El mozárabe
Mi alma se echa a volar, entre apreses y mirtos.
Abuámir, en cambio, la miraba sólo a ella. Le hablaba cada vez más cerca, con un tono cálido y susurrante, pero no fingido. Estaba ya tan próximo que percibía el perfume de su piel y el calor de su cuerpo. Se estremeció al notar que un mechón del dorado cabello le rozó el rostro movido por el aire.
Tuvo que cerrar los ojos para no sucumbir a la tentación de adelantar las manos hacia ella para abrazarla. Olvidó de inmediato lo que estaba diciendo y se quedó inmóvil y mudo, como si de repente estuviera embrujado, concentrado sólo en la proximidad de aquella criatura, cuya mano estaba todavía sujeta a la suya, como un mágico conducto que les unía.
–¡Ah! Ja, ja, ja! – rió Subh repentinamente.
–¡Eh…! ¿Qué…? – Él abrió los ojos, sobresaltado.
–¡Que te duermes, hombre! – le dijo ella.
–Ah… no. Pensaba en una poesía.
–¿Una poesía? – dijo ella, divertida-. ¿Puedes recitármela?
Abuámir se concentró entonces en una flauta que destacaba entre los instrumentos que enviaban lejanas melodías desde los patios de la ciudad. Comenzó a recitar:
Mi alma se echa a volar, entre
apreses y mirtos.
Mi alma es una paloma.
La veo en el alféizar de tu ventana
contigo.
Mi alma es una paloma.
Si ella te tiene, ¿por qué yo estoy
solo conmigo?
Mi alma es una paloma.
Te busca y siempre te encuentra,
entre almendros y olivos.
Mi alma es una paloma.
Si ella te sabe hallar, ¿por qué yo
me encuentro conmigo?
Mi alma es una paloma.
Subh le dirigió una larga mirada, pero no pronunció ni una palabra y se volvió hacia el lejano panorama de la noche, como sumida en sus pensamientos. Luego se mordió los labios y un reguero de lágrimas se descolgó desde sus ojos.
–¡Oh, sayida, te he puesto triste! – se disculpó Abuámir-.
Perdóname.
–No… no es nada -dijo ella-. Lo que has recitado es muy hermoso… Se trata sólo de eso…
Abuámir se hizo de nuevo consciente de la mano de Subh, que estaba entre las suyas. Entonces, impulsado por un sentimiento de deseo y ternura a la vez, se llevó la mano de la princesa a los labios y los posó en ella, besándola suavemente por un momento.
Luego alzó la vista y creyó descubrir en su mirada una ternura que le sorprendió; pero, de repente, ella se apartó diciendo con voz aterrorizada:
–¡Es muy tarde ya! Volvamos abajo. Abuámir descolgó el candil. Los dos, en silencio, emprendieron la bajada por la escalera de la torre. Por el camino, él iba sumido en la confusión, enojado consigo mismo por no haber podido dominarse. Las dudas acudían a su mente y temió haberlo echado todo a perder.
Ya en el patio de las enredaderas, sostuvo la lámpara para que Subh no tropezase en su camino hacia la puerta.
No cruzaron ninguna palabra más y el portón se cerró detrás de ella. Abuámir se quedó allí, como paralizado, escuchando sus miedos.
Pero la puerta Dorada se abrió otra vez, y ella apareció corriendo hacia él por el patio. Cuando estuvo a su altura, sonrió y le dijo:
–Gracias, Amir, muchas gracias. Luego volvió sobre sus propios pasos y desapareció definitivamente detrás de la