El hombre que ríe

Victor Hugo · Capítulo 121 de 126

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El hombre que ríe

2 - Barkilphedro apuntó al águila e hirió a la paloma

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Barkilphedro apuntó al águila e hirió a la paloma

El estribo de la barraca estaba bajado y la puerta entreabierta; nadie se hallaba dentro; la poca luz que entraba por el vidrio de delante modelaba vagamente el interior de la barraca con un claroscuro lóbrego.

Las inscripciones de Ursus glorificando la grandeza de los lores eran al mismo tiempo pared por fuera y revestimiento por dentro. En un clavo, cerca de la puerta, Gwynplaine vio su esclavina y sus gregüescos, colgados como en un depósito de cadáveres las ropas de un muerto.

Él no tenía en ese momento chaleco ni traje.

La barraca ocultaba algo tendido en la cubierta al pie del mástil y que la linterna iluminaba. Era un colchón, del que se veía una punta. En el colchón se hallaba alguien probablemente acostado. Se veía moverse una sombra.

Hablaban. Gwynplaine, oculto por la interposición de la barraca, escuchó.

Era la voz de Ursus.

Esa voz, tan dura por encima y tan tierna por debajo, que tanto había maltratado y tan bien conducido a Gwynplaine desde su infancia, ya no tenía su timbre sagaz y vivo. Era vaga y baja y se disipaba en suspiros al final de cada frase. Sólo se parecía confusamente a la anterior voz flexible y firme de Ursus. Era como la palabra de alguien cuya felicidad ha muerto.

La voz se puede convertir en sombra.

Ursus parecía monologar más bien que dialogar. Por lo demás el soliloquio era, como se sabe, su costumbre. Pasaba por maniaco a causa de eso.

Gwynplaine contuvo el aliento para no perder una palabra de lo que decía Ursus, y he aquí lo que oyó:

—Es muy peligrosa esta clase de barco. No tiene reborde. Si se rueda al mar nada te detiene. Si hubiera temporal habría que llevarla bajo la cubierta, lo que sería terrible. Un movimiento torpe, un temor, y se produciría una ruptura de aneurisma. He visto casos de esos. ¡Oh, Dios mío!

¿Qué será de nosotros? ¿Ella duerme? Sí, ella duerme. Yo creo que duerme.

El sueño es una tregua. Es la buena ceguera. ¿Cómo hacer para que no vengan a patalear por aquí? Señores, si hay alguien en la cubierta, les ruego que no hagan ruido. No se acerquen, si ello no les importa. Sabrán que hay aquí una persona de salud delicada y hay que tener miramientos. Tiene fiebre, ya veis. Es muy joven. Es una pequeña que tiene fiebre. Le he puesto este colchón afuera para que tenga un poco de aire. Explico eso para que se tenga cuidado. Está rendida de cansancio en el colchón, como si hubiera perdido el conocimiento, pero duerme. Desearía que no la despertasen. Me dirijo a las mujeres, si hay por ahí damas. Hay que compadecer a una muchacha. Sólo somos unos pobres histriones, pido que se tenga un poco de bondad, y luego, si hay algo que pagar para que no se haga ruido, pagaré.

Os agradezco, señoras y señores. ¿Hay alguien ahí? No, creo que no hay nadie. Hablo inútilmente. Tanto mejor. Señores, os agradezco si estáis ahí, y os agradezco también si no estáis… Ella tiene la frente empapada en sudor.

Vamos, volvemos al presidio, nos ponemos otra vez la argolla. La miseria ha vuelto. De nuevo estamos a la desbandada. Una mano, la mano espantosa que no se ve, pero que se siente siempre encima, nos ha vuelto súbitamente hacia el lado negro del destino. Sea, tendremos valor. Sólo que no es necesario que ella esté enferma. Parezco un tonto hablando en voz alta estando solo, pero conviene que ella sienta que tiene alguien a su lado si se despierta. ¡Con tal que no me la despierten bruscamente! ¡Nada de ruido, en nombre del cielo! Una sacudida que la hiciera levantarse sobresaltada le haría daño. Sería fastidioso que vinieran a caminar por este lado. Creo que la gente duerme en el barco. Doy gracias a la Providencia por esta concesión… ¿Pero dónde está Homo? Con todo este trastorno, hace más de una hora que no lo veo. Habrá ido a buscar su comida afuera. ¡Con tal que no le suceda alguna desgracia! ¡Homo! ¡Homo!

Homo golpeó suavemente con el rabo el piso de la cubierta.

—¡Ah, estás ahí, estás ahí! ¡Dios sea bendito! Perder a Homo habría sido demasiado… Ella mueve el brazo. Tal vez va a despertarse. Calla, Homo. La marea baja. Partiremos en seguida. Creo que hará buen tiempo esta noche. No hay viento. La banderola cuelga a lo largo del mástil, tendremos una buena travesía. Ya no sé en qué fase de la luna estamos. Pero apenas se mueven las nubes. No habrá marejada y tendremos buen tiempo… Está pálida. Es la debilidad. Pero no, está roja. Es la fiebre. Pero no, está rosada. Se halla bien. Ya no veo con claridad. Mi pobre Homo, ya no veo con claridad. Pues bien, hay que comenzar de nuevo la vida. Nos pondremos a trabajar. Estamos solos los dos, ya lo ves. Trabajaremos para ella, tú y yo. Es nuestra hija. ¡Ah, el barco se mueve! Partimos. ¡Adiós, Londres! ¡Buenas noches y vete al diablo! ¡Oh, qué horrible es Londres!

En efecto, la conmoción del barco indicaba que levaban anclas. La popa se separaba de la estacada. Se veía en el otro extremo del barco, en la popa, a un hombre en pie, el patrón sin duda, que acababa de salir del interior del navío, había soltado la amarra y manejaba el timón. Ese hombre, atento solamente al canal, como conviene cuando se está compuesto de la doble flema del holandés y el marinero, sin oír ni ver nada más que el agua y el viento, encorvado bajo el extremo de la caña del timón, mezclado con la oscuridad, caminaba lentamente por la cubierta de popa, iba y venía de estribor a babor, como un fantasma que tuviera una viga en la espalda.

Estaba solo en la cubierta. Mientras estuvieran en el río ningún otro marinero era necesario. En pocos minutos el barco estuvo en el centro del río. Descendía por él sin cabeceo ni balanceo. El Támesis, poco agitado por el reflujo, estaba en calma. La marea arrastraba al barco, que se alejaba rápidamente. Detrás, la negra decoración de Londres disminuía en la bruma.

Ursus continuó:

—No tiene importancia, le haré tomar digitalina. Temo que sobrevenga el delirio. Le suda la palma de la mano. ¿Pero qué le hemos hecho al buen Dios? ¡Con qué rapidez ha venido toda esta desgracia! Es la rapidez horrible del mal. Cae una piedra, tiene garras, es el gavilán sobre la alondra.

Es el destino. ¡Y ahí estás, tendida, mi querida hija! Se viene a Londres y se dice: es una gran ciudad que tiene bellos monumentos. Southwark es un suburbio magnífico. Y uno se establece allí. ¡Y ahora son lugares

abominables! ¿Qué queréis que haga? Me alegro de irme. Hoy es el 30 de abril. Siempre he desconfiado del mes de abril; ese mes sólo tiene dos días buenos, el 5 y el 27, y cuatro días malos, el 10, el 20, el 29 y el 30. Eso ha sido puesto fuera de duda por los cálculos de Cardan. Desearía que hubiera pasado este día. Partir alivia. Al amanecer estaremos en Gravesend y mañana por la noche en Rotterdam. Pardiez, volveré a la vida de otro tiempo en la barraca. La arrastraremos, ¿verdad, Homo?

Un ligero golpeteo del rabo anunció el consentimiento del lobo.

Ursus continuó:

—¡Si se pudiera salir de un dolor como se sale de una ciudad! Homo, todavía podremos ser dichosos. ¡Ay, siempre habrá alguien que no lo es!

Queda una sombra sobre los que sobreviven. Tú sabes lo que quiero decir, Homo. Éramos cuatro y ahora no somos más que tres. La vida no es sino una larga pérdida de todo lo que se ama. Se deja tras sí un reguero de dolores. El destino nos aturde con una prolijidad de sufrimientos insoportables. ¡Y luego se sorprenden de que los viejos machaqueen! Es la desesperación la que entontece a la gente… Mi buen Homo, el viento de popa persiste. Ya no se ve la cúpula de San Pablo. Pronto pasaremos por delante de Greenwich. Habremos hecho seis buenas millas. ¡Oh, les vuelvo la espalda para siempre a esas capitales odiosas, llenas de sacerdotes, de magistrados, de populachos! Prefiero ver cómo se mueven las hojas en los bosques… ¡Sigue con la frente empapada en sudor! En el antebrazo tiene gruesas venas violetas que no me gustan. La causa es la fiebre interior. ¡Oh, todo esto me mata! Duerme, hija mía… Sí, ella duerme.

En ese momento se elevó una voz, una voz inefable que parecía lejana, que parecía venir a la vez de las alturas y las profundidades, divinamente siniestra, la voz de Dea.

Todo lo que Gwynplaine había experimentado hasta ese momento no fue nada ya. Su ángel hablaba. Le parecía oír palabras dichas fuera de la vida en un desvanecimiento lleno de cielo.

La voz decía:

—Ha hecho bien en irse. Este mundo no es el que necesita. Sólo que yo tengo que irme con él. Padre, no estoy enferma; os he oído hablar hace un momento, pero estoy bien, me siento bien, dormía. Padre, voy a ser dichosa.

—Hija mía —preguntó Ursus con el acento de la angustia —, ¿qué quieres decir con eso?

La respuesta fue:

—Padre, no os preocupéis.

Hubo una pausa, como para recobrar el aliento, y luego llegaron a oídos de Gwynplaine estas palabras, pronunciadas lentamente:

—Gwynplaine ya no está aquí. Ahora es cuando soy ciega. No conocía la oscuridad. La oscuridad es la ausencia.

La voz volvió a interrumpirse, y luego continuó:

—Yo temía siempre que se echase a volar; lo sentía celeste. De pronto ha emprendido el vuelo. Eso debía terminar así. Un alma se va como un ave. Pero el nido del alma se halla en una profundidad donde está el gran imán que atrae todo, y sé muy bien dónde volveré a encontrar a Gwynplaine. Conozco bien mi camino, padre: está allá abajo. Más tarde os uniréis conmigo. Y Homo también.

Homo, al oír pronunciar su nombre, dio un golpecito en la cubierta.

—Padre —prosiguió la voz—, comprendéis muy bien que desde el momento en que Gwynplaine no está aquí ya, todo ha terminado. Aunque deseara quedarme no podría hacerlo, porque es necesario respirar. No hay que pedir lo que no es posible. Yo estaba con Gwynplaine y era todo muy sencillo: vivía. Ahora que ya no está Gwynplaine, muero. Es lo mismo. Es necesario que él vuelva o que yo me vaya. Puesto que él no puede volver, yo me voy. Morir es bueno y de ningún modo difícil. Padre, lo que se apaga aquí se enciende en otra parte. Vivir en esta tierra en que estamos oprime el corazón. No es posible que se sea siempre desdichado. En consecuencia, se va a lo que llamáis las estrellas, se casa allí, ya no se separa nunca, se ama, se ama, y eso es el buen Dios.

—Vamos, no te agites —dijo Ursus.

