El hombre que ríe
7 - Barkilphedro se abre camino
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Barkilphedro se abre camino
Hay ante todo algo obligado: ser ingrato.
Barkilphedro no dejó de serlo.
Habiendo recibido tantos beneficios de Josiana, era natural que sólo pensase en una cosa: en vengarse.
Añadamos que Josiana era bella, grande, joven, rica, poderosa e ilustre y que Barkilphedro era feo, pequeño, viejo, pobre, protegido y oscuro. Era necesario que se vengase de eso.
Cuando se está hecho de oscuridad, ¿cómo se pueden perdonar tantos rayos?
Barkilphedro era un irlandés que había renegado de Irlanda, mala especie.
Sólo tenía una cosa en su favor: una panza muy grande.
Una gran panza pasa por ser una señal de bondad. Pero esa panza aumentaba la hipocresía de Barkilphedro, pues aquel hombre era muy malo.
¿Qué edad tenía? Ninguna, la necesaria para su plan del momento. Era viejo por las arrugas y el cabello gris, y joven por su agilidad mental. Era ligero y pesado, una especie de hipopótamo-mono. Realista, por supuesto; republicano, acaso; católico, tal vez; protestante, sin duda. Partidario de Estuardo, probablemente; y de Brunswick, evidentemente. Estar en favor no es una fuerza sino con la condición de estar al mismo tiempo en contra.
Barkilphedro practicaba esa sabiduría.
El cargo de «destapador de botellas del océano» no era tan ridículo como había parecido insinuar Barkilphedro. Las reclamaciones, que ahora se llamarían declamaciones, de Garcie-Ferrandez en su Derrotero del mar contra el despojo de las varaduras, llamado derecho de pecio, y contra el saqueo de los restos de barcos náufragos por los habitantes de las costas,
habían causado sensación en Inglaterra y conseguido para los náufragos el progreso de que sus bienes, efectos y propiedades, en vez de ser robados por los campesinos, fueran confiscados por el lord almirante.
Todos los restos del mar arrojados a la costa inglesa, mercaderías, cascos de navíos, fardos, cajas, etcétera, pertenecían al lord almirante; pero, y en eso se revelaba la importancia del puesto solicitado por Barkilphedro, los recipientes flotantes que contenían mensajes e informaciones despertaban particularmente la atención del Almirantazgo. Los naufragios constituyen una de las graves preocupaciones de Inglaterra.
Como la navegación es su vida, el naufragio es su inquietud. Inglaterra padece la inquietud perpetua del mar. La ampolleta de vidrio que arroja a las olas un barco en dificultades contiene una información suprema, preciosa desde todos los puntos de vista. Información sobre el barco, información sobre la tripulación, información sobre el lugar, la época y el modo del naufragio; información sobre los vientos que han destrozado al barco, información sobre las corrientes que han llevado la botella flotando a la costa. La función que desempeñaba Barkilphedro fue suprimida hace más de un siglo, pero era verdaderamente útil. El último titular fue William Hussey, de Doddington en Lincoln. El hombre que tenía ese puesto era una especie de chismoso de las cosas del mar. Todos los recipientes cerrados y sellados, botellas, ampollas, botijos, etcétera, arrojados al litoral inglés por la marea, le eran enviados; él sólo tenía derecho a abrirlos; era el primero en conocer el secreto de su contenido; los clasificaba y los rotulaba en su archivo; la expresión loger un papier au greffe, empleada todavía en las islas de la Mancha, tiene ese origen. La verdad es que se había tomado una precaución. Ninguno de esos recipientes podía ser abierto y vaciado sino en presencia de dos jurados del Almirantazgo comprometidos a guardar secreto, los que firmaban, juntamente con el titular del departamento Jetson, el acta de la apertura. Pero como esos jurados debían guardar silencio, el resultado era para Barkilphedro cierto margen discrecional; de él dependía, hasta cierto punto, suprimir un hecho o darlo a conocer.
Esos frágiles restos de naufragios estaban lejos de ser, como Barkilphedro había dicho a Josiana, raros e insignificantes. Ora llegaban a tierra rápidamente, ora al cabo de años, lo que dependía de los vientos y las
corrientes. Esa moda de las botellas arrojadas al agua ha pasado un poco, como la de los ex-votos, pero en esa época religiosa los que iban a morir enviaban de buena gana de esa manera su último pensamiento a Dios y a los hombres; y a veces esas misivas del mar abundaban en el Almirantazgo. Un pergamino que se conserva en el castillo de Audlyene (vieja ortografía) y que está anotado por el conde de Suffolk, gran tesorero de Inglaterra en el reinado de Jacobo I, hace constar que solamente en el año 1615 cincuenta y dos calabazas, ampollas y otros recipientes embreados que contenían menciones de barcos en peligro de naufragio fueron llevados y registrados en el archivo de lord almirante.
Los cargos en la Corte son como la gota de aceite que se ensancha constantemente. Así el portero se convierte en canciller y el palafrenero en condestable. El funcionario especial encargado del puesto que deseaba y obtuvo Barkilphedro era habitualmente un hombre de confianza. Isabel lo había querido así. En la Corte quien dice confianza dice intriga, y quien dice intriga dice progreso. Ese funcionario había terminado siendo un poco personaje. Era escribiente y en cuanto a la categoría figuraba inmediatamente después de los dos grooms de la capellanía. Tenía entrada en palacio, aunque, digámoslo, «la entrada humilde», humilis introitus, y hasta en el dormitorio. Pues la costumbre era que informase a la persona regia, cuando la ocasión valía la pena, de sus hallazgos, con frecuencia muy curiosos; testamentos de desesperados, adioses a la patria, revelaciones de baraterías y de delitos en el mar, legados a la Corona, etc.; que mantuviese a su oficina en comunicación con la Corte, y que de cuando en cuando diese cuenta a Su Majestad de esa apertura de botellas siniestras. Era el cuarto oscuro del océano.
