydney, conde de Godolphin.

El escribano saludó a Godolphin, y lord Godolphin se levantó el sombrero. El escribano continuó:

—Thomas Herbert, conde de Pembrocke y de Montgomery.

El escribano saludó a lord Pembroke, y lord Pembroke se tocó el sombrero.

Era un acta de los comunes que ponía a cargo del Estado los embellecimientos hechos por la Reina en su residencia de Hampton-Court y que contaba un millón de libras esterlinas.

Terminada la lectura, el escribano hizo una profunda reverencia al trono.

El sub-escribano repitió la reverencia más profundamente todavía, y luego, volviendo a medias la cabeza hacia los comunes, dijo:

—La Reina acepta vuestras benevolencias y así lo quiere.

El escribano leyó el segundo proyecto de ley.

En él se condenaba a prisión y multa a quien se sustrajera al servicio de las trainbands. Las trainbands (soldados que se adiestran donde se quiere) eran la milicia burguesa que servía gratuitamente y que en el reinado de Isabel, cuando se acercaba la Armada, aportó ciento ochenta y cinco mil soldados de infantería y cuarenta mil de caballería.

Los dos escribanos hicieron a la silla real una nueva reverencia, después de la cual el sub-escribano, de perfil, dijo a la Cámara de los Comunes:

—La Reina lo quiere.

La tercera ley aumentaba los diezmos y prebendas del obispado de Lichfield y Coventry, que es una de las más ricas prelaturas de Inglaterra; otorgaba una renta a la catedral, aumentaba el número de canónigos y el deanato y los beneficios «a fin de proveer — decía el preámbulo — a las necesidades de nuestra santa religión». La cuarta ley agregaba al presupuesto nuevos impuestos, uno sobre el papel jaspeado, otro sobre los coches de alquiler, cuyo número se fijaba en ochocientos en Londres y que

tenían que pagar cincuenta y dos libras anuales cada uno; otro sobre los abogados, procuradores y fiscales, de cuarenta y ocho libras por cabeza anuales; otro sobre las pieles curtidas, «no obstante — decía el preámbulo —

las quejas de los artesanos en cuero»; otro sobre el jabón, «no obstante las reclamaciones de la ciudad de Exeter y el Devonshire, donde se fabrica gran cantidad de sarga y de paño»; otro sobre el vino, de cuatro chelines por barrica; otro sobre la harina; otro sobre la cebada y el lúpulo; y renovaba por cuatro años, pues, decía el preámbulo, «las necesidades del Estado deben tener precedencia sobre las amonestaciones del comercio», el impuesto de tonelaje, que variaba de seis libras tornesas para los barcos que llegaban de Occidente a dieciocho libras para los que llegaban de Oriente.

Finalmente, la ley, declarando insuficiente la capitación ordinaria ya recaudada en el año corriente, disponía una sobretasa general en todo el reino de cuatro chelines o cuarenta y ocho sueldos torneses por cabeza de súbdito, con la mención de que quienes se negaran a prestar los nuevos juramentos al gobierno pagarían el doble de tasa. La quinta ley prohibía que se admitiese en los hospitales a cualquier enfermo si al ingresar no depositaba una libra esterlina para pagar, en caso de muerte, su entierro. Los tres últimos proyectos de ley, lo mismo que los dos primeros, fueron sancionados uno tras otro y convertidos en leyes con una reverencia al trono y las cuatro palabras: «La Reina lo quiere», dichas, por encima del hombro, a los comunes.

Luego el sub-escribano se puso de rodillas ante la cuarta saca de lana, y el lord canciller dijo:

—Sea hecho como se desea.

Así terminó la sesión regia.

El speaker, doblado ante el canciller, descendió hacia atrás de la tarima, apartando la toga tras él; los comunes se inclinaron hasta el suelo, y mientras la cámara alta reanudaba, sin prestar atención a todas esas reverencias, su orden del día interrumpido, la cámara baja se fue.

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