El mozárabe

Jesus Sanchez Adalid · Capítulo 89 de 120

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El mozárabe

El Señor es mi luz y mi salvación,

amenazador, del riesgo del camino. Se acordó de rezar. Y lo hizo con palabras del Salmo 26:

El Señor es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?

El Señor es la defensa de mi vida,

¿quién me hará temblar?

Se serenó al musitar aquellos versos. Procuró sentir esa luz, la única luz. «Eres Tú, Señor -oró-. Tú eres mi luz. La firmeza de Tu palabra, la garantía de Tu verdad, la permanencia de Tu eternidad. Sólo con saber que estás allí, siento tranquilidad en mi alma.» Invadido por la tranquilidad y la calma, el mozárabe logró conciliar de nuevo el sueño.

Al día siguiente, reanudaron el viaje muy temprano.

Finalmente dejaban el desfiladero que tan incómodo resultaba por ser un camino en pendiente y pedregoso. El sol apareció en un luminoso valle, por el que discurría el río Draco, más sereno ahora, después de serpentear y dar vueltas en círculo entre los Alpes, como un impetuoso arroyo de montaña.

Aunque no habían abandonado aún el tortuoso sendero, divisaban ya la planicie con sus árboles frutales, las tierras de labor y la villa de Pons Ursari. Al final del desfiladero, pasando el boquete que le da acceso a la izquierda, oculto por varias filas de árboles, había un cerro ingente formado por peñascos. Visto por entre los árboles parecía un castillo en ruinas. La columna pasaba lentamente junto a esta especie de fortaleza natural cuando alguien gritó:

–¡Atención! ¡Hay gente ahí arriba!

Asbag alzó la vista, como el resto de los viajeros.

Efectivamente, se veían unas siluetas de personas que se movían, pero que se ocultaron rápidamente.

–Deben de ser pastores -dijo uno de los soldados.

Siguieron adelante un poco más y atravesaron el río, de manera que sólo les quedaban ya los difíciles recodos que había que remontar antes de llegar a la planicie, cuando,

súbitamente, sonaron unos fieros y aterradores gritos que se convirtieron pronto en una feroz algarada que descendía desde los montes. Entonces se vieron turbados por una amenazante masa de gente armada que venía hacia ellos desde atrás y desde los cerros de los laterales. El capitán de los caballeros se hacía oír entre el tumulto:

–¡Una emboscada! ¡Una emboscada! ¡Agrupaos!

–¡Madre de Dios! – exclamó Mayólo-. ¿Quiénes son esa gente?

–¡Sarracenos! – respondió el capitán-. ¡Dios nos asista!

Los caballeros volvieron sobre sus pasos y se enzarzaron en un violento combate con los atacantes, que ya habían abatido a muchos de los viajeros que iban en la cola a pie o a lomos de asnos.

–¡Hay que huir! – gritó Mayólo-. ¡Galopemos hacia la aldea!

Lograron salir del desfiladero, pero en los primeros llanos apareció una horda mayor aún que la anterior cerrándoles el paso. Los sarracenos consiguieron detener a los caballos y echaron mano a los hábitos de los clérigos, derribándoles de sus monturas.

Asbag vio caer a Mayólo y al momento cayó también, entre los pies de un montón de atacantes que se abalanzaban ferozmente sobre él.

Cuando le tenían sujeto, vio cómo el palafrenero del abad defendía a su amo, asestando golpes con su espada a diestro y siniestro, para evitar que se acercaran los atacantes, hasta que Mayólo le sujetó gritándole:

–¡Es inútil! ¡Rindámonos!

En ese momento un arquero disparó una flecha al criado y, en vez de alcanzar a éste, se clavó en la mano con la que el abad le sujetaba por el hombro.

El fragor del combate cesó. Los sarracenos rodeaban a los viajeros que quedaban vivos. Lo que Asbag vio a continuación fue terrible: sin más lucha, empezaron a asesinar cruelmente a los caballeros, a los criados y a todos