El mozárabe
No, sin ti no…
Permanecieron todavía allí, hasta que dieron fin al contenido de aquella última botella. Luego se pusieron en pie y se aprestaron a abandonar el local. Ben-Hodair se tambaleaba. Abuámir, en cambio, estaba firme y con la mirada brillante. Antes de salir, se aproximó disimuladamente hasta donde estaba el judío Ceno, mientras los criados del visir ayudaban a su amo a subir a la litera.
–¡Eh, Ceno! – le dijo-. Ese último vino… ¿Era de verdad el último?
El judío sonrió y le guiñó un ojo. Luego entró a toda prisa en la bodega. Enseguida apareció con una botella semejante a la anterior, le quitó el polvo con un paño y le dijo:
–Ésta sí que es la última.
Abuámir le lanzó una moneda de plata y se guardó la botella entre los pliegues de la capa.
En la puerta le aguardaba el visir, desmadejado en su litera.
–¿No quieres venir conmigo al jardín del Loco? – le preguntó Abuámir.
–¡Oh, no, no…! – respondió quejumbroso Ben-Hodair-. Ve tú. Yo ya soy viejo para tanta juerga. Con lo de esta tarde he tenido ya suficiente. Ahora necesito dormir.
La litera se internó en las callejuelas, y Abuámir se dirigió hacia la argolla donde había amarrado su caballo.
Cuando iba atravesando el puente se fijó en el cielo nítido, poblado de estrellas. Divisó a lo lejos las tibias luces del jardín y percibió la dulce música que le era tan familiar.
Entonces se detuvo y se quedó absorto. Un laúd acompañaba con una triste melodía la voz de una mujer que cantaba en solitario. Decía:
No, sin ti no…
Ni música, ni rosas, ni vino…
No, sin tino…
Ni noche, ni estrellas, ni luna…
No, sin ti no, no, no…
El rostro de Subh le vino entonces a la mente. Tiró de las riendas del caballo y le hizo dar media vuelta. Todavía era temprano. Había anochecido hacía poco, y en verano nadie se acostaba, aunque fuera noche cerrada, sin haber aguardado a la primera brisa. Si se apresuraba podría charlar con ella todavía un momento. Ahora no deseaba otra cosa. Espoleó al caballo, y los cascos rugieron sobre los rollos de la calzada.
En la cabecera del puente, junto a la pared de la mezquita, un viejo vestido de blanco vendía golosinas a la luz de un candil. Desde el caballo, Abuámir le compró media calabaza llena de peladillas, caramelos y frutas azucaradas.
Lo puso todo en la alforja junto a la botella de vino y se encaminó hacia los alcázares.
Los jóvenes eunucos al-Fasí y Sisnán aprovechaban el fresco para regar las plantas en el jardín de las enredaderas.
Cuando vieron llegar a Abuámir parecieron leerle el pensamiento.
–Está arriba -dijo al-Fasí, sin que nadie le preguntara nada.
–¿Arriba? – preguntó Abuámir.
–Sí, en la torre -respondió Sisnán señalando con el dedo.
Abuámir les dio un puñado de golosinas y se dirigió hacia la galería que conducía a la escalera de caracol. El corazón le palpitaba como queriendo salírsele del pecho.
Cuando llegó arriba, Subh estaba de espaldas, sumida en la contemplación de la ciudad nocturna. Oyó los pasos detrás de sí, se volvió y se encontró con él, mirándola de frente y sosteniendo una bandeja con la botella, dos copas y la calabaza repleta de dulces.
Los dos se quedaron en silencio, mirándose, como solía sucederles cuando se encontraban. Luego ella dijo: