El hombre que ríe

Victor Hugo · Capítulo 116 de 126

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El hombre que ríe

7 - Las tempestades de los hombres son peores que las de los océanos

7

Las tempestades de los hombres son peores que las

de los océanos

Las puertas volvieron a cerrarse; el ujier de la vara negra entró; los lores comisarios abandonaron el banco oficial y fueron a sentarse a la cabeza del banco de los duques, en los lugares correspondientes a sus cargos, y el lord canciller tomó la palabra:

—Milores: como la cámara viene deliberando desde hace muchos días sobre el proyecto de ley que propone el aumento en cien mil libras esterlinas de la provisión anual de su alteza real el príncipe esposo de Su Majestad, el debate ha quedado agotado y cerrado y se va a proceder a la votación. El voto será tomado, según la costumbre, comenzando por el segundón del banco de los barones. Cada lord, cuando se pronuncie su nombre, se levantará y responderá content o not content, y podrá exponer los motivos de su voto, si lo juzga conveniente. Escribano, proceded a la votación.

El escribano del Parlamento, puesto en pie, abrió un gran infolio colocado en un pupitre dorado y que era el Libro de la Pairía.

El segundón de la cámara en esa época era lord John Hervey, creado barón y par en 1703 y del que descienden los marqueses de Bristol.

El escribano llamó:

—Milord John, barón Hervey.

Un anciano con peluca rubia se levantó y dijo:

— Content.

Volvió a sentarse y el sub-escribano registró el voto.

El escribano continuó:

—Milord Francis Seymour, barón Conway de Killultagh.

— Content —murmuró, levantándose a medias un elegante joven con cara de doncel que iba a ser el abuelo de los marqueses de Hertford.

—Milord John Leveson, barón Gower —llamó el escribano.

Este barón, del que iban a descender los duques de Sutherland, se levantó y dijo mientras volvía a sentarse:

— Content.

El escribano llamó:

—Milord Heneage Finch, barón Guernesey.

El abuelo de los condes de Aylesford, no menos joven ni menos elegante que el antepasado de los marqueses de Hertford, justificó su divisa Aperto vivere voto por la altivez de su consentimiento.

— Content —gritó.

Mientras se sentaba, el escribano llamó al quinto barón:

—Milord John, barón Granville.

— Content —contestó, levantándose y volviendo a sentarse inmediatamente lord Granville de Potheridge, cuya pairía sin porvenir iba a extinguirse en 1709.

El escribano pasó al sexto:

—Milord Charles Mountague, barón Halifax.

— Content —dijo lord Halifax, poseedor de un título bajo el cual se había extinguido el nombre de Saville e iba a desaparecer el nombre de Mountague, distinto de Montagu y de Mountacute.

Y lord Halifax añadió:

—El príncipe Jorge tiene una dotación como esposo de Su Majestad, otra como príncipe de Dinamarca, otra como duque de Cumberland y otra como lord gran almirante de Inglaterra e Irlanda, pero no la tiene como generalísimo. Eso es una injusticia. Hay que hacer que termine ese desorden en interés del pueblo inglés.

Luego lord Halifax elogió la religión cristiana, reprobó el papismo y votó el subsidio.

Cuando se sentó lord Halifax, el escribano llamó:

—Milord Christoph, barón Barnard.

Lord Barnard, de quien debían nacer los duques de Cleveland, se levantó y contestó:

— Content.

Tardó algún tiempo en volver a sentarse, pues tenía una golilla de encaje que valía la pena de contemplar. Por lo demás, era un digno gentilhombre y un oficial valiente.

Mientras lord Barnard volvía a sentarse, el escribano, que leía rutinariamente, vaciló un poco. Se aseguró los anteojos y se inclinó sobre el registro redoblando su atención, y luego levantó la cabeza y dijo:

—Milord Fermain Clancharlie, barón Clancharlie y Hunkerville.

Gwynplaine se levantó y contestó:

— Not content.

Todas las cabezas se volvieron. Gwynplaine estaba en pie. Las velas de los candelabros colocados a los dos lados del trono iluminaban vivamente su rostro y lo destacaban en la gran sala oscura con el relieve que tendría una máscara sobre un fondo de humo.

Gwynplaine había hecho sobre sí mismo el esfuerzo que, como se recordará, le era posible hacer en rigor. Por medio de una concentración de la voluntad igual a la que sería necesaria para domar a un tigre, consiguió dar durante un momento seriedad al rictus fatal de su rostro. En aquel instante no reía. Eso no podía durar mucho tiempo; las desobediencias a lo que es nuestra ley, o nuestra fatalidad, son breves; a veces el agua del mar resiste a la gravitación, se infla formando una tromba y hace una montaña, pero con la condición de volver a caer. Gwynplaine libraba esa lucha.

