El hombre que ríe
4 - No. Allá arriba
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No. Allá arriba
De pronto Dea se desprendió de los brazos de Gwynplaine y se levantó.
Apoyó las dos manos sobre el corazón, como para impedir que se alterase.
—¿Qué me pasa? —preguntó—. Me sucede algo. La alegría ahoga. No es nada. Está bien. Al reaparecer, ¡oh, mi Gwynplaine!, me has dado un golpe. Un golpe de felicidad. Todo el cielo que entra en el corazón produce una embriaguez. Cuando estabas ausente me sentía morir. La verdadera vida que se iba me la has devuelto. Se ha producido en mí un desgarramiento, el desgarramiento de las tinieblas, y he sentido que subía la vida, una vida ardiente, una vida de fiebre y de delicias. Es extraordinaria esa vida que acabas de darme. Es tan celestial que hace sufrir un poco. Es como si el alma se agrandase y le fuera difícil mantenerse en nuestro cuerpo. Esa vida de los serafines, esa plenitud, afluye a mi cabeza y me penetra. Siento como un aleteo en el pecho. Me siento extraña, pero muy dichosa. Gwynplaine, me has resucitado.
Enrojeció, luego palideció, volvió a enrojecer y cayó.
—¡Ay! —Exclamó Ursus—. ¡La has matado!
Gwynplaine tendió los brazos hacia Dea. ¡Qué choque la angustia suprema sobreviniendo en el supremo éxtasis! Él también habría caído si no hubiera tenido que sostenerla.
—¡Dea! —gritó estremecido—. ¿Qué te pasa?
—Nada —contestó ella—. Te amo.
Se hallaba en brazos de Gwynplaine como un lienzo que se ha recogido.
Le colgaban las manos.
Gwynplaine y Ursus acostaron a Dea en el colchón. Ella dijo débilmente:
—No puedo respirar acostada.
La sentaron y Ursus pidió:
—¡Una almohada!
Ella replicó:
—¿Para qué? Tengo a Gwynplaine.
Apoyó la cabeza en el hombro de Gwynplaine, sentado tras ella y sosteniéndola, con los ojos llenos de un extravío infortunado.
—¡Oh! —Exclamó ella—. ¡Qué bien me siento!
Ursus le había tomado la muñeca y contaba las pulsaciones de la arteria.
No movía la cabeza, no decía nada y no se podía adivinar lo que pensaba sino por los rápidos movimientos de sus párpados, que se abrían y se cerraban convulsivamente, como para impedir que brotara una corriente de lágrimas.
—¿Qué le pasa? —preguntó Gwynplaine.
Ursus aplicó el oído al costado izquierdo de Dea.
Gwynplaine repitió ansiosamente su pregunta, temblando de temor de que Ursus no la contestase.
Ursus miró a Gwynplaine y luego a Dea. Estaba pálido. Dijo:
—Debemos estar a la altura de Canterbury. La distancia de aquí a Gravesend no es grande. Tendremos buen tiempo durante toda la noche. No hay que temer un ataque en el mar, pues las flotas de guerra están en la costa de España. Tendremos una buena travesía.
Dea, doblada y cada vez más pálida, sobaba con sus dedos convulsivos la tela de la bata. Lanzó un suspiro indeciblemente pensativo y murmuró:
—Comprendo qué es esto. Me muero.
Gwynplaine se levantó, terrible. Ursus sostuvo a Dea.
—¡Morir! ¡Morir tú! ¡No, eso no sucederá! Tú no puedes morir. ¡Morir ahora! ¡Morir en seguida! Eso no es posible. Dios no es feroz. ¡Devolverte y volver a tomarte en el mismo minuto! No, esas cosas no suceden. En ese caso sería Dios quien desearía que se dude de él. ¡Todo sería una trampa, la tierra, el cielo, la cuna de los niños, el amamantamiento de las madres, el corazón humano, el amor, las estrellas! ¡Dios sería un traidor y el hombre un cándido! ¡No poseería nada! ¡Habría que insultar a la creación! ¡Todo sería un abismo! No sabes lo que dices, Dea. Vivirás. Yo exijo que vivas y debes obedecerme. Soy tu marido y tu dueño. Te prohíbo que me
abandones. ¡Oh, cielos! ¡Qué miserables son los hombres! No, eso no puede ser. ¿Y yo me quedaría en este mundo sin ti? Eso es tan monstruoso como si no hubiera sol. Dea, Dea, reponte. Es un instante de angustia que va a pasar.