Isabel, a quien gustaba hablar en latín, preguntaba a Tamfeld de Coley en Berkshire cuando le llevaba algunos de esos papelotes salidos del mar:
« Quid mihi scribit Neptunus? (¿Qué me escribe Neptuno?)».
La abertura estaba hecha. La termita había logrado su propósito.
Barkilphedro se acercaba a la Reina.
Eso era todo lo que él quería.
¿Para hacer su fortuna?
No.
Para deshacer la de los otros.
Es una dicha mayor.
Hacer daño es gozar.
Poseer el deseo de hacer daño, vago pero implacable, y no perderlo jamás de vista es algo que no les es dado a todos. Barkilphedro tenía esa idea fija.
La adherencia de hocico que posee el buldog la tenía su pensamiento.
Sentirse inexorable le daba un fondo de satisfacción sombría. Si tenía una presa en los dientes, o en el alma la certidumbre de hacer daño, nada le faltaba.
La esperanza del frío ajeno le hacía tiritar de satisfacción.
Ser malvado es una opulencia. Tal hombre al que se cree pobre y que lo es en efecto posee toda su riqueza en malicia, y la prefiere así. Todo consiste en la satisfacción que se siente. Hacer una mala pasada, que es lo mismo que una buena pasada, vale más que el dinero; es mala para quien la soporta y buena para quien la hace. Katesby, el colaborador de Guy Fawkes en el complot papista de la pólvora, dijo: «¡Ver saltar al Parlamento por el aire! No renunciaría a eso por un millón de libras esterlinas».
¿Qué era Barkilphedro? Lo más pequeño y lo más terrible que existe: un envidioso.
La envidia es algo que se encuentra siempre en la Corte.
La Corte abunda en impertinentes, en desocupados, en ricos holgazanes hambrientos de chismografías, en buscadores de una aguja en un pajar, en intrigantes, en burlones burlados, en necios ingeniosos que necesitan la conversación de un envidioso.
¡Qué refrescante es el mal que os dicen de los otros!
La envidia es una buena materia prima para hacer un espía.
Hay una profunda analogía entre esa pasión natural, la envidia, y esa función social, el espionaje. El espía caza por cuenta ajena, como el perro; el envidioso caza por su propia cuenta, como el gato.
Un yo feroz: eso es el envidioso.
Barkilphedro poseía otras cualidades: era discreto, secreto, concreto.
Conservaba todo y se vaciaba de su odio. Una enorme vileza implica una enorme vanidad. Era querido por aquellos a quienes divertía y odiado por
los otros, pero se sentía desdeñado por los que le odiaban y despreciado por los que le querían. Se contenía. Todas sus contrariedades hervían sin ruido en su resignación hostil. Se indignaba, como si los bribones tuvieran ese derecho. Era presa de furores silenciosamente. En tragar todo consistía su talento. Experimentaba sordas iras interiores, frenesíes de rabia subterránea, llamaradas empolladas y negras de las que no se daba cuenta; era un irascible fumívoro. La superficie sonreía. Era servicial, diligente, fácil, amable, complaciente. Saludaba a cualquiera en cualquier parte. Ante un soplo de viento se inclinaba hasta el suelo. ¡Qué fuente de fortuna es tener como columna vertebral un junco!
Estos seres reservados y venenosos no son tan raros como se cree.
Vivimos rodeados de deslizamientos siniestros. ¿Por qué existen los malhechores? Es una pregunta punzante. El soñador se la hace sin cesar y el pensador nunca la resuelve. A eso se debe la mirada triste de los filósofos, siempre fija en esa montaña de tinieblas que es el destino y de lo alto de la cual el espectro colosal del mal deja caer puñados de serpientes a la tierra.
Barkilphedro tenía el cuerpo obeso y el rostro delgado, las uñas estriadas y cortas, los dedos nudosos, los pies planos, el cabello grueso, mucha distancia entre una sien y la otra, y una frente de asesino, ancha y baja. Ocultaba la vileza de su mirada bajo un matorral de cejas. La nariz, larga, puntiaguda, gibosa y blanda, casi se pegaba a la boca. Barkilphedro, convenientemente vestido de emperador, se habría parecido un poco a Domiciano. Su rostro, de un color amarillo rancio, parecía modelado con una pasta viscosa; sus mejillas inmóviles parecían de cemento; tenía toda clase de feas arrugas refractarias; el ángulo de la mandíbula era tosco, el mentón pesado, las orejas ruines. Cuando descansaba y visto de perfil, su labio superior levantado en ángulo agudo dejaba ver dos dientes. Esos dientes parecían miraros. Los dientes miran lo mismo que el ojo muerde.
Paciencia, templanza, continencia, reserva, moderación, amenidad, deferencia, suavidad, cortesía, sobriedad, castidad, completaban a Barkilphedro. Calumniaba a sus virtudes poseyéndolas.
En poco tiempo Barkilphedro estuvo firmemente asentado en la Corte.
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