Durante un minuto que sentía solemne, mediante una prodigiosa intensidad de la voluntad, pero no durante mucho más tiempo que el que dura un relámpago, había arrojado sobre su cara el velo sombrío de su alma y mantenía en suspenso su risa incurable; del rostro que le habían esculpido había retirado la alegría. Ya no era más que espantoso.

—¿Quién es ese hombre? —fue el grito general.

Una conmoción indescriptible recorrió todos los bancos. Aquel cabello revuelto, aquellas depresiones negras bajo las cejas, aquella mirada profunda de unos ojos que no se veían, el modelado feroz de aquella cabeza en la que se mezclaban horriblemente la sombra y la luz, todo ello era sorprendente y superaba a todo lo imaginado. Por mucho que se hubiera hablado de Gwynplaine, verlo era impresionante. Los mismos que lo

esperaban no esperaban eso. Imagínese que en la montaña reservada a los dioses, en la fiesta de una velada serena, cuando se halla reunido todo el grupo de los omnipotentes, aparece de pronto, como una luna ensangrentada en el horizonte, el rostro de Prometeo destrozado por los picotazos del buitre. ¡Qué visión la del Olimpo que columbra el Cáucaso!

Viejos y jóvenes contemplaban con la boca abierta a Gwynplaine.

Un anciano venerado por toda la cámara, que había visto muchos hombres y muchas cosas y que estaba destinado a ser duque, Thomas, conde Warton, se levantó asustado.

—¿Qué significa eso? —gritó—. ¿Quién ha introducido a ese hombre en la cámara? ¡Que saquen a ese hombre de aquí! Y apostrofó a Gwynplaine con altivez:

—¿Quién sois? ¿De dónde salís? Gwynplaine contestó:

—Del abismo.

Cruzó los brazos, miró a los lores y añadió:

—¿Quién soy? Soy la miseria. Milores, tengo que hablaros. Hubo un estremecimiento y se hizo el silencio. Gwynplaine continuó:

—Milores, vosotros estáis arriba. Muy bien, hay que creer que Dios tiene sus razones para eso. Poseéis el poder, la opulencia, la alegría, el sol inmóvil en vuestro cénit, la autoridad sin límites, el goce exclusivo, el inmenso olvido de los otros. Sea. Pero hay algo por debajo de vosotros, y tal vez por encima. Milores, vengo a daros una noticia: el género humano existe.

Las asambleas son como los niños; los incidentes son su caja de sorpresas, que temen y les agrada. A veces parece que funciona un resorte y se ve salir del agujero un diablo. En Francia surgió así Mirabeau, también deforme.

En ese momento Gwynplaine sentía en él un engrandecimiento extraño.

Un grupo de hombres al que se habla es un trípode. Se está, por decirlo así, de pie en una cima de almas. Se tiene bajo los pies un estremecimiento de entrañas humanas. Gwynplaine no era ya el hombre que en la noche anterior había sido durante un instante casi pequeño. Los humos de esa elevación súbita se habían enrarecido y hecho transparentes, y allí donde lo había seducido una vanidad veía ahora una función.

Lo que anteriormente lo disminuía ahora lo realzaba. Lo iluminaba uno de esos grandes relámpagos que provienen del deber.

Gritaron de todas partes alrededor de Gwynplaine:

—¡Escuchad! ¡Escuchad!

Entretanto él, crispado y sobrehumano, conseguía mantener en su rostro la contracción rígida y lúgubre bajo la cual se encabritaba el rictus como un caballo salvaje dispuesto a escaparse. Continuó:

—Yo soy el que viene de las profundidades. Milores, vosotros sois los grandes y los ricos. Eso es peligroso. Os beneficiáis con la noche, pero tened cuidado, pues existe una gran potencia: la aurora. El alba no puede ser vencida. Llegará. Llega. Posee el rayo de luz irresistible. ¿Y quién impedirá que esa honda lance el sol al cielo? El sol es el derecho. Vosotros sois el privilegio. Temed. El verdadero dueño de casa va a llamar a la puerta.

¿Quién es el padre del privilegio? El azar. ¿Y quién es su hijo? El abuso. Ni el azar ni el abuso son sólidos. Uno y otro tienen un mal porvenir. Vengo a advertiros. Vengo a denunciar vuestra dicha. Está hecha con la desgracia ajena. Vosotros tenéis todo, y ese todo se compone de la nada de los otros…

Milores, yo soy el abogado desesperado, defiendo la causa perdida. Esa causa la volverá a ganar Dios. Yo no soy más que una voz. El género humano es una boca y yo soy su grito. Me oiréis. Vengo a defender ante vosotros, pares de Inglaterra, la causa del pueblo, ese soberano que es el paciente, ese condenado que es el juez. Me doblega lo que tengo que decir.

