El hombre que ríe
LIBRO SÉPTIMO - La Titana
LIBRO SÉPTIMO
La Titana
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1
Despertar
—¡Y Dea!
Le pareció a Gwynplaine, quien contemplaba el amanecer en Corleone-lodge mientras tenían lugar esas aventuras en la posada Tadcaster, que ese grito venía de fuera, pero ese grito estaba en él.
¿Quién no ha oído los profundos clamores del alma?
Por lo demás, el sol salía.
La aurora es una voz.
¿Para qué serviría el sol sino para despertar la sombra dormida, la conciencia?
La luz y la virtud son de la misma especie.
Lo mismo si el dios se llama Cristo que si se llama Amor, hay siempre una hora en la que lo olvida inclusive el mejor; todos necesitamos, hasta los santos, una voz que nos haga recordar, y el alba hace hablar en nosotros al avisador sublime. La conciencia grita ante el deber como el gallo canta cuando llega el día.
El corazón humano, ese caos, oye el Fiat lux.
Gwynplaine —seguiremos llamándolo así, pues Clancharlie es un lord y Gwynplaine es un hombre — pareció resucitar.
Era tiempo para ligar la arteria, pues se producía en él un derrame de honradez.
—¡Y Dea! —exclamó.
Y sintió en sus venas como una transfusión generosa. Algo saludable y tumultuoso se precipitó en él. La irrupción violenta de buenos pensamientos es una vuelta a su casa de quien ha perdido la llave y fuerza honradamente su propia pared. Hay un escalamiento, pero del bien, y una fractura, pero del mal.
—¡Dea! ¡Dea! ¡Dea! —repitió.
Se afirmó a sí mismo su propio corazón.
E hizo esta pregunta en alta voz:
—¿Dónde estás?
Y casi le sorprendió que no le contestara.
Repitió, mirando el techo y las paredes con un desvarío en el que volvía a intervenir la razón:
—¿Dónde estás? ¿Dónde estoy yo?
Y en aquella habitación, en aquella jaula, reanudó su paseo de fiera encerrada.
—¿Dónde estoy? En Windsor. ¿Y tú? En Southwark. ¡Oh, Dios mío, es la primera vez que hay una distancia entre nosotros! ¿Quién ha hecho eso?
¡Yo aquí y tú allí! ¡Oh, eso no puede ser, eso no será! ¿Qué han hecho conmigo?
Se detuvo.
—¿Quién me ha hablado de la Reina? ¿Acaso yo la conozco?
¡Cambiado, cambiado yo! ¿Por qué? Porque soy lord. ¿Sabes qué sucede, Dea? Tú eres lady. ¡Es asombroso las cosas que pasan! ¡Vaya! Ahora se trata de volver a encontrar mi camino. ¿Es que me he perdido? Un hombre me ha hablado en un tono oscuro. Recuerdo las palabras que me ha dicho:
«Milord, una puerta que se abre cierra otra puerta. Lo que queda detrás de vos ya no existe». Dicho de otro modo: ¡eres un cobarde! Ese hombre, ¡el miserable!, me ha dicho eso cuando yo no estaba todavía despierto. Ha abusado de mi primer momento de asombro. Yo era como su presa. ¿Dónde está, para que le insulte? Me hablaba con la sombría sonrisa del sueño.
¡Pero vuelvo a ser yo! Está bien. ¡Se engañan si creen que harán de lord Clancharlie lo que quieran! Par de Inglaterra sí, con una paresa, que es Dea.
¡Ponen condiciones! ¿Acaso las acepto? ¿La Reina? ¡Qué me importa la Reina! Nunca la he visto. No soy lord para ser esclavo. Entro como hombre libre en el poder. ¿Se imaginan que me han desencadenado para nada? Me han quitado el bozal, nada más. ¡Dea! ¡Ursus!, estamos juntos. Lo que vosotros erais yo era, lo que yo soy sois vosotros. ¡Venid! ¡No, voy yo! ¡En seguida, en seguida! Ya he esperado demasiado. ¿Qué pensarán al no verme volver? ¡Ese dinero! ¡Cuando pienso que les he enviado dinero! Era yo el
que debía ir. Recuerdo que ese hombre me ha dicho que no puedo salir de aquí. Vamos a verlo. ¡Un coche, un coche! ¡Que lo enganchen! Quiero ir a buscarlos. ¿Dónde están los criados? Tiene que haber sirvientes puesto que hay un señor. Yo soy aquí el amo. Esta es mi casa. ¡Retorceré los cerrojos, romperé las cerraduras, derribaré las puertas a puntapiés! Si alguien me cierra el paso lo traspasaré con mi espada, pues ahora tengo una espada.
¡Desearía ver si alguien se me opone! Tengo una mujer, que es Dea, y un padre, que es Ursus. Mi casa es un palacio y se la doy a Ursus. Mi nombre es una diadema y se la doy a Dea. ¡Pronto! ¡Inmediatamente! ¡Dea, aquí estoy! ¡Pronto habré dado el salto!
Y, levantando el primer cortinón que encontró, salió de la sala impetuosamente.
Se encontró en un corredor.
Siguió adelante.
Encontró un segundo corredor.
Todas las puertas estaban abiertas.
Se puso a andar al azar, de habitación en habitación, de pasillo en pasillo, buscando la salida.
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