El mozárabe
Te Deum landamus: te Dóminum confltemur…
Asbag, conmovido, bendijo a los monjes. Seguidamente, entraron en la capilla, se postraron delante de un gran crucifijo y comenzaron el canto del Te Deum:
Te Deum landamus: te Dóminum
confltemur…
El obispo sintió entonces, más que nunca, resonar dentro de sí el sentido de aquellas palabras latinas que había repetido tantas veces:
A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.
Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran…
Sintió cerca la presencia de Dios, como si estuviera allí mismo, mirándole de frente, acogiéndole en sus brazos. Se agolparon entonces en su mente los recuerdos de los largos días de sufrimiento. Peligro y rescate: ése era el ciclo que cobraba ahora sentido en su mente. La forma y el nombre de los peligros cambian, pero el miedo que experimentamos cuando vienen es el mismo, como es el mismo el respiro cuando se van. Y la misma es la mano del Señor que nos salva de ellos.
El canto del himno proseguía, pausado y profundo, en la voz de los monjes:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de
adoración,
Espíritu Santo, Defensor…
Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los que creen el reino de la
vida…
Un intenso y extraño sentimiento de irrealidad se apoderó de él mientras escuchaba estas palabras. El humo