¿Por dónde comenzaré? No lo sé. He recogido en la vasta difusión de los sufrimientos mi enorme alegato de defensa disperso. ¿Qué puedo hacer ahora con él? Me abruma y lo arrojo confusamente ante mí. ¿Había previsto esto? No. Estáis asombrados, y yo también. Ayer era un histrión y ahora soy un lord. Juegos profundos. ¿De quién? De lo desconocido. Temblemos todos… Milores, todo el azul está a vuestro lado. De ese universo inmenso no veis más que la fiesta. Sabed que hay también sombra. Entre vosotros me llamo lord Fermain Clancharlie, pero mi verdadero nombre es un nombre de pobre, Gwynplaine. Soy un miserable tallado en la estofa de los grandes por un rey, cuya voluntad arbitraria fue esa. Tal es mi historia.

Muchos de vosotros conocisteis a mi padre, yo no lo conocí. Él os toca por su lado feudal y yo me adhiero a él por su lado proscrito. Lo que Dios ha

hecho está bien. A mí me arrojaron al abismo. ¿Con qué fin? Para que viese su fondo. Soy un buzo y traigo de ese fondo la perla, que es la verdad.

Hablo porque sé. Me comprendéis, milores. He experimentado, he visto. El sufrimiento no es una palabra, señores dichosos. En cuanto a la pobreza, he crecido en ella, he tiritado en invierno, he sentido el hambre, he sufrido el desprecio, he padecido la peste, he bebido la vergüenza. Y la vomitaré ante vosotros, y ese vómito de todas las miserias salpicará vuestros pies y resplandecerá. He vacilado antes de dejarme traer a este lugar donde estoy, pues tengo en otra parte otros deberes. Y no es aquí donde está mi corazón.

Lo que ha sucedido en mí no os incumbe; cuando el hombre al que llamáis el ujier de la vara negra fue a buscarme de parte de la mujer a la que llamáis la Reina, se me ocurrió durante un momento la idea de negarme. Pero me pareció que la oscura mano de Dios me empujaba hacia este lado y obedecí.

Sentí que debía venir entre vosotros. ¿Por qué? A causa de mis harapos de ayer. Dios me mezcló con los hambrientos para que hablara entre los hartos.

¡Oh, compadeceos! ¡Oh, no conocéis el mundo fatal en que creéis estar!

Estáis tan altos que quedáis fuera de él; yo os diré lo que es. Tengo experiencia. Llego de debajo de la presión y puedo deciros lo que pesáis.

Vosotros, los amos, ¿sabéis lo que sois? ¿Veis lo que hacéis? No. ¡Ah, todo es terrible! Una noche, una noche de tempestad, muy pequeño, abandonado, huérfano, solo en la creación desmesurada, hice mi entrada en esta oscuridad que vosotros llamáis la sociedad. Lo primero que vi fue la ley en la forma de una horca; lo segundo fue la riqueza, vuestra riqueza, en la forma de una mujer muerta de frío y de hambre; la tercera fue el porvenir, en la forma de una niña agonizante; la cuarta fue lo bueno, lo verdadero y lo justo en la persona de un vagabundo que no tenía por compañero y por amigo más que un lobo.

En ese momento Gwynplaine, presa de una fuerte emoción, sintió que le subían a la garganta los sollozos, lo que hizo, cosa siniestra, que se echara a reír.

El contagio fue inmediato. Se cernía sobre la asamblea una nube; podía estallar en espanto y estalló en júbilo. La risa, esa expansión de la demencia, se apoderó de toda la cámara. Los cenáculos de hombres

soberanos no exigen nada mejor que chancearse. Así se vengan de su seriedad.

Una risa de reyes se parece a la risa de los dioses: tiene siempre una punta de crueldad. Los lores comenzaron a jugar. La befa agudizó la risa.

Aplaudieron alrededor del que hablaba y le ultrajaron. Una mezcolanza de interjecciones joviales le asaltó, como un granizo alegre y magullador.

—¡Bravo, Gwynplaine! —¡Bravo, el Hombre que Ríe! — ¡Bravo, el hocico de la Green-Box! — ¡Bravo, la cara del Tarrinzeau-field! — Vienes de darnos una representación. ¡Está bien! ¡Charla! — ¡He ahí a alguien que me divierte! — ¡Ríe bien ese animal! — ¡Buenos días, títere! — ¡Viva lord Payaso! — ¡Vamos, habla! — ¡Eso es un par de Inglaterra! — ¡Continúa! —

¡No! ¡No! — ¡Sí! ¡Sí!

