El mozárabe
Los mozárabes
Sin duda alguna, una pequeña parte de aquellos innumerables manuscritos se esconde todavía entre los recovecos de obscuras bibliotecas. Levi-Provenzal señala que algunos de estos volúmenes se encuentran en Fez; por ejemplo, uno que lleva la fecha venerable del año 359
(970), con la indicación de que fue transcrito para el califa al-Hakam II. Conservamos los nombres de varios de estos copistas, entre los que figuraban un siciliano emigrado a Córdoba, clérigos de las comunidades de cristianos y hasta una mujer, la poetisa Lubna. De ello nos hablan las obras de Ibn al-Faradí, Ibn Bashkuwal y Dabbí.
Los mozárabes
Durante este periodo, Alándalus dio pruebas de un espíritu tolerante hacia sus súbditos cristianos, que hoy nadie puede poner en duda. En ninguna otra parte del mundo musulmán fueron tan necesarias las relaciones permanentes entre las diversas comunidades religiosas; porque una parte de la población había conservado su religión, leyes y costumbres anteriores a la conquista por los árabes de la España visigoda. A estas comunidades de cristianos se les llamó mozárabes.
La voz procede del árabe mustarib, «arabizado», «el que quiere hacerse árabe o se arabiza», y bajo diversas formas (muztárabe, muzárabe, mosárabe, etcétera) aparece en los documentos hispanolatinos de la alta Edad Media con la misma acepción que actualmente le damos. El término es inusitado en la literatura hispanoárabe, en la que los mozárabes son llamados con los nombres generales de ayamíes, nasraníes, rumies, dimmíes, etcétera. Hoy también se aplica el adjetivo mozárabe a la liturgia hispanovisigótica, a la escritura visigótica y al arte hispanocristiano de los siglos IX al XI.
Como es sabido, la doctrina coránica ordena a los musulmanes respetar, bajo ciertas condiciones, las creencias religiosas de la «gente del Libro», es decir, de
judíos y cristianos. Al producirse la conquista de España, los vencedores permitieron a las poblaciones que se habían sometido mediante pactos -la mayoría del país- el libre ejercicio de la religión cristiana y la plena posesión de sus iglesias y propiedades.
Más tarde, incluso después de las conversiones en masa de machos mozárabes deseosos de gozar de un estatuto fiscal preferencial, puesto que los cristianos habían de pagar újaray o impuesto, pervivía una considerable proporción de súbditos cristianos que formaban florecientes comunidades en las ciudades andaluzas.
En el siglo X los mozárabes formaban un minoritario grupo religioso y jurídico, no étnico ni lingüístico, dentro de la sociedad hispanomusulmana, vivían en barrios propios y poseían cementerios propios. Tres autoridades civiles elegidas entre ellos eran encargadas de la administración y el gobierno de cada comunidad. Un comes, personaje notorio, que ejercía las funciones de gobierno civil, siendo el más destacado el de Córdoba; xmjudex, llamado por los musulmanes cadí de los cristianos; y un exceptar o recaudador de tributos. En el nombramiento de estas tres autoridades influyó por lo general el gobierno musulmán, bien designándolos directamente, bien aprobando la propuesta presentada por los nobles mozárabes.
A esta minoría el califa le garantizó sin restricciones el libre ejercicio de su religión y culto. Los templos anteriores a la invasión, salvo aquellos que fueron convertidos en mezquitas tras la conquista, fueron respetados, y los mozárabes tenían derecho a repararlos, pero no a construir otros nuevos. Se tiene noticia, por ejemplo, de la existencia en Córdoba de más de diez iglesias, nueve en Toledo, cuatro en Mérida, etcétera. Las campanas podían ser utilizadas, aunque con moderación para no escandalizar a los buenos musulmanes. Abundaron las comunidades monásticas. En los alrededores de Córdoba llegaron a existir más de quince monasterios.
En el reinado de al-Hakam II, tenemos algunas noticias sobre importantes personajes mozárabes: el juez Walid Ibn Jaizuran, que sirvió de intérprete a Ordoño IV cuando éste visitó, en el año 962 (351), al soberano cordobés en su capital, por ejemplo. Pero hemos de señalar especialmente la labor destacada de los dignatarios eclesiásticos como embajadores en países cristianos. Así, la misión que se encomendó, luego de su elevación al episcopado, a Rabí ben Zayd, el renombrado Recemundo, en el Oriente cristiano. Ya Abd al-Rahman III había enviado a este embajador al emperador de Alemania. Era un cristiano de Córdoba, buen conocedor del árabe y del latín, y celoso de la práctica de su religión, que estaba empleado en las oficinas de la cancillería califal, antes de ser nombrado obispo de la diócesis andaluza de Ili-beris (Elvira). Se puso en camino en la primavera de 955 y, al cabo de diez semanas, arribó al convento de Gorze, donde fue bien recibido por el abad, así como luego por el obispo de Metz.
Unos meses más tarde llegaba a Francfort, corte del emperador, donde tuvo ocasión de conocer al prelado lombardo Luitprando, a quien decidió a componer su historia, la Antapodosis, que el autor le dedicó. Más tarde, Rabí ben Zayd siguió desempeñando un buen papel en la corte califal de al-Hakam II, quien tema en gran estima sus conocimientos filosóficos y astronómicos, y para quien redactó, hacia el 961, el celebre kitab al-anwa, más conocido como «Calendario de Córdoba».
Como vemos, los miembros más influyentes de la Iglesia mozárabe estuvieron próximos al califa, realizando funciones de consejeros, intermediarios, intérpretes y embajadores. Conocemos el nombre de un arzobispo de Toledo, Juan, muerto en 956 (344), al que sucedió un prelado del que sólo sabemos el nombre árabe, Ubaid Allah ibn Qasim, y que parece haber sido trasladado poco después a la sede metropolitana de Sevilla. Como obispo de Córdoba conocemos a un Asbag ibn Abd Allah ibn Nabil.