El mozárabe

Jesus Sanchez Adalid · Capítulo 62 de 120

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El mozárabe

No olvidaré la rosa

que te han hecho pasar con el asunto de la favorita de mi hermano?

Abuámir permaneció en silencio. No consideró oportuno dejarse llevar poniéndose a murmurar en perjuicio de los que eran los hombres más importantes del palacio, y mucho menos delante del príncipe al que habían cuidado desde niño; de modo que optó por hacer un ambiguo gesto con los hombros, como si la cosa no fuera con él.

Al-Moguira dejó entonces el tema y llenó una copa de vino que acercó a Abuámir.

–Dicen por ahí que entiendes mucho de poesía -le dijo con gesto malicioso.

–¿Yo? – respondió extrañado Abuámir-. ¿De poesía?

–¡Vamos! No te hagas el tonto. Preparaste una fiesta para mi primo Ben-Hodair.

–¡Ah, te refieres a aquello! Bueno, yo sólo tuve la idea de montar aquel espectáculo. Pero la poesía la puso el Loco.

–Entonces, algo sabrás -insistió el príncipe-. A mí la poesía me encanta. ¿Conoces algún verso adecuado para este momento?

Abuámir no quiso contrariar a al-Moguira en aquel primer encuentro. Buscó en su mente, pero no acudía nada que le pareciera adecuado. Apuró la copa hasta el fondo. Por fin dio con algo. Hizo un gran esfuerzo y endulzo la voz cuanto pudo:

No olvidaré la rosa

mientras su espina esté clavada en mi

mano.

No olvidaré tu cuerpo

mientras el deseo punce mi alma.

Y este recuerdo me mata;

porque abrazo el aire, buscando tu

cintura,

y voy detrás de la brisa, por si

llevara el olor de tu pelo.

El príncipe cerró los ojos y se recostó en el almohadón con un expresivo gesto de embelesamiento.

–¡Ah, es maravilloso! – exclamó-. ¡Exquisito!

Abuámir empezaba a sentirse molesto. Temió tener que pasar el resto de la velada recitándole a al-Moguira. Por otra parte, la afectación y el aspecto del príncipe le ponían nervioso. Pensó en la manera de librarse de aquella situación. Se removió en su asiento y, con tono quejumbroso, dijo:

–Y ahora, señor, si me lo permites, quisiera retirarme. Me está doliendo la herida que me hizo el jabalí y me encuentro muy fatigado. Me encanta estar contigo, pero quisiera continuar esta maravillosa conversación en un momento más favorable.

–¡Oh, naturalmente! – exclamó el príncipe, saliendo de su éxtasis-. Lo comprendo. ¡Pobrecillo! No había reparado en tu herida. Qué lástima; con lo bien que estábamos… Pero no quiero yo que sientas dolor por mi causa. Cuando te recuperes ven a verme ¿Me lo prometes?

–Claro, señor. Ya sabes dónde encontrarme. Puedes llamarme cuando lo desees.

El príncipe le hizo un guiño de complicidad, y Abuámir terminó de incomodarse. No obstante, sonrió exteriormente, se postró e hizo ademán de levantarse. En ese momento, al-Moguira le cogió la mano y la sujetó durante un momento