El canciller se sentía muy incómodo.

Un lord sordo, James Butler, duque de Ormond, haciendo con la mano en la oreja una corneta acústica, preguntó a Charles Breuclerk, duque de Saint-Albans:

—¿Cómo ha votado? Saint-Albans contestó:

— Not content.

—¡Pardiez! —exclamó Ormond—. Lo creo. ¡Con esa cara! Detened, si podéis a una multitud que se desborda… y las asambleas son multitudes. La elocuencia es un freno; si el freno se rompe, el auditorio se desboca y cocea hasta que derriba al orador. El auditorio odia al orador. Ese hecho no es suficientemente conocido. Tirar de la brida parece un recurso, pero no lo es.

Todo orador lo prueba, por instinto. Gwynplaine lo probó. Contempló durante un momento a aquellos hombres que reían y luego gritó:

—¡Estáis insultando a la miseria! ¡Silencio, pares de Inglaterra! Jueces, escuchad el alegato de defensa. ¡Os lo ruego, tened compasión!

¿Compasión por quién? Compasión por vosotros. ¿Quién está en peligro?

Sois vosotros. ¿Es que no veis que estáis en una balanza y que en un platillo está vuestro poder y en el otro vuestra responsabilidad? Dios os pesa. ¡Oh, no riais! Meditad. Esa oscilación de la balanza de Dios es el temblor de la conciencia. No sois malvados. Sois hombres como los otros, ni mejores ni peores. Os creéis dioses, pero si mañana enfermáis veréis cómo tiembla con la fiebre vuestra divinidad. Todos valemos lo mismo. Me dirijo a los

espíritus honrados, los hay aquí; me dirijo a las inteligencias elevadas, las hay aquí; me dirijo a las almas generosas, las hay aquí. Sois padres, hijos y hermanos, por lo que os enternecéis con frecuencia. Aquel de vosotros que ha contemplado esta mañana el despertar de su hijito es bueno. Los corazones son iguales. La humanidad no es sino un corazón. Entre los que oprimen y los oprimidos la única diferencia es el lugar en que están situados. Vuestros pies caminan sobre cabezas, pero vosotros no tenéis la culpa. La culpa la tiene la Babel social. Es una construcción frustrada que se desploma por completo. Un piso hunde al otro. Escuchad lo que voy a deciros. Puesto que sois poderosos, sed fraternales; puesto que sois grandes, sed bondadosos. ¡Si supierais lo que he visto! ¡Ay, abajo, qué tormento! El género humano está en el calabozo. ¡Cuántos condenados que son inocentes! La luz falta, el aire falta, la virtud falta, ya no se espera, se prevé lo temible. Daos cuenta de esas angustias. Hay seres que viven en la muerte. Hay muchachas que comienzan a los ocho años con la prostitución y terminan a los veinte con la vejez. En lo que respecta a las severidades penales, son espantosas. Hablo un poco al azar y no elijo. Digo lo que se me ocurre. No más tarde que ayer yo, que estoy aquí, vi a un hombre encadenado y desnudo, con piedras sobre el vientre, expirar a causa de la tortura. ¿Sabíais eso? No. Si supierais lo que sucede ninguno de vosotros se atrevería a sentirse dichoso. ¿Quién ha ido a Newcastle-on-Tyne? Hay en las minas hombres que mastican carbón para llenarse el estómago y engañar el hambre. En el condado de Lancaster, Ribblechester, a fuerza de indigencia, se ha convertido de ciudad en aldea. Yo no creo que el príncipe Jorge de Dinamarca necesite cien mil guineas más. Preferiría que se recibiera en los hospitales a los indigentes enfermos sin hacerles pagar de antemano su entierro. En Caernarvon, en Traith-maur lo mismo que en Traithbichan, el agotamiento de los pobres es horrible. En Strafford no se puede desecar el pantano por falta de dinero. Las fábricas de paños están cerradas en todo el Lancashire. Hay desocupación en todas partes. ¿Sabéis que los pescadores de arenque de Harlech comen hierba cuando falta la pesca? ¿Sabéis que en Burton-Lazers hay todavía leprosos acorralados contra los que se disparan tiros de fusil si salen de sus cubiles? En Ailesbury, ciudad de la que uno de vosotros es lord, el hambre es

permanente. En Penck-ridge, Coventry, a cuya catedral acabáis de dotar y de enriquecer al obispo, no hay camas en las chozas y cavan hoyos en la tierra para acostar en ellos a los niños, de modo que en vez de comenzar con la cuna comienzan con la tumba. Yo he visto esas cosas. Milores, los impuestos que votáis, ¿sabéis quién los paga? Los que mueren. ¡Ay, os engañáis! Erráis el camino. Aumentáis la pobreza del pobre para aumentar la riqueza del rico. Es lo contrario de lo que se debería hacer. ¡Cómo, quitar al trabajador para darlo al ocioso, quitar al andrajoso para darlo al harto, quitar al indigente para darlo al príncipe! ¡Oh, sí, tengo vieja sangre republicana en las venas! Me horroriza eso. ¡Execro a esos reyes! ¡Y qué desvergonzadas son las mujeres! Me han contado una triste historia. ¡Odio a Carlos II! Una mujer a la que mi padre había amado se entregó a ese rey mientras mi padre moría en el destierro, ¡la prostituta! Carlos II, Jacobo II: tras un libertino un bribón. ¿Qué es el Rey? Un hombre, débil y enclenque, sujeto a necesidades y enfermedades. ¿Para qué sirve el Rey? Vosotros empapuzáis a esa realeza parásita. A esa lombriz la convertís en boa. A esa tenía la convertís en dragón. ¡Gracia para los pobres! Hacéis más pesado el impuesto en provecho del trono. Tened cuidado con las leyes que decretáis.

Tened cuidado con el hormiguero doloroso que aplastáis. Bajad la vista y mirad a vuestros pies. ¡Oh, grandes, existen los pequeños! ¡Compadeceos, sí, compadeceos de vosotros! Pues las multitudes agonizan, y cuando muere lo de abajo hace morir a lo de arriba. La muerte es una cesación que no exceptúa a miembro alguno. Cuando la noche llega nadie conserva su rincón de luz. ¿Sois egoístas? Salvad a los otros. El naufragio del barco no es indiferente para pasajero alguno. No naufragan unos sin que el agua se trague a los otros. ¡Oh, sabedlo, el abismo es para todos!

La risa arreció, irresistible. Por lo demás, para regocijar a una asamblea bastaba lo extravagante de esas palabras.

Ser cómico por fuera y trágico por dentro: no hay sufrimiento más humillante ni ira más profunda. Gwynplaine sentía eso. Sus palabras querían obrar en un sentido y su rostro obraba en el otro; era una situación espantosa. Su voz adquirió de pronto sonidos estridentes:

—¡Están alegres estos hombres! Muy bien. La ironía hace frente a la agonía. La befa ultraja al estertor. ¡Son todopoderosos! Es posible. Sea. Ya

se verá. ¡Ah, yo soy uno de los suyos! ¡Pero soy también uno de los vuestros, pobres! Un rey me vendió, un pobre me recogió. ¿Quién me mutiló? Un príncipe. ¿Quién me curó y alimentó? Un muerto de hambre.

Soy lord Clancharlie, pero sigo siendo Gwynplaine. Soy de los grandes y pertenezco a los pequeños. Estoy entre los que gozan y con los que sufren.

Esta sociedad es falsa. Un día vendrá la sociedad verdadera. Entonces ya no habrá señores, habrá seres vivientes libres. Ya no habrá amos, habrá padres.

Ese es el porvenir. ¡No más humillación, no más vileza, no más ignorancia, no más hombres animales de carga, no más cortesanos, no más criados, no más reyes, sino luz! Entretanto, aquí estoy. Tengo un derecho y lo utilizo.

¿Es un derecho? No, si lo utilizo para mí; sí, si lo utilizo para todos. Yo hablaré de vuestra indigencia. ¡Me erguiré con el puñado de andrajos del pueblo en la mano y sacudiré sobre los amos la miseria de los esclavos, y no podrán ya ellos, los favorecidos y arrogantes, desembarazarse del recuerdo de los infortunados, ni librarse, ellos, los príncipes, de la picazón de los pobres, y tanto peor si son piojos, y tanto mejor si caen sobre leones!

Gwynplaine se volvió hacia los ayudantes de los escribanos que escribían, arrodillados, en la cuarta saca de lana.

—¿Qué hace esa gente de rodillas? ¿Qué hacéis ahí? Levantaos, pues sois hombres.

Este brusco apostrofe a subalternos, a los que un lord ni siquiera debe ver, llevó el júbilo al colmo. Habían gritado ¡bravo! y ahora gritaban ¡viva!

De los aplausos pasaron al pataleo. Se habría creído estar en la Green-Box.

Sólo que en la Green-Box la risa festejaba a Gwynplaine y allí lo exterminaba. Matar es el esfuerzo del ridículo. La risa de los hombres hace a veces todo lo que puede para asesinar.

