El rayo verde
Capítulo 17. El antídoto. Invencibles
Capítulo 17
EL ANTÍDOTO.
INVENCIBLES
Jules y Huan abrieron la puerta de golpe y se abalanzaron hacia las camas donde reposaban Caroline y Marie. Sentían que hacía una eternidad que no las veían, y habían echado muchísimo de menos el no estar junto a ellas durante los recientes acontecimientos. Les habría gustado ir a verlas nada más salir del barco donde habían estado prisioneros, pero Jaques Blanc los había convencido de que había cosas más importantes que hacer. Tenía razón, por supuesto, así que se habían encaminado hacia el puerto, directos al Nautilus, para ver al capitán Nemo y contarle sus últimos descubrimientos. Al conocer la noticia, el capitán contactó con Fahim para entregarle una muestra de corbidio. El médico hindú les aseguró que analizaría el mineral y que intentaría dar con un antídoto para la ceguera a lo largo de las siguientes horas.
Luego, el capitán Nemo los acompañó a sus casas en su coche de caballos. Era muy tarde y el hombre no quería que los chicos anduvieran a esas horas por la ciudad, sabiendo que los miembros de la Orden Contra el Progreso debían de estar muy furiosos porque a esas horas ya se habría dado cuenta de la jugarreta que les habían gastado.
—Ahora descansad, que el día de hoy ha sido muy largo y os merecéis un sueño reparador —les había recomendado el capitán—. Mañana ya tendréis tiempo para reencontraros con vuestras amigas y poneros al día.
Aunque Jules creía que no estaba nada cansado, puesto que se sentía completamente activo debido a la adrenalina que le corría por las venas tras haberse escapado una vez más de las garras de la secta criminal, lo cierto era que, nada más meterse en la cama y apoyar la cabeza en la almohada, se sumió en un profundo sueño del que no despertó hasta ocho horas después.
Allí estaban ahora, en la Casa de la Salud, abrazándose a sus esperanzadas amigas. La habitación estaba repleta de gente, puesto que también se encontraban allí los padres de Marie y de Caroline. El padre de esta última ya había regresado del viaje de negocios y saludó a Jules y a Huan escuetamente, mientras no quitaba los ojos de encima a su hija.
Las chicas, que llevaban puestas las gafas de cristales tintados que les había regalado Jules Verne, comenzaron a hacer preguntas a sus amigos:
—¿Es cierto lo que se dice por el hospital?
—¿Sois vosotros quienes habéis descubierto lo que nos ocurre?
—¿De verdad tenemos polvo de corbidio en los ojos?
—Dicen que el doctor Fahim ha creado un antídoto, ¿es así?
—¿Cómo habéis descubierto la causa de nuestra ceguera?
Jules y Huan se sintieron un poco abrumados ante aquel bombardeo de preguntas, sin saber a cuál debían responder primero. Al final optaron por comenzar desde el principio y les relataron a Caroline y a Marie todo lo que les había ocurrido desde que el día anterior habían salido del hospital y se habían encaminado hacia la escuela: cómo habían decidido que seguirían a Claude Mathieu al finalizar las clases, cómo este se había dado cuenta de que estaban escondidos en el coche de caballos y cómo les había tapado la cabeza, para que no supieran adónde se dirigían, y los había encerrado en la bodega de un barco.
Al llegar a esta parte, los padres de Caroline y Marie, que estaban escuchando toda la historia, habían lanzado exclamaciones de horror, puesto que no podían entender por qué el director de La Bonne Tradition había actuado de ese modo. Las chicas, que sí que sabían de lo que Mathieu era capaz, habían asentido brevemente y les habían pedido a los otros dos aventureros del siglo XXI que prosiguieran su historia. Entonces, les relataron su encuentro con Jaques Blanc, quien les había contado que los espectadores del rayo verde habían perdido la visión por culpa del polvo de corbidio que miembros de la Orden Contra el Progreso habían lanzado desde lo alto de un globo aerostático. Caroline y Marie suspiraron en esta parte de la historia; ambas recordaban perfectamente ese globo, aunque pensaron en su momento que en su interior había curiosos que querían tener una mejor visión del destello en vez de integrantes de la malvada secta.
Los chicos prosiguieron el relato contándoles cómo habían elaborado su plan de huida, que al final había resultado ser todo un éxito. Iban por la parte de la narración en la que corrían hacia el Nautilus para avisar a Nemo cuando alguien llamó a la puerta.
El doctor Fahim asomó la cabeza y preguntó:
—¿Puedo pasar?
—Por supuesto, doctor —contestó el padre de Caroline—. ¿Trae noticias sobre la salud de nuestras hijas?
El médico hindú se encaminó hacia el centro de la habitación y saludó a todos los allí presentes, siendo especialmente efusivo con Jules y con Huan.
—De hecho, traigo muy buenas noticias —les informó sonriendo de oreja a oreja—. Llevo toda la noche trabajando en un antídoto para devolver la vista a los pacientes afectados por el polvo de corbidio, y a primera hora de la mañana he dado con la fórmula correcta. Estