El rayo verde
Capítulo 8. Un castigo divino
Capítulo 8
UN CASTIGO DIVINO
Cuando tocaba la asignatura de Moral a primera hora de la mañana, Huan y Jules siempre se sentían desmotivados, y aquel lunes no era una excepción. La materia la impartía Claude Mathieu, el malvado director del instituto y uno de los miembros más destacados de la Orden Contra el Progreso, quien solía pasarse la hora de clase despotricando contra el progreso, la tecnología y la ciencia, y pronunciando discursos conservadores y violentos en pos de la tradición.
Por si fuera poco, ese lunes ambos chicos se habían levantado tremendamente doloridos por el percance vivido el día anterior. De hecho, Huan había estado a punto de faltar a clase, puesto que tenía mucho dolor de espalda y se le hacía una montaña enorme el hecho de tener que salir de la cama, pero sus padres lo convencieron para que asistiera y siguiera formándose.
—Así verás a tus amigas y te disculparás por haber faltado a la cita de ayer —lo animó su madre.
Tenía razón, y Huan lo sabía. Cuanto antes se disculparan por haberles dado plantón, antes podrían hacer borrón y cuenta nueva. Seguro que cuando supieran lo que les había pasado se reirían mucho y los perdonarían. Estaba convencido de que Jules y él tendrían que soportar muchas burlas cuando las chicas conocieran la historia, pero valdría la pena si gracias a ello dejaban de estar molestas.
Se encontró con Jules en el punto habitual donde se citaban los cuatro cada mañana, un par de manzanas antes de llegar al instituto. Él solía llegar el último, ya que casi siempre se le pegaban las sábanas, pero aquel día solo estaba su amigo.
—¿Y las chicas? —preguntó al acercarse a él. Ninguno de los dos comentó el incidente de la tarde anterior; por el momento, era mejor hacer como si jamás hubiera ocurrido, aunque siguieran ambos con la espalda dolorida y agujetas en las pantorrillas.
—No lo sé, ya deberían estar aquí —se extrañó Jules.
Aguardaron varios minutos, pero ninguna de las dos apareció.
—Vaya —se lamentó Huan—, está claro que nos están dando a probar nuestra propia medicina. Nos han dado plantón.
—Me temo que tienes razón —coincidió el otro—. A esta hora ya deben de estar en el instituto, riéndose de nosotros por estar aquí esperándolas.
Comenzaron a caminar hacia La Bonne Tradition algo cabizbajos. Desde luego, el día no comenzaba bien.
—Creo que va a ser más difícil lograr que nos perdonen de lo que teníamos previsto —opinó Jules.
Llegaron al aula, donde Claude Mathieu ya los estaba aguardando con una sonrisa siniestra en el rostro. Jules suspiró profundamente. ¿Qué tipo de discurso les iba a soltar hoy? Después de su fracaso con las magnetobotas y los magnetoguantes, no tenía ningunas ganas de oír despotricar sobre el progreso y el futuro. En aquellos momentos, se sentía el peor inventor del mundo, y su sueño de construir aeronaves en una fábrica como la que estaban ideando en Nantes se le antojaba mucho más lejano e improbable que de costumbre.
Mathieu esperó a que entraran un par de alumnos rezagados más en el aula antes de dar comienzo a la clase. Jules deseó que pasara rápido; quería que fuera ya la hora del patio para poder disculparse con Marie y Caroline, a las que no vería hasta entonces, puesto que las aulas no eran mixtas, y chicos y chicas solo compartían espacio en el recreo.
—Buenos días —comenzó el director de La Bonne Tradition—. Como sabéis, la madre Naturaleza nos lanza señales constantemente para que dejemos de tratarla mal, para que el mundo siga siendo tal y como ha sido siempre. —Jules suspiró otra vez resignado; el discurso adoctrinador de Mathieu ya había comenzado—. Solo esto explica la tragedia que ocurrió ayer en la playa de Nantes.
El profesor de Moral hizo una pausa en su discurso, dotándolo de mayor dramatismo. El silencio habitual se llenó rápidamente de cuchicheos y de murmullos: ¿de qué estaba hablando Claude Mathieu? ¿Qué había ocurrido el día anterior en la playa?
—No diréis que no os advertí —añadió el director amedrentando a sus alumnos—. Os dije lo que significaba el fatídico rayo verde y por qué no debíais acudir en su busca, pero hay gente que ya está echada a perder desde el principio, que por mucho que se la advierta, jamás entrará en razón.
—Profesor —dijo Jules Verne, con voz algo temblorosa, levantando una mano—, ¿qué pasó ayer en la playa? ¿Puede explicárnoslo?
Mathieu miró a Jules a los ojos sonriendo maliciosamente y se tomó su tiempo para contestar. El joven inventor se dio cuenta de que el profesor de Moral estaba disfrutando enormemente con la situación.