A veces se sienten escalofríos y luego ya no se piensa en ellos. Necesito absolutamente que estés bien y que no sufras más. ¡Tú, morir! ¿Qué te he hecho? Con solo pensar en ello me enloquezco. Somos el uno del otro, nos amamos. No tienes motivo alguno para irte. Eso sería injusto. ¿He cometido delitos? Pero tú me has perdonado. ¡Oh, tú no quieres que yo me convierta en un desesperado, en un malvado, en un furioso, en un condenado! ¡Dea, te lo ruego, te lo suplico con las manos juntas: no te mueras!
Y, crispando los puños en sus cabellos, agonizante de espanto, ahogado por las lágrimas, se arrojó a sus pies.
—Mi Gwynplaine —dijo Dea—, yo no tengo la culpa. Le salió a los labios un poco de espuma rosada, que Ursus secó con un pliegue de la bata sin que Gwynplaine, prosternado, lo viese. Gwynplaine abrazaba los pies de Dea y le imploraba con toda clase de palabras confusas:
—Te digo que no lo quiero. ¡Morir, tú! No tendría fuerza para soportarlo. Morir, sí, pero juntos, no de otra manera. ¡Morir tú, Dea! No puedo consentirlo. ¡Mi divinidad, mi amor, comprende que estoy aquí! Te juro que vivirás. ¡Morir! Pero entonces no te imaginas lo que sería de mí después de tu muerte. Si tuvieras idea de la necesidad que tengo de no perderte verías que eso es completamente imposible. ¡Dea, sólo te tengo a ti! Lo que me ha sucedido es extraordinario. No te imaginas que acabo de atravesar toda la vida en unas pocas horas. Y he comprobado algo: que no existe nada absolutamente. Sólo tú existes. Si tú no estás en él, el universo ya no tiene sentido. ¡Quédate, ten compasión de mí! Puesto que me amas, vive. Acabo de encontrarte y es para conservarte. Espera un poco. No se va así cuando se está juntos desde hace apenas unos pocos instantes. No te impacientes. ¡Ah, Dios mío, cómo sufro! No me guardas rencor, ¿verdad?
Comprendes que no pude hacer otra cosa, pues era el wapentake el que fue a buscarme. Verás cómo respiras mejor dentro de poco. Dea, todo se ha arreglado, vamos a ser dichosos. No hagas que me desespere. ¡Dea, yo no te he hecho nada!
Esas palabras no fueron dichas, sino sollozadas. Se sentía en ellas una mezcla de abatimiento y de rebelión. Salía del pecho de Gwynplaine un gemido que habría atraído a las palomas y un rugido que habría hecho retroceder a los leones.
Dea le respondió, con una voz cada vez menos perceptible, interrumpiéndose casi a cada palabra:
—¡Ay, es inútil!… Mi muy querido, veo bien que haces lo que puedes…
Hace una hora quería morir, ahora no lo desearía… ¡Gwynplaine, mi Gwynplaine adorado, qué felices hemos sido!… Dios te puso en mi vida y ahora me retira de la tuya… Me voy… Te acordarás de la Green-Box,
¿verdad? ¿Y de tu pobre cieguecita Dea?… Te acordarás de mi canción. No olvides el sonido de mi voz y la manera como te decía: ¡Te amo!… Volveré a decírtelo, por la noche, cuando duermas… Nos hemos vuelto a encontrar, pero ha sido una alegría excesiva. Eso tenía que terminar en seguida… Soy decididamente yo la primera que parto. Quiero mucho a mi padre Ursus y a nuestro hermano Homo. Sois buenos… Aquí falta el aire. Abrid la ventana… Mi Gwynplaine, no te lo había dicho, pero porque una vez vino una mujer yo estuve celosa. Ni siquiera sabes a qué me refiero, ¿verdad?…
Tapadme los brazos, siento un poco de frío… ¿Y Fibi, y Vinos, dónde están?… Se termina queriendo a todo el mundo. Se toma cariño a las personas que os han visto ser dichosos. Se les agradece haber estado presentes mientras uno se sentía satisfecho. ¿Por qué ha terminado todo eso? No he comprendido bien lo que ha sucedido desde hace dos días.
Ahora muero… Me dejaréis con esta bata. De tanto ponérmela pensaba que sería mi sudario. Quiero conservarla, pues hay en ella besos de Gwynplaine… ¡Oh, sin embargo yo habría querido seguir viviendo! ¡Qué vida encantadora teníamos en nuestra pobre barraca rodante! Se cantaba, yo oía los aplausos… ¡Qué agradable era no estar nunca separados! Me parecía que estaba en una nube con vosotros, me daba cuenta de todo, distinguía un día de otro y, aunque ciega, reconocía la mañana porque oía a Gwynplaine y reconocía la noche porque soñaba con Gwynplaine. Sentía a mí alrededor una envoltura que era su alma. Nos hemos adorado apaciblemente… Todo eso termina y ya no habrá más canciones. ¡Ay, no es posible seguir viviendo! ¿Te acordarás de mí, querido?
