El mozárabe
Capítulo 44
Ella se miró y se asombró al verse radiante, con aquel vestido y aquella joya a la luz de aquel salón. Luego miró a Abuámir a su lado; se fijó en su tez morena y en el contraste de sus cabellos negros, brillantes, y en sus ojos profundos de árabe.
Él sabía bien que la mejor manera de seducir a una persona es hacerle ver que es la más maravillosa del mundo. A través del espejo le transmitió eso a ella con sus ojos.
–¿ Y es? – le dijo-, somos tan diferentes… Tu piel es clara como la luna y tus cabellos tienen luz. Yo, en cambio, soy la noche. No puede haber luna sin noche…
Dicho esto, fue retirando el vestido de Subh. Primero lo deslizó dejando al descubierto sus hombros, que besó suavemente; luego, sin que ella pudiera moverse, la delicada tela de color azafrán cayó a sus pies dejando al descubierto su blanco cuerpo desnudo, como el de una pulida escultura.
44
Mar del Norte. Costa occidental de Jutlandia, año 967
Asbag se dio cuenta de que era incapaz de pensar.
Nunca antes le había sucedido algo semejante. Tendido de costado en la cubierta del barco, sentía un espeso y frío adormecimiento en las piernas, y su cadera derecha parecía haberse fundido con las duras tablas. Junto a él, otros cautivos se arracimaban atados unos a otros, para evitar que, llevados por el terror y el descontento, se arrojaran por la borda a las frías aguas, como ya habían hecho algunos a lo largo de aquel viaje. A su lado, una mujer joven llevaba días emitiendo un pausado y lastimoso quejido, que ya no era un llanto, sino un mecánico gemido semejante al maullido de un gato.
La mente de Asbag estaba tan en blanco que no le permitía concebir el más leve pensamiento esperanzador, y