El hombre que ríe

Victor Hugo · Capítulo 112 de 126

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El hombre que ríe

3 - La vieja sala

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La vieja sala

Cerca de la abadía de Westminster había un antiguo palacio normando que se incendió en el reinado de Enrique VIII. Quedaron dos alas. Eduardo VI instaló en una la Cámara de los Lores y en la otra la Cámara de los Comunes.

Ni las dos alas ni las dos salas existen al presente, pues han reedificado todo eso.

Lo hemos dicho y debemos insistir en ello: no hay parecido alguno entre la Cámara de los Lores actual y la de antaño. Demolieron el viejo palacio, lo que demolió también un poco los viejos usos. Los golpes de piqueta en los monumentos tienen sus contragolpes en las costumbres y las leyes fundamentales. Una piedra vieja no cae sin arrastrar consigo a una ley vieja. Instalad en una sala redonda el senado de una sala cuadrada y será otro. La concha modificada deforma al molusco.

Si queréis conservar una cosa vieja, humana o divina, código o dogma, patriciado o sacerdocio, no reconstruyáis nada, ni siquiera la envoltura.

Hacedle remiendos todo lo más. Por ejemplo, el jesuitismo es un remiendo en el catolicismo. Tratad a los edificios como tratáis a las instituciones.

Las sombras deben habitar en las ruinas. Las potencias decrépitas están incómodas en los edificios recién decorados. Las instituciones harapos necesitan los palacios ruinosos.

Mostrar el interior de la Cámara de los Lores de antaño es mostrar lo desconocido. La historia es oscuridad. En la historia no hay segundo plano.

La decadencia y la oscuridad se apoderan inmediatamente de todo lo que no está ya en el proscenio del teatro. Si se quita la decoración todo desaparece y olvida. El Pasado tiene un sinónimo: lo Ignorado.

Los pares de Inglaterra se reunían, como tribunal de justicia, en la gran sala de Westminster, y como alta cámara legislativa, en una sala especial llamada «casa de los lores», house of the lords.

Además del tribunal de los pares de Inglaterra, que sólo se reunía cuando lo convocaba la Corona, los dos grandes tribunales ingleses, inferiores al de los pares, pero superiores a toda otra jurisdicción, celebraban sus sesiones en la gran sala de Westminster. En el extremo alto de esa sala ocupaban dos compartimientos que se tocaban. El primer tribunal era la audiencia del banco del Rey, al que se consideraba presidido por el monarca; el segundo era la audiencia de la Cancillería, que presidía el canciller. El uno era tribunal de justicia y el otro tribunal de misericordia.

Era el canciller quien aconsejaba al Rey los perdones, raras veces. Esos dos tribunales, que existen todavía, interpretaban la legislación y la rehacían un

poco; el arte del juez consiste en convertir el código en jurisprudencia, trabajo del que la equidad sale como puede. La legislación se fabricaba y se aplicaba en ese lugar severo, la gran sala de Westminster. Esa sala tenía una bóveda de castaño en la que no podían encajar las telas de araña; bastaba con que se introdujeran en las leyes.

Sesionar como tribunal y sesionar como cámara son dos cosas distintas.

Esta dualidad constituye el poder supremo. El Parlamento Largo, que comenzó el 3 de noviembre de 1640, sintió la necesidad revolucionaria de esa doble espada. En consecuencia, se declaró, como Cámara de los Pares, poder judicial al mismo tiempo que poder legislativo.

Ese doble poder era inmemorial en la Cámara de los Lores. Acabamos de decirlo: como jueces, los lores ocupaban Westminster-Hall; como legisladores disponían de otra sala.

Esa otra sala, llamada propiamente Cámara de los Lores, era oblonga y estrecha. Tenía como única iluminación cuatro ventanas profundamente entalladas en la bóveda y que recibían la luz por el techo, más, sobre el dosel regio, una claraboya de seis vidrios, con cortinas; de noche la única luz era la que daban doce semi-candelabros aplicados a la pared. La sala del Senado de Venecia estaba todavía menos iluminada. Cierta sombra agrada a esos búhos de la omnipotencia.