Su voz se iba debilitando. La decadencia lúgubre de la agonía le quitaba el aliento. Replegó el pulgar bajo los otros dedos, señal de que el último momento se acerca. El balbuceo del ángel que comenzaba parecía esbozarse en aquel suave estertor de la virgen.
Dea murmuró:
—Me recordaréis, ¿verdad?, pues sería muy triste que esté muerta si no se acuerdan de mí. A veces he sido mala, y os pido perdón a todos… Estoy segura de que, si el buen Dios lo hubiera querido, como no tenemos mucho espacio, habríamos sido todavía felices, mi Gwynplaine, pues nos habríamos ganado la vida y habríamos estado juntos en otro país, pero el buen Dios no lo ha querido… No sé en absoluto por qué muero, pues no me quejaba de ser ciega y no ofendía a nadie. No habría pedido nada mejor que seguir siendo ciega a tu lado. ¡Oh, qué triste es irse!
Sus palabras jadeaban y se extinguían una tras otra, como si las hubieran soplado. Ya casi no se la oía.
—Gwynplaine —añadió—, ¿verdad que pensarás en mí? Lo necesitaré cuando esté muerta.
Y agregó:
—¡Oh, retenedme!
Luego, tras un silencio, dijo:
—Ven a unirte conmigo lo más pronto que puedas. Voy a ser muy desdichada sin ti, aun en la presencia de Dios. ¡No me dejes sola demasiado tiempo, querido Gwynplaine! Es aquí donde estaba el Paraíso. Allí arriba solamente está el cielo… ¡Oh, me ahogo! ¡Querido, querido, querido!
—¡Perdón! —gritó Gwynplaine.
—¡Adiós! —dijo ella.
—¡Perdón! —repitió Gwynplaine.
Y pegó su boca a las bellas manos heladas de Dea.
Durante un instante pareció que la joven no respiraba ya.
Luego se alzó sobre los codos, un fulgor profundo atravesó sus ojos y esbozó una sonrisa inefable. Su voz estalló, sonora:
—¡Luz! ¡Veo!
Y expiró.
Quedó tendida e inmóvil en el colchón.
—Muerta —dijo Ursus.
Y el pobre anciano, como aplastado por la desesperación, inclinó la cabeza calva y hundió el rostro sollozante en los pliegues de la bata a los pies de Dea. Y así quedó desvanecido.
Entonces Gwynplaine se hizo espantoso.
Se puso en pie, levantó la cabeza y contempló sobre él la noche inmensa.
Luego, sin que nadie lo viera, aunque mirado tal vez en aquellas tinieblas por alguien invisible, tendió los brazos hacia la profundidad del cielo y dijo:
—Voy.
Se dirigió por la cubierta del barco hacia la borda, como si una visión lo atrajese.
A algunos pasos estaba el abismo.
Avanzaba lentamente, sin mirar donde pisaba.
Sonreía como acababa de sonreír Dea.
Caminaba en línea recta y parecía ver algo.
Tenía en los ojos un fulgor que era como la reverberación de un alma vista a lo lejos.
—¡Sí! —gritó.
A cada paso se acercaba a la borda.
Avanzaba rígido, con los brazos alzados, la cabeza inclinada hacia atrás, la mirada fija, con un movimiento de fantasma.
Avanzaba sin prisa y sin vacilación, con una precisión fatal, como si no tuviera muy cerca el abismo y la tumba abierta.
—Tranquilízate —murmuraba—. Te sigo. Veo muy bien la señal que me haces.
No apartaba la vista de un punto del cielo en lo más alto de la oscuridad, y sonreía.
El cielo estaba completamente negro, ya no había estrellas, pero evidentemente él veía una.
Cruzó la cubierta.
Tras algunos pasos rígidos y siniestros llegó a la borda.
—Ya llego, Dea —dijo—. Aquí estoy.
Siguió avanzando. No había parapeto. El vacío estaba ante él y puso allí el pie.
Cayó.
La oscuridad era densa y cavernosa, el agua profunda. Se hundió. Fue una desaparición tranquila y sombría. Nadie vio ni oyó nada. El barco siguió navegando y el río corriendo.
Poco después el navío entró en el océano.
Cuando Ursus recobró el conocimiento no vio ya a Gwynplaine y vislumbró cerca de la borda a Homo que aullaba en la sombra mirando el mar[122].
FIN
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