El hombre que ríe

Victor Hugo · Capítulo 67 de 126

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El hombre que ríe

2 - Dea

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Dea

El niño era ya un hombre. Habían pasado quince años. Era el año 1705.

Gwynplaine iba a cumplir sus veinticinco de edad.

Ursus había conservado consigo a los dos niños, formando así un grupo nómada.

Ursus y Homo habían envejecido. Ursus estaba completamente calvo.

El lobo tenía el pelo gris. La edad de los lobos no se puede determinar como la de los perros. Según Molin, hay lobos que viven ochenta años, entre ellos el pequeño kupara, cavioe vorus, y el lobo oloroso, canis nubilus de Say.

La niña encontrada sobre la mujer muerta era ahora una muchacha grande de dieciséis años, pálida con cabello moreno, delgada, frágil, casi temblorosa a fuerza de delicadeza y a la que se temía romper, admirablemente bella y con los ojos llenos de luz, pero ciega.

La fatal noche de invierno que había derribado a la mendiga y su hija en la nieve asestó un golpe doble: mató a la madre y cegó a la hija.

La gota serena había paralizado para siempre las pupilas de aquella niña convertida a su vez en mujer. En su rostro, a través del cual no pasaba la luz, las comisuras de los labios tristemente rebajados expresaban esa contrariedad amarga. Sus ojos, grandes y claros, tenían la rareza de que a

pesar de estar apagados para ella, brillaban para los demás. Misteriosas antorchas encendidas iluminaban solamente el exterior. Daba luz ella, que no la tenía. Aquellos ojos desaparecidos resplandecían. La cautiva de las tinieblas blanqueaba el medio ambiente lóbrego en que ella estaba. Desde el fondo de su oscuridad incurable, desde detrás de ese muro negro llamado ceguera, irradiaba. No veía fuera de ella el sol y dentro de ella se veía su alma.

Su mirada muerta tenía no se sabe qué fijeza celeste.

Era la noche, y de aquella sombra irremediable amalgamada con ella misma salía como un astro.

Ursus, maníaco de los nombres latinos, la había bautizado con el nombre de Dea, o sea Diosa. Para ello había consultado un poco con su lobo. Le había dicho: «Tú representas al hombre, yo represento al animal; somos el mundo de aquí abajo; esta pequeña representará al mundo de arriba. Tanta debilidad es omnipotencia. De esta manera el universo completo: humanidad, bestialidad y divinidad, estará en nuestra barraca».

El lobo no había hecho objeción alguna.

Y así fue como la niña encontrada se llamó Dea.

En cuanto a Gwynplaine, Ursus no se había tomado la molestia de inventarle un nombre. La mañana misma del día en que descubrió la desfiguración del niño y la ceguera de la niña preguntó:

—Niño, ¿cómo te llamas?

Y el muchacho contestó:

—Me llaman Gwynplaine.

—¡Vaya por Gwynplaine! —exclamó Ursus.

Dea ayudaba a Gwynplaine en sus ejercicios.

Si la miseria humana pudiera ser resumida, lo había sido para Gwynplaine y Dea. Parecían haber nacido cada uno en un compartimiento del sepulcro: Gwynplaine en lo horrible y Dea en lo oscuro. Sus existencias estaban hechas con tinieblas de especie diferente, tomadas de los dos lados formidables de la vida. Dea tenía esas tinieblas dentro de ella y Gwynplaine sobre él. Había algo de fantasma en Dea y de espectro en Gwynplaine. Dea estaba en lo lúgubre y Gwynplaine en lo peor. Para Gwynplaine, vidente, existía una posibilidad punzante que no existía para Dea, ciega: la de

compararse con los otros seres humanos. Ahora bien, en una situación como la de Gwynplaine, admitiendo que tratara de darse cuenta de ello, compararse era dejar de comprenderse. Tener, como Dea, una mirada vacía de la que está ausente el mundo es una angustia suprema; menor, no obstante, que la de ser su propio enigma, la de sentir que falta algo que es uno mismo, la de ver el universo y no verse. Dea tenía un velo: la oscuridad, y Gwynplaine una máscara: su rostro. Lo inexpresable era que Gwynplaine estaba enmascarado con su propia carne. Ignoraba cuál era su rostro, desaparecido, pues habían puesto sobre él otro falso. Tenía como rostro una desaparición. Su cabeza vivía y su cara había muerto. No recordaba haberla visto. El género humano, tanto para Dea como para Gwynplaine, era un hecho exterior; ellos se hallaban lejos de él, los dos solos. El aislamiento de Dea era fúnebre: no veía nada; el de Gwynplaine era siniestro: veía todo. Para Dea la creación no pasaba del oído y del tacto; la realidad era limitada, corta, y la perdía inmediatamente; no tenía más infinito que la sombra. Para Gwynplaine vivir era tener constantemente a la multitud delante y fuera de él. Dea era la proscrita de la luz y Gwynplaine el desterrado de la vida. En verdad, eran dos desesperados. Tanto él como ella habían tocado el fondo de toda la calamidad posible. Un observador que los hubiera visto habría tenido la sensación de que su arrobamiento terminaba en una compasión inconmensurable. ¡Cuánto debían sufrir! Un decreto de infortunio pesaba visiblemente sobre aquellas dos criaturas humanas, y jamás la fatalidad, alrededor de dos seres inocentes, había amañado mejor el destino en tortura y la vida en infierno.

Sin embargo, vivían, en un paraíso.

Se amaban.

Gwynplaine adoraba a Dea y Dea idolatraba a Gwynplaine.

—¡Qué bello eres! —le decía ella.

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