El hombre que ríe
LIBRO NOVENO - En ruina
LIBRO NOVENO
En ruina
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1
A través del exceso de grandeza es como se llega al
exceso de miseria
Cuando daban las doce de la noche en San Pablo, un hombre que acababa de cruzar el Puente de Londres entró en las callejuelas de Southwark. No había faroles encendidos, pues en esa época existía la costumbre, tanto en Londres como en París, de apagar la iluminación pública a las once, es decir en el momento en que se hace más necesaria. Las calles, oscuras, estaban desiertas. La falta de faroles hace que sean escasos los transeúntes. El hombre caminaba a grandes pasos. Estaba extrañamente vestido para andar por la calle a semejante hora. Tenía un traje de seda bordada, la espada al costado y un sombrero con plumas blancas, pero no llevaba capa. Los serenos que lo veían pasar decían: «Es un señor que ha hecho una apuesta», y se apartaban con el respeto debido a un lord y a una apuesta.
Ese hombre era Gwynplaine.
¿Dónde estaba? No lo sabía. El alma, como hemos dicho, tiene sus ciclones, remolinos espantosos en los que todo se mezcla, el cielo, el mar, el día, la noche, la vida y la muerte, en una especie de horror ininteligible. Lo real deja de ser respirable. Se es aplastado por las cosas en las que no se cree. La nada se convierte en huracán. El firmamento palidece. El infinito se vacía. Se está en la ausencia. Se siente morir. Se desea un astro. ¿Qué sentía Gwynplaine? Una sed: la de ver a Dea.
No sentía más que eso. Volver a la Green-Box y la posada Tadcaster, sonora, luminosa, llena de la buena risa cordial del pueblo, ¡volver a encontrar a Ursus y Homo, volver a ver a Dea, entrar de nuevo en la vida!
Las desilusiones se distienden como el arco, con una fuerza siniestra, y arrojan al hombre como una flecha hacia la verdad. Gwynplaine tenía prisa.
Se acercaba al Tarrinzeau-field. No andaba, corría. Sus ojos se hundían en
la oscuridad de delante. Se hacía preceder por su mirada, en una busca ávida del puerto en el horizonte. ¡Qué momento aquel en que iba a ver las ventanas iluminadas de la posada Tadcaster!
Llegó al bowling-green. Dio vuelta a una esquina y vio frente a él, en el otro extremo del prado, a alguna distancia, la posada, que era, como se recordará, la única casa del ferial.
Miró. Nada de luces. Una masa negra.
Se estremeció. Luego se dijo que era tarde, que la taberna estaba cerrada, que todo era muy sencillo, dormían, y sólo tenía que despertar a Nicless y Govicum, ir a la posada y golpear en la puerta. Fue allá. No corrió, se precipitó.
Llegó a la posada sin resuello. Se está en plena tormenta, se brega en las invisibles convulsiones del alma, ya no se sabe si se está muerto o vivo, y se tiene con los que se ama toda clase de delicadezas; en eso se reconocen los verdaderos corazones. En el naufragio de todo sobrenada la ternura. No despertar bruscamente a Dea fue inmediatamente la preocupación de Gwynplaine.
Se acercó a la posada haciendo el menor ruido posible. Conocía el tabuco, antigua caseta de perro guardián, donde se acostaba Govicum; ese tabuco, contiguo a la sala baja, tenía un tragaluz que daba a la plaza.
Gwynplaine raspó suavemente el vidrio. Bastaba con despertar a Govicum.
No sintió movimiento alguno en el dormitorio de Govicum. A esa edad, se dijo Gwynplaine, se tiene el sueño pesado. Dio con el dorso de la mano un golpecito en el tragaluz. Nada se movió.
Golpeó más vivamente dos veces. No hubo respuesta. Entonces, temblando un poco, fue a la puerta de la posada y llamó.
Nadie respondió.
Pensó, no sin sentir el comienzo de un frío profundo: «Maese Nicless es viejo, los niños duermen intensamente y los ancianos pesadamente.
