El mozárabe

Jesus Sanchez Adalid · Capítulo 116 de 120

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El mozárabe

Constantinopla

encontraba, entre otras, una importante serie de tratados árabes de astronomía y aritmética. Llevado a Roma por una embajada catalana en 970, el joven Gerberto impresionó al papa Juan XIII por su doctrina. Gerberto llegaría a convertirse en el año 999 en el papa Silvestre II.

También tenemos noticias de la captura de Mayólo, abad del monasterio de Cluny en el desfiladero del Gran San Bernardo en el 973, por obra de los sarracenos del nido corsario de Frexinetum en Provenza (Garde-Freinet, junto a Saint-Tropez); que fue rescatado poco después mediante el pago de una considerable suma. Los Anales Laubienses, Anales Leodienses y Lamberti Analaes, así como la Ex Syri vita S. Maioli, describen detalladamente estos acontecimientos.

Constantinopla

Al igual que el Imperio romano del período clásico, Bizancio comprendía varias razas distintas, que iban desde los montañeses armenios o los pastores vlacos nómadas a los pescadores griegos o los campesinos eslavos. Estaban unidos por los lazos de su ciudadanía común y por la fe cristiana, y, en un plano más convencional, por las tradiciones intelectuales griegas. Por diversos que fueran su origen racial y su medio ambiente, es notable cómo los bizantinos que ascendieron a posiciones clave se adaptaron al sistema jerárquico que ligaba la sociedad y la vida política de Bizancio, mas, pese a la importancia que suele atribuirse al legado helenístico, deberíamos recordar que Bizancio siempre estuvo abierta a otras influencias, en particular, a la del mundo musulmán. En las fronteras existía una especie de cultura limítrofe, influida tanto por las tradiciones musulmanas como por las cristianas, e incluso en el corazón del imperio había una corriente bilateral. Los eruditos musulmanes visitaban Constantinopla, y los bizantinos iban a trabajar a los centros musulmanes. Incluso

los emperadores no dudaron en aceptar ciertas costumbres de la magnífica corte de los califas.

En pleno siglo X, Bizancio ofrecía una imagen rutilante y resplandeciente. El árabe Harum ibn Yahya, que se encontraba en la capital en calidad de prisionero de guerra, nos ha legado una descripción teñida de asombro: la lonja imperial en la catedral de Santa Sofía es un espacio de cuatro codos cuadrados totalmente incrustado de piedras preciosas, las bóvedas de la iglesia están totalmente recubiertas de oro y plata; en el hipódromo se corre con cuadrigas, como en la Roma antigua, y los ropajes de los aurigas llevan bordados de oro. Luitprando de Cremona, embajador de Otón I de Sajonia ante el basileus Nicéforo II Focas, en el año 968, quedó pésimamente impresionado por la altivez de aquel que, para él, no era más que un tirano griego (y que, por otra parte, se negaba a reconocer al soberano germánico como «emperador de los romanos»); no obstante, a pesar de sentirse humillado y molesto por el rígido y pomposo ceremonial de la corte bizantina, quedó maravillado por el trono imperial, del que escribió que estaba «construido de forma tal que en un momento parecía bajo, luego más alto, en ocasiones altísimo» y ante el cual

«había un árbol de bronce dorado, cuyas ramas estaban llenas de pájaros del mismo material, de distintos géneros, que emitían cantos distintos».

Nicéforo II pudo burlarse del embajador Luitprando cuando fue a pedir una princesa bizantina para el hijo de Otón I, y las campañas militares de Otón contra los bizantinos en Apulia fracasaron. El sucesor de Nicéforo, Juan I, fue un diplomático más sutil y consideró conveniente conceder algo a Occidente. En 972 llegó a un compromiso, enviando como novia a Teofano, dama noble bizantina, en vez de la princesa macedonia que había pedido Otón (al parecer, Ana, que, no obstante, se casaría en 989 con el ruso Vladimiro). Su enlace con Otón y la coronación de ambos se conmemora en un marfil que hoy se encuentra en