La voz continuó:

—Por ejemplo, el año pasado, en la primavera del año pasado, estábamos juntos, éramos dichosos, y ahora todo es muy distinto. Ya no recuerdo en qué pequeña ciudad estábamos; había árboles y oía cantar a las currucas. Vinimos a Londres y todo cambió. No hago un reproche. Se viene a un lugar y no se puede saber qué va a pasar. Padre, ¿recordáis? Una noche

apareció en el palco una mujer y dijisteis: es una duquesa. Yo me entristecí.

Creo que habría sido mejor quedarse en las ciudades pequeñas. Después de eso, Gwynplaine ha hecho bien. Ahora me toca a mí. Puesto que vos mismo me contasteis que yo era muy pequeña, que mi madre había muerto, que yo estaba tendida en la oscuridad con la nieve que caía sobre mí, y que él, que también era pequeño y también se hallaba completamente solo, me recogió y que por eso vivía, no puede sorprenderos que ahora sienta la necesidad absoluta de partir y que desee ir a la tumba si Gwynplaine se halla en ella.

Porque lo único que existe en la vida es el corazón, y después de la vida, es el alma. Comprendéis lo que quiero decir, ¿verdad, padre?… ¿Qué es lo que se mueve? Me parece que estamos en una casa que se mueve. Sin embargo, no oigo el ruido de las ruedas.

Tras una interrupción, la voz añadió:

—No distingo mucho entre ayer y hoy. No me quejo. Ignoro lo que ha sucedido, pero sin duda han sucedido cosas.

Estas palabras fueron dichas con una profunda dulzura inconsolable, y un suspiro, que oyó Gwynplaine, terminó así:

—Tengo que irme, a menos que él vuelva.

Ursus, sombrío, murmuró a media voz:

—No creo en los aparecidos —y añadió en voz más alta —. Estamos en un barco. Preguntas por qué la casa se mueve; es porque estamos en un barco. Cálmate. No tienes que hablar demasiado. Hija mía, si sientes un poco de amistad por mí, no te agites, para que eso no te dé fiebre. Viejo como soy, no podría soportar que te enfermases. Evítame la pena de enfermarte.

La voz dijo:

—¿Para qué buscar en la tierra si sólo se encuentra en el cielo?

Ursus replicó, casi con una tentativa de autoridad:

—Cálmate. Hay momentos en que careces por completo de inteligencia.

Te recomiendo que descanses. Después de todo, no tienes por qué saber lo que es la vena cava. Estaría tranquilo si lo estuvieras tú. Hija mía, haz algo también por mí. Él te recogió, pero yo te acogí. Te empeñas en enfermarte.

Eso está mal. Tienes que calmarte y dormir. Todo irá bien. Te doy mi palabra de honor de que todo irá bien. Además, tenemos buen tiempo.

Parece una noche hecha expresamente. Mañana estaremos en Rotterdam, que es una ciudad de Holanda, en la desembocadura del Mosa.

—Padre —dijo la voz—, ya lo veis, cuando se está desde la infancia y se ha estado siempre el uno con el otro no debería trastornarse eso, pues entonces hay que morir y ni siquiera hay modo de hacer otra cosa. Yo os quiero, pero tengo la sensación de que ya no estoy completamente con vos, aunque todavía no estoy con él.

—Vamos —insistió Ursus—, trata de volver a dormir.

La voz replicó:

—No será sueño lo que me faltará.

Ursus repitió, con voz temblorosa:

—Te digo que vamos a Holanda, a Rotterdam, que es una ciudad.

—Padre, yo no estoy enferma. Si es eso lo que os inquieta, podéis tranquilizaros. No tengo fiebre, sino un poco de calor, nada más.

Ursus balbuceó:

—En la desembocadura del Mosa.

—Yo estoy bien, padre, pero, ya veis, me siento morir.

—Que no se te ocurra decir semejante cosa — dijo Ursus.

Y añadió para sí:

—¡Sobre todo, que no sufra una conmoción, Dios mío!

Se hizo un silencio.

De pronto Ursus preguntó:

—¿Qué haces? ¿Por qué te levantas? ¡Te lo suplico, quédate acostada!

Gwynplaine se estremeció y asomó la cabeza.

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