En la sala donde se reunían los lores se redondeaba con planos poliédricos una alta bóveda con artesones dorados. Los comunes sólo tenían un techo plano. Todo tiene un sentido en las construcciones monárquicas.

En un extremo de la larga sala de los lores se hallaba la puerta, y en el otro, frente a ella, el trono. A algunos pasos de la puerta la barra, corte transversal, especie de frontera, marcaba el lugar donde terminaba el pueblo y comenzaba el señorío. A la derecha del trono, una chimenea, con un blasón en el pináculo, tenía dos bajorrelieves de mármol que representaban, el uno la victoria de Cuthwolph sobre los bretones en 572, y el otro el plano geométrico de la villa de Dunstable, que sólo tiene cuatro calles paralelas a las cuatro partes del mundo. Tres escalones elevaban el trono. Al trono se lo llamaba «silla real». En las dos paredes que se enfrentaban se desplegaba, en cuadros sucesivos, un gran tapiz regalado a los lores por Isabel y que representaba toda la aventura de la armada desde su partida de España hasta

su naufragio delante de Inglaterra. Los altos acastillajes de los navíos estaban tejidos con hilos de oro y de plata, los que, con el tiempo, se habían ennegrecido. A ese tapiz, cortado de trecho en trecho por los candelabros aplicados, estaban adosados a la derecha del trono tres hileras de bancos para los obispos, y a la izquierda tres hileras de bancos para los duques, los marqueses y los condes, en gradas y separadas por poyos. En los tres bancos de la primera sección se sentaban los duques, en los tres bancos de la segunda los marqueses, y en los tres bancos de la tercera los condes. El banco de los vizcondes, en escuadra, hacía frente al trono, y detrás, entre los vizcondes y la barra había dos bancos para los barones. En el banco alto, a la derecha del trono, estaban los dos arzobispos, el de Canterbury y el de York; en el banco intermedio, tres obispos, los de Londres, Durham y Winchester; los otros obispos se sentaban en el banco de abajo. Entre el arzobispo de Canterbury y los otros obispos existe la diferencia importante de que él es obispo por la divina Providencia, en tanto que los otros lo son por la divina permisión. A la derecha del trono se veía una silla para el príncipe de Gales, y a la izquierda sillas de tijera para los duques reales, y detrás de esas sillas de tijera una grada para los jóvenes pares menores de edad que todavía no tenían asiento en la cámara. En todas partes había muchas flores de lis, y el gran escudo de armas de Inglaterra en las cuatro paredes, tanto sobre los pares como sobre el Rey. Los hijos de pares y los herederos de pairía asistían a las deliberaciones, en pie detrás del trono, entre el dosel y la pared. El trono en el fondo, y a los tres lados de la sala las tres hileras de bancos de los pares, dejaban libre un gran espacio cuadrado.

En ese espacio cuadrado, cubierto con la alfombra de gala con el escudo de Inglaterra, había cuatro sacas de lana, una delante del trono, donde se sentaba el canciller entre la maza y el sello; una delante de los obispos, donde se sentaban los jueces consejeros de Estado, con asiento pero no voz; una delante de los duques, marqueses y condes, donde se sentaban los secretarios de Estado; una delante de los vizcondes y barones, donde se sentaban el escribano de la Corona y el del Parlamento y donde escribían los dos sub-escribanos de rodillas. En el centro del cuadrado se veía una gran mesa tapizada cargada con legajos, registros y libros de asiento, con macizos tinteros de orfebrería y altas antorchas en los cuatro ángulos. Los

pares se sentaban por orden cronológico, cada uno de acuerdo con la fecha de la creación de su pairía. Tenían categoría según el título, y en el título según la antigüedad. En la barra se situaba el ujier de la vara negra, en pie y con la vara en la mano. En la parte interior de la puerta se colocaba el funcionario del ujier, y en la parte exterior el pregonero de la vara negra, que tenía por función abrir las sesiones de justicia con el grito: Oyez! en francés, lanzado tres veces y apoyado solemnemente en la primera sílaba.

