El mozárabe
Líbrame de la sangre, oh Dios,
conjunto, singularmente bello, resaltaba sobre el verdor de los prados y los densos bosques.
Nadie les salió al paso en las puertas, que estaban abiertas de par en par. Por las calles se encontraron con los rezagados y con bandas de aprovechados que entraban y salían en las casas abandonadas para hacerse con lo que podían.
Cuando dejaron de sonar las campanas, un extraño silencio se apoderó de la ciudad. Después sonó el aullido lastimero de algunos perros, abandonados tal vez por sus amos en la huida. El cielo estaba encapotado y triste. De repente empezó a sonar un canto de monjes en algún sitio.
–Es un miserere -dijo Asbag-. ¡Démonos prisa; aún quedan monjes!
Al llegar a la plaza central, frente a la puerta principal de la basílica, una larga fila de monjes salía en ese momento entonando el triste salmo:
Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, salvador mío,
y cantará mi lengim tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tus alabanzas.
Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo
querrías.
Mi sacrificio es un espíritu
quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a
Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios
rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tus altares se inmolarán
novillos.
Terminado el miserere, los monjes echaron a correr despavoridos hacia las salidas de la ciudad, en las mulas que tenían esperándoles en la plaza.
Asbag distinguió enseguida al abad y se dirigió hacia él.
–¡Eh, un momento! – le dijo.
–¿Quién eres tú? – le preguntó el monje, poniendo el pie en el estribo para subirse a su muía.
–El peligro todavía no es inminente -dijo Asbag-. Los moros están a una jornada de aquí.
–¿Cómo sabes tú eso?
–Hemos venido siguiendo al ejército. Somos dos obispos mozárabes de Alándalus.
–¿Qué queréis aquí, en un momento como éste? –
preguntó sorprendido el abad.
–Venerar el sepulcro. Sólo eso -respondió Asbag.
El abad descendió de la muía y se acercó a él extrayendo una gran llave de entre sus ropas.
–¡Vamos, rápido! – dijo-. Ésta es la llave de la puerta.
Venerad al apóstol y huyamos cuanto antes.
La cerradura crujió cuando el abad dio con dificultad una vuelta a la llave con las dos manos. Empujó la enorme puerta de la basílica y apareció el fresco y obscuro templo: una nave amplia con columnas de piedra que la separaban de dos naves laterales.