La risa se había convertido en una vía de hecho. Los chistes llovían. La necedad de las asambleas consiste en tener ingenio. Su befa ingeniosa e imbécil descarta los hechos en vez de estudiarlos y condena los problemas en lugar de resolverlos. Un incidente es un punto de interrogación. Tomarlo a risa es reír del enigma. La esfinge, que no ríe, está detrás.

Se oían gritos contradictorios:

—¡Basta! ¡Basta!

—¡Más! ¡Más!

William Farmer, barón Leimpster, lanzó a Gwynplaine la afrenta de Ryc-Quiney a Shakespeare:

— ¡Histrio! ¡Mima!

Lord Vaughan, hombre sentencioso, el vigésimo noveno del banco de los barones, dijo:

—Henos de nuevo en la época en que los animales hablaban. Entre bocas humanas, una quijada bestial tiene la palabra.

—Escuchemos a la burra de Balaam —añadió lord Yarmouth.

Lord Yarmouth tenía ese aire sagaz que dan una nariz redonda y una boca torcida.

—El rebelde Linnoeus es castigado en su tumba. El hijo es el castigo del padre — dijo John Hough, obispo de Lichfield y de Coventry, cuya prebenda había rozado Gwynplaine.

—Miente —afirmó lord Cholmley, el legislador jurisperito —. Lo que él llama tortura es la pena fuerte y dura, una pena muy buena. La tortura no existe en Inglaterra.

Thomas Wentworth, barón Raby, pidió al canciller:

—Milord canciller, levantad la sesión.

—¡No! ¡No! ¡No! ¡Que continúe! ¡Nos divierte! ¡Hep, hep, hep, hurra!

Así gritaron los lores jóvenes, con un júbilo desbordante. Cuatro sobre todo se hallaban en plena exasperación de hilaridad y de odio.

Eran Laurence Hyde, conde de Rochester; Thomas Fufton, conde de Thanet; el vizconde Hatton y el duque de Montagu.

—¡Al nicho Gwynplaine! —decía Rochester.

—¡Abajo! ¡Abajo! ¡Abajo! —gritaba Thanet.

El vizconde Hatton sacó del bolsillo un penique y lo arrojó a Gwynplaine.

Y John Campbell, conde de Greenwich; Savage, conde de Rivers; Thompson, barón Haversham; Warrigton, Escrik, Rolleston, Rockingham, Carteret, Langdale, Banester Maynard, Hundson, Caernarvon, Cavendish,

Burlington, Robert Darcy, conde de Holderness, Other Windsor, conde de Playmouth, aplaudieron.

Era un tumulto de pandemonio o de panteón en el que se perdían las palabras de Gwynplaine. Sólo se percibía la advertencia: «¡Tened cuidado!».

Ralph, duque de Montagu, recién salido de Oxford y que no tenía todavía su primer bigote, descendió del banco de los duques, donde ocupaba el decimonoveno lugar, y fue a colocarse con los brazos cruzados frente a Gwynplaine. Hay en una espada la parte que corta más y en una voz el acento que insulta mejor. Montagu tomó ese acento y, riendo con ironía en la nariz de Gwynplaine, le gritó:

—¿Qué dices?

—Predigo —le contestó Gwynplaine.

La risa estalló de nuevo. Y bajo esa risa gruñía la ira como un estribillo.

Uno de los pares menores de edad, Lionel Ganseild Sackville, conde de Dorset y de Middlesex, se puso en pie sobre su banco, sin reír, con la gravedad correspondiente a un futuro legislador y, sin decir una palabra, miró a Gwynplaine con su fresco rostro de doce años y se encogió de hombros. Lo que hizo que el obispo de Saint-Asaph se inclinase al oído del obispo de Saint-David sentado a su lado y le dijese señalando a Gwynplaine:

—¡He ahí al loco! —y mostrando al niño—. ¡He ahí al sabio!

Del caso de burlas se destacaban exclamaciones confusas:

—¡Cara de gorgona! —¿Qué significa esta aventura? — ¡Insulta a la cámara! — ¡Qué excepción semejante hombre! — ¡Vergüenza! ¡Vergüenza!

— ¡Que levanten la sesión! — ¡No! ¡Que termine! — ¡Habla, bufón!

Lord Lewis de Duras, con las manos en las caderas, gritó:

—¡Oh, qué bien hace reír! Mi bazo lo agradece. Propongo un voto de gracias redactado así: La Cámara de los Lores agradece a la Green-Box.

Gwynplaine, como se recordará, había soñado con otra acogida.