—¡Ah! —exclamó fingiendo sorpresa—. ¿Es que no lo sabe, Verne? Pero si a usted este tema le toca muy de cerca… Al fin y al cabo —su sonrisa se ensanchó—, es usted amigo íntimo de dos de las víctimas.
—¿Víctimas? —inquirieron Jules y Huan a la vez palideciendo.
—Veo que aún no ha corrido la voz sobre la catástrofe que ha tocado de cerca a nuestra ciudad, así que me veo en la obligación de iluminaros sobre el tema. Todo aquel que ayer fue a ver el rayo verde se ha quedado ciego.
Los alumnos de la clase contuvieron un grito. Los chicos se miraron unos a otros alarmados: todos ellos conocían a alguien que había ido a contemplar el destello verde.
—Está usted mintiendo —dijo Jules tratando de aparentar serenidad.
Sencillamente, no podía ser cierto.
—Por desgracia, no miento —repuso Mathieu tranquilamente sin sentirlo en absoluto—. Lo advertí desde el principio, pero hubo mucha gente que prefirió hacer caso omiso de las advertencias y cometer una imprudencia que les ha costado la vista. Esto ha sido nada más y nada menos que un castigo divino.
—No puede ser —intervino Huan—. Marie y Caroline… ellas… seguro que están perfectamente, atendiendo en clase en el aula de al lado.
—Ellas no están en clase hoy —lo contradijo el director de La Bonne Tradition—. Los padres de ambas han avisado al centro de que habían tenido que internar a sus hijas en la Casa de la Salud.
Jules y Huan se miraron alarmados. No podía ser cierto, debía de tratarse de una broma macabra de Claude Mathieu. En el recreo verían a Marie y a Caroline y estarían como siempre, tan solo algo enfadadas por el plantón que los chicos les habían dado el día anterior. Sin embargo, ¿desde cuándo Mathieu hacía ese tipo de bromas delante de toda la clase?
—Veo que hay gente que todavía parece reticente a creer mis palabras — comentó entonces Mathieu mientras escrutaba los rostros de sus alumnos con atención—; tal vez le daréis más crédito al periódico que el que me habéis dado a mí.
Y entonces el profesor de Moral dio un golpe de efecto muy bien estudiado: desdobló la edición matutina de Le Matin, que reposaba plegado encima de su mesa, y mostró la portada a sus alumnos.
Ahí, en primera plana, un titular de enormes letras rezaba las palabras que tanto Jules como Huan hubieran deseado no tener que leer jamás: «Tragedia en la playa de Nantes: los espectadores pierden la visión tras contemplar el rayo verde».
Así pues, era cierto, aunque costara de creer. Claude Mathieu tenía razón, quienes habían observado el rayo verde habían quedado ciegos.
Solo cabía una pequeña esperanza, a la que Jules quería aferrarse por ínfima que fuera: que las chicas, tras el plantón de sus amigos, hubieran decidido regresar a sus casas en vez de ir a la playa. Tal vez se les había hecho tarde esperándolos y se habían perdido el espectáculo. Tal vez… Aunque Claude Mathieu había sido muy claro: los padres de Caroline y Marie habían avisado de que sus hijas estaban en la Casa de la Salud. Pero no podía ser cierto, tenían que estar bien.
En aquel momento, el director del instituto estaba escrutando a Jules con la mirada, como si intentara adivinar sus pensamientos. Torció los labios hacia abajo en una clara mueca de disgusto antes de decir:
—La verdad es que me ha sorprendido usted mucho, Verne. Pensaba que usted y su amigo irían como borregos a ver el rayo verde, y en cambio aquí están, sanos y salvos. —Entornó los ojos antes de añadir—. No como sus amigas. ¿Qué clase de ser repugnante deja a un par de damiselas que se queden solas ante el peligro? —Claude Mathieu meneó la cabeza en señal de desaprobación.
Jules sintió una punzada en el corazón. Por primera vez en su vida estaba de acuerdo con Mathieu. ¿Cómo había podido dejar que Caroline y Marie fueran solas a contemplar un espectáculo tan peligroso?
Los nervios los corroían por dentro mientras aguardaban a que llegara la hora del recreo. Cuando al fin sonó el timbre, Huan y Jules saltaron de sus asientos y corrieron hacia el patio, buscando a sus amigas con la mirada en todo momento. Por todas partes había estudiantes con caras largas, que comentaban la desgracia que había asolado Nantes la noche anterior, pero a ellas no se las veía por ninguna parte.
Huan tocó el hombro de su amigo con cariño.
—Jules…, creo que Mathieu no nos ha mentido. Creo que las chicas sí que fueron a ver el rayo verde y que ahora están en el hospital.
Jules Verne tragó saliva sintiéndose más culpable que nunca. Aquella misma mañana su principal problema era un insignificante dolor de espalda y un posible enfado de sus amigas; ahora todo había cambiado por completo.