El mozárabe

Jesus Sanchez Adalid · Capítulo 65 de 120

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El mozárabe

Rumor de golondrinas

Comieron y bebieron, como solían hacer en aquel sitio. Y

soportaron pacientemente la inagotable palabrería de al-Moguira.

No obstante, por fin, se hizo el silencio; porque subió el Loco a la tarima. El laúd sonó templado y la voz del poeta voló por su jardín:

Rumor de golondrinas

¿que me traes de madrugada?

Los sueños de la que aún duerme

abandonan fugaces su almohada.

Vuelan por su ventana;

dejan la alcoba y escapan

hasta encontrarse conmigo

y rozar con sus alas mi alma.

Palabras de golondrinas,

algarabías aladas.

Nadie podrá traducirlas;

sólo el amor desvelarlas.

El príncipe miró con ojos tiernos a Abuámir, y éste, a su vez, adivinó de reojo la suspicacia de Qut. Para romper con la situación dijo:

–¡Bueno, más vino! ¡No nos pongamos melancólicos!

Llenó las copas y los tres bebieron. Después, al-Moguira dijo:

–¿Por qué no? La melancolía es maravillosa. Si no fuera por ella no habría poesía.

Dicho esto, prosiguió su incesante parloteo, manoteando y gesticulando.

Abuámir decidió entonces lanzarse a la carga y pensó que el mejor contraataque era tumbar al príncipe con la bebida para evitar que se alargase en exceso una velada que se presentaba insoportable. Qut adivinó el juego, y ambos se turnaban proponiendo brindis sin darse respiro.

Sin embargo al-Moguira, lejos de adormilarse, parecía

animarse por momentos, aunque en su rostro aparecían ya claros síntomas de embriaguez.

El Loco recitó su último poema, y les llegó su turno a las bailarinas del vientre, que salieron al medio del jardín evolucionando frenéticamente al ritmo de la música mauritana. El príncipe, al verlas, abrió unos ojos como platos y se levantó súbitamente de su asiento.

–¡Danza! – exclamó-. ¡Me encanta!

Y salió corriendo hacia la explanada ante el estupor de Abuámir y Qut.

–¡Por Alá! ¡Ese hombre está loco! – exclamó Qut-. No sabe dónde se mete.

Sin salir de su asombro, vieron que al-Moguira empezó a contonearse como una más entre las bailarinas, mientras los espectadores acudían con morbosidad para ver de cerca el inusitado espectáculo.

–¡Rápido! Hay que hacer algo -apremió Abuámir, lleno de preocupación-. Vayamos antes de que la cosa se complique.

Se acercaron abriéndose paso entre la gente; pero cuando llegaron al borde de la tarima, ya se habían subido unos cuantos forasteros que rodeaban al príncipe seducidos por su aspecto extravagante y exótico.

–¡Lo que me temía! – se lamentó Abuámir-. Lo han confundido con un mozo y creen que forma parte del espectáculo.

–¡Aguarda aquí! – le dijo Qut-. Me acercaré y lo traeré como pueda.

Abuámir le vio subirse a la tarima y avanzar a empujones hasta al-Moguira; luego bailoteó torpemente, para disimular, entre los demás que rodeaban al príncipe y que ya incluso le echaban el brazo por encima o le besuqueaban. Qut le tomó de la mano y tiró de él. Pero un grueso y alto hombre vestido con una túnica verde se dio cuenta y le detuvo gritando:

–¡Eh, tú! ¿Adonde vas con el muchacho?

Qut hizo caso omiso y trató de nuevo de sacar de allí al príncipe; pero el de la rúnica verde le dio un fuerte empujón, haciéndolo caer rodando de la tarima. El grueso hombre se apoderó entonces del príncipe como si fuera algo suyo.

Varios de los espectadores se abalanzaron también para disputarse al danzarín y se produjo un forcejeo entre ellos.

Al-Moguira se empezó a sentir agobiado e intentó huir, pero numerosas manos hicieron presa en él.

Abuámir subió entonces de un salto y propinó un puñetazo al de la túnica verde, que se desplomó sobre los músicos que estaban a un lado. El tumulto fue ya algo inevitable. Unos golpeaban a otros entre los gritos de las bailarinas, el estrépito de las pisadas y las caídas sobre las maderas del entarimado. Algunos rodaban por él suelo y otros se agredían ferozmente con los laúdes o con los candelabros de las mesas.

El Loco y sus criados subieron para poner orden, pero el grupo de forasteros era numeroso y estaban muy bebidos, por lo que la situación se puso muy peligrosa.

A duras penas, Abuámir consiguió sacar de allí al príncipe y corrió tirando de él por entre los árboles del jardín. Y ya creía estar a salvo cuando oyó un estrépito de pasos detrás de él. Se volvió y se encontró con tres de los violentos forasteros que le seguían enfurecidos espada en mano.

Abuámir comprendió que les darían alcance y se detuvo.

Él no llevaba espada, pero a un lado había una gran barra de hierro clavada en el suelo para sostener una antorcha; la tomó y se dirigió directamente a sus perseguidores. Hecho una furia, empezó a gritar y a blandir el hierro a uno y otro lado. El primero de los forasteros que llegó hasta él recibió un tremendo golpe en un hombro y se desplomó. Los otros dos se detuvieron. Abuámir hirió a uno en la cabeza, y el otro, atemorizado, se dio a la fuga.

Abuámir agarró de nuevo al príncipe y corrió hacia la salida. Fuera aguardaban el esclavo y Qut, que había conseguido salir por otra puerta.

–¡Hay que escapar de aquí inmediatamente! – rugió Abuámir-. ¡Trae la carreta!

Se subieron los cuatro y el esclavo arreó a los caballos.

Pero Qut miró hacia atrás y vio que el peligro no había pasado.

–¡Oh, no! – exclamó-. ¡Nos siguen!

Detrás de ellos, varios jinetes espoleaban a los caballos y ya casi les daban alcance. No obstante, debido a la angostura del puente, no podían rebasarlos.

–¡Hay que llegar a la cabecera del puente! – le gritó Abuámir al esclavo-. ¡Una vez allí, advertiremos a los guardias de la puerta de la muralla!

Los perseguidores llegaron frente a la puerta de Alcántara casi al mismo tiempo que ellos. No se podía entrar, pues era tarde y había que identificarse. Los jinetes echaron pie a tierra y se dispusieron a asaltar la carreta.

Abuámir vio al enorme forastero de la túnica verde, con sangre en el rostro y fuera de sí, enarbolando un gran alfanje. Le seguía una docena de fornidos hombres con espadas.

–¡Guardias! – gritó Abuámir-. ¡Abrid al príncipe al-Moguira!

Los agresores vacilaron por un momento.

–¡Guardias! – insistió Abuámir-. ¡Abrid! ¡Soy el tesorero real!

Se oyeron caer las aldabas y la puerta crujió. Los forasteros corrieron hacia sus caballos y montaron maldiciendo. Cuando salieron los guardias, ya iban huyendo por el puente.

–¿Qué sucede? – preguntó el capitán de la puerta.

Abuámir no tuvo más remedio que identificarse.

–Soy el tesorero real y acompaño a su alteza el príncipe al-Moguira -dijo-. Hemos sufrido un percance con unos forasteros.

A pesar de la obscuridad, el capitán los reconoció inmediatamente y se postró temeroso. Después ordenó a