Quien ha trepado por la arena una pendiente a pico muy quebradiza sobre una profundidad vertiginosa, quien ha sentido bajo sus manos, bajo sus uñas, bajo sus rodillas y bajo sus pies huir y sustraerse el punto de apoyo; quien, retrocediendo en vez de avanzar en esa escarpa refractaria, presa de la angustia del deslizamiento, hundiéndose en vez de trepar, descendiendo en vez de subir, aumentando la certidumbre del naufragio con el esfuerzo hacia la cima y perdiéndose un poco más en cada movimiento para salir del peligro, ha sentido la aproximación terrible del abismo y en los huesos el frío lóbrego de la caída, boca abierta debajo, ese ha experimentado lo que experimentaba Gwynplaine.

Sentía que su ascensión se derrumbaba bajo él y que su auditorio era un precipicio.

Siempre hay alguien que dice la palabra que resume todo. Lord Scarsdale tradujo en un grito la impresión de la asamblea:

—¿Qué viene a hacer aquí ese monstruo?

Gwynplaine se irguió, fuera de sí e indignado, con una especie de convulsión suprema. Miró a todos fijamente y dijo:

—¿Qué vengo a hacer aquí? Vengo a ser terrible. Soy un monstruo, decís. No, soy el pueblo. ¿Soy una excepción? No, soy todo el mundo. La excepción sois vosotros. Vosotros sois la quimera y yo soy la realidad. Yo soy el Hombre. Soy el espantoso Hombre que Ríe. ¿Que ríe de qué? De vosotros, de él, de todo. ¿Qué es su risa? Vuestro crimen y su suplicio os lo escupe en el rostro. Yo río quiere decir: yo lloro.

Se interrumpió. Todos callaban. Las risas continuaban, pero en tono bajo. Pudo creer que volvían a escucharle. Respiró y prosiguió:

—La risa que está en mi rostro fue un rey quien la puso. Esa risa expresa la desolación universal. Esa risa quiere decir odio, silencio obligado, ira, desesperación. Esa risa es un producto de torturas, es una risa forzosa. Si Satán tuviera esta risa condenaría a Dios. Pero el Eterno no se parece a los perecederos; siendo absoluto, es justo; y Dios aborrece lo que hacen los reyes. ¡Ah, vosotros me tomáis por una excepción! Soy un

símbolo. ¡Oh, vosotros, todopoderosos imbéciles: abrid los ojos! Yo encarno Todo. Represento a la humanidad tal como la han hecho sus amos.

El hombre es un mutilado. Lo que me han hecho se lo han hecho al género humano. Le han deformado el derecho, la justicia, la verdad, la razón, la inteligencia, como a mí los ojos, las ventanas de la nariz y las orejas; como a mí, le han puesto en el corazón una cloaca de ira y de dolor y en el rostro una máscara de satisfacción. Donde se había posado el dedo de Dios se ha apoyado la garra del rey. Es una superposición monstruosa. Obispos, pares y príncipes: el pueblo es el que padece en la profundidad y ríe en la superficie… Milores, os lo digo, el pueblo soy yo. Ahora lo oprimís, ahora me abucheáis. Pero el porvenir es el deshielo sombrío. Lo que era piedra se convierte en ola, la apariencia sólida se transforma en sumersión. Un crujido y todo termina. Llegará una hora en la que una convulsión romperá vuestra opresión y un rugido replicará a vuestros abucheos. Esa hora ha llegado ya — ¡tú estabas en ella, oh, padre mío! —, esa hora de Dios ha llegado y se la ha llamado República; la echaron, pero volverá. Entretanto, recordad que la serie de reyes armados con espada fue interrumpida por Cromwell armado con el hacha. ¡Temblad! Las soluciones incorruptibles se acercan, las uñas cortadas crecen otra vez, las lenguas arrancadas se echan a volar y se convierten en lenguas de fuego dispersas por el viento de las tinieblas y gritan en el infinito; los que tienen hambre muestran sus dientes ociosos, los paraísos construidos sobre los infiernos tambalean, se sufre, se sufre, se sufre, y lo que está arriba se inclina, y lo que está abajo se entreabre, la sombra quiere convertirse en luz, el condenado discute al elegido. ¡Os digo que es el pueblo el que viene, es el hombre el que sube, es el fin el que comienza, es la aurora roja de la catástrofe, y eso es lo que hay en esta risa de la que os reís! Londres es una fiesta perpetua. Bien está.

Inglaterra es de un extremo al otro una aclamación. Sí. Pero escuchad. Todo lo que veis soy yo. Tenéis fiestas: es mi risa. Tenéis diversiones públicas: es mi risa. Tenéis bodas, consagraciones y coronaciones: es mi risa. ¡El rayo se cierne sobre vosotros: es mi risa!