Cerca del pregonero se hallaba el macero del canciller.

En las ceremonias reales, los pares temporales tenían la corona en la cabeza, y los pares espirituales la mitra.

Los arzobispos llevaban la mitra con corona ducal, y los obispos, que siguen en categoría a los vizcondes, la mitra con tortil de barón.

Observación extraña y que constituye una enseñanza: ese cuadrado formado por el trono, los obispos y los barones y en el que hay magistrados de rodillas, era el primer Parlamento de Francia bajo los dos primeros linajes. La autoridad presentaba el mismo aspecto en Francia y en Inglaterra. Hincmar, en De ordinatione sacri palatii[118], describe en el año 853 la Cámara de los Lores reunida en Westminster en el siglo XVIII. Es una especie de acta rara hecha con novecientos años de anticipación.

¿Qué es la historia? Un eco del pasado en el porvenir. Y un reflejo del porvenir en el pasado.

La reunión del Parlamento no era obligatoria sino cada siete años.

Los lores deliberaban en secreto, con las puertas cerradas. Las sesiones de los comunes eran públicas. La popularidad parecía disminución.

El número de los lores era ilimitado. Nombrar lores era la amenaza de la realeza. Y un modo de gobernar.

A comienzos del siglo XVIII la Cámara de los Lores contaba ya con muchos miembros. Desde entonces han aumentado. Diluir a la aristocracia es una política. Isabel cometió tal vez un error al condensar la pairía en sesenta y cinco lores. El señorío menos numeroso es más intenso. En las asambleas cuantos más son los miembros son menos las cabezas. Jacobo II lo comprendió al llevar a la cámara alta a ciento ochenta y ocho lores, ciento ochenta y seis si se descuentan de esas pairías las dos duquesas de la

alcoba real, las de Portsmouth y Cleveland. En el reinado de Ana el número total de los lores, incluidos los obispos, era de doscientos siete.

Sin contar al duque de Cumberland, marido de la Reina, había veinticinco duques, el primero de los cuales, Norfolk, no tenía asiento en el Parlamento, pues era católico, y el último, Cambridge, príncipe electoral de Hanovre, tenía asiento, aunque era extranjero. Winchester, calificado como primero y único marqués de Inglaterra, como Astora era el único marqués de España, estaba ausente, pues era jacobita, por lo que estaban presenten cinco marqueses, el primero de los cuales era Lindsey y el último Lothian; setenta y nueve condes, el primero de los cuales era Derby y el último Islay; nueve vizcondes, el primero de los cuales era Hereford y el último Hervey.

A lord Hervey, por ser el último barón, se lo llamaba «el segundón» de la cámara. Derby, que, aventajado por Oxford, Shrewsbury y Kent, era sólo el tercero bajo Jacobo II, llegó a ser bajo Ana el primero de los condes. Dos nombres de cancilleres habían desaparecido de la lista de los barones: Verulam, bajo el cual la historia encuentra a Bacon, y Wem, bajo el cual la historia encuentra a Jeffrys. Bacon y Jeffrys con nombres diversamente sombríos. En 1705 los veintiséis obispos no eran más que veinticinco, pues la sede de Chester estaba vacante. Entre los obispos, algunos eran muy grandes señores, como William Talbot, obispo de Oxford, jefe de la rama protestante de su casa. Otros eran doctores eminentes, como John Sharp, arzobispo de York, ex deán de Norwick; el poeta Thomas Spratt, obispo de Rochester, buen hombre apoplético; y el obispo de Lincoln, que debía morir como arzobispo de Canterbury, Wake, el adversario de Bossuet.

En las ocasiones importantes, y cuando había que recibir una comunicación de la Corona a la cámara alta, toda esa multitud augusta, con togas, pelucas, capelos eclesiásticos y sombreros con plumas, alineaba sus hileras de cabezas en la sala de los pares, a lo largo de las paredes en las que se veía vagamente a la tempestad exterminando a la armada española. Por supuesto, esa tempestad estaba a las órdenes de Inglaterra.

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