¡Llamemos con más fuerza!».
Había arañado, golpeado, suave y fuertemente, y ahora dio unos aldabonazos. Eso le trajo un lejano recuerdo, el de Weymouth, cuando, siendo muy pequeño, tenía a Dea, todavía más pequeña, en los brazos.
Tocó la aldaba violentamente, como un lord que era, ¡ay!
La casa permaneció silenciosa.
Sintió que se desenfrenaba.
Ya no guardó más miramientos y llamó:
—¡Nicless! ¡Govicum!
Al mismo tiempo miró a las ventanas para ver si se encendía alguna luz.
Nada en la posada, ni una voz, ni un ruido, ni un resplandor.
Fue a la puerta cochera, la golpeó, la empujó y la sacudió violentamente, gritando:
—¡Ursus! ¡Homo!
El lobo no aulló.
Un sudor helado le corrió por la frente.
Miró a su alrededor. La oscuridad era densa, pero había suficientes estrellas para que se vislumbrase el ferial. Vio una cosa lúgubre: la desaparición de todo. Ya no había una sola barraca en el bowling-green. El vagabundeo de mil bataholas que había hormigueado allí era reemplazado por la lóbrega oscuridad vacía. Todo se había ido.
Se apoderó de él la locura de la ansiedad. ¿Qué significaba aquello?
¿Qué había sucedido? ¿Ya no estaba allí nadie? ¿Es que su vida se había derrumbado tras él? ¿Qué les habían hecho a todos? ¡Oh, Dios mío! Se abalanzó como una tempestad sobre la casa. Golpeó en el postigo, en la puerta cochera, en las ventanas, en las contraventanas, en las paredes, con los puños y los pies, furioso de espanto y de angustia. Llamó a Nicless, a Govicum, a Fibi, Vinos, Ursus y Homo. Todos los clamores, todos los ruidos arrojó contra aquella muralla. A veces se interrumpía y escuchaba; la casa seguía muda y como muerta. Entonces, exasperado, comenzaba de nuevo. Choques, golpes, gritos, retumbos, hacían eco en todas partes.
Parecía que el trueno trataba de despertar al sepulcro.
Cuando se llega a cierto grado de espanto uno se hace terrible. Quien teme todo no teme nada. Se da puntapiés a la esfinge. Se maltrata lo desconocido. Renovó el tumulto en todas las formas posibles, interrumpiéndose, repitiendo, inagotable en gritos y llamamientos, asaltando aquel silencio trágico.
Llamó cien veces a todos los que podían estar allí; gritó todos los nombres, excepto el de Dea. Era una precaución, oscura para él mismo, que
tomaba instintivamente en su extravío.
Agotados los gritos y los llamamientos, quedaba el escalamiento. Se dijo: «Tengo que entrar en la casa». ¿Pero cómo? Rompió un vidrio del tabuco de Govicum, introdujo el puño desgarrándose la carne, descorrió el cerrojo y abrió el tragaluz. Se dio cuenta de que la espada le iba a molestar; la arrancó con ira, con la vaina y el cinturón, y la arrojó al suelo. Luego se izó por los relieves de la pared y, aunque el tragaluz era estrecho, pudo pasar por él y penetró en la posada.
La cama de Govicum, vagamente visible, estaba en el tabuco, pero Govicum no estaba en ella. Para que Govicum no estuviera en su cama era necesario, evidentemente, que Nicless no estuviese en la suya. Toda la casa se hallaba a oscuras. Se sentía en aquel interior tenebroso la inmovilidad misteriosa del vacío, y ese vago horror que significa: no hay nadie.
Gwynplaine, convulso, cruzó la sala baja, se golpeó con las mesas, pisoteó las vajillas, derribó los bancos, volteó las jarras, saltó sobre los muebles, fue a la puerta que daba al patio y la abrió con un rodillazo que hizo saltar el picaporte. La puerta giró sobre sus goznes. Miró al patio. La Green-Box no se hallaba ya allí.
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