Hay un modo de hacer frente a esas cosas, y las risas se renovaron, esta vez abrumadoras. De todas las lavas que arroja el cráter de la boca humana la más corrosiva es la alegría. Hacer el mal alegremente: ninguna multitud

resiste a ese contagio. No todas las ejecuciones se realizan en los cadalsos, y los hombres, cuando se reúnen, lo mismo en multitud que en asamblea, tienen siempre entre ellos un verdugo dispuesto a actuar, que es el sarcasmo. No hay suplicio comparable con el del miserable risible.

Gwynplaine sufría ese suplicio. El alborozo de que era objeto se convertía para él en lapidación y metralla. Era juguete, maniquí, cabeza de turco, blanco. Saltaban, gritaban ¡bis!, se tumbaban de risa. Pataleaban, se asían por el cuello. La majestad del lugar, la púrpura de las togas, el pudor de los armiños, el infolio de las pelucas: de nada servían. Los lores reían, los obispos reían, los jueces reían. El banco de los ancianos se desarrugaba, el banco de los niños se retorcía. El arzobispo de Canterbury daba con el codo al arzobispo de York. Henry Compton, obispo de Londres, se desternillaba de risa. El canciller bajaba la vista para ocultar su risa probable. Y en la barra, la estatua de respeto, el ujier de la vara negra, reía.

Gwynplaine, pálido, se cruzó de brazos y, rodeado por todos aquellos rostros, jóvenes y viejos, en los que brillaba el gran júbilo homérico, en aquel torbellino de aplausos, pataleos y vítores, en aquel frenesí jocoso del que era el centro, en aquella espléndida expansión de hilaridad, en medio de esa alegría enorme, tenía en sí el sepulcro. Todo había terminado. Ya no podía dominar ni su rostro que le traicionaba, ni su auditorio que le insultaba.

Jamás la eterna ley fatal, lo grotesco engrapado en lo sublime, la risa repercutiendo el rugido, la parodia en ancas de la desesperación, el contrasentido entre lo que se parece y lo que se es, había estallado con más horror. Jamás un fulgor más siniestro había iluminado la profunda noche humana.

Gwynplaine asistía al quebrantamiento definitivo de su destino por una carcajada. Aquello no tenía remedio. Se levanta cuando se cae, pero no cuando se queda pulverizado. Aquella burla inepta y soberana lo convertía en polvo. Nada le era posible en adelante. Todo es según el medio ambiente.

Lo que era triunfo en la Green-Box era caída y catástrofe en la Cámara de los Lores. El aplauso de allí era aquí imprecación. Sentía algo como el revés de su máscara. De un lado de esa máscara estaba la simpatía del pueblo que aceptaba a Gwynplaine, del otro el odio de los grandes que rechazaba a lord

Fermain Clancharlie. De un lado la atracción, del otro la repulsión, y ambas llevándolo hacia la sombra. Se sentía herido por la espalda. La suerte asesta golpes traidores. Todo se explicará más tarde, pero entretanto el destino es una trampa y el hombre cae en trampas de lobos. Había creído ascender y lo acogía esa risa; las apoteosis terminan lúgubremente. Hay una palabra triste: desembriagarse. Es una sabiduría trágica la que nace de la embriaguez. Gwynplaine, envuelto en aquella tempestad alegre y feroz, soñaba.

En el desorden la risa enloquece. Una asamblea alborozada pierde la brújula. Ya no se sabía adonde se iba ni lo que se hacía. Había que levantar la sesión.

El canciller, «en vista del incidente», aplazó la votación hasta el día siguiente. La cámara se disolvió. Los lores hicieron la reverencia a la silla real y se fueron. Se oyó que las risas se prolongaban y se perdían en los corredores. Las asambleas, además de sus puertas oficiales, tienen en los tapices, los relieves y las molduras toda clase de puertas ocultas por las que se vacían como un vaso por sus rajas. En poco tiempo la sala quedó desierta. Eso se hace muy rápidamente y casi sin transición. El silencio se apodera inmediatamente de esos lugares tumultuosos.

La sumersión en el arrobamiento lleva lejos y a fuerza de soñar se termina estando como en otro planeta. Gwynplaine pareció despertar de pronto. Se hallaba solo. La sala estaba vacía. Ni siquiera se había dado cuenta de que habían levantado la sesión. Todos los pares habían desaparecido, inclusive sus dos padrinos. Sólo quedaban aquí y allá algunos empleados inferiores de la cámara que esperaban para poner las fundas y apagar las lámparas a que «su señoría» se fuese. Gwynplaine se puso maquinalmente el sombrero, dejó el banco y se dirigió a la gran puerta abierta que daba a la galería. En el momento en que pasaba por la abertura de la barra un portero le quitó su toga de par. Él apenas se dio cuenta. Un instante después se hallaba en la galería.

Los sirvientes que estaban allí observaron con asombro que aquel lord salía sin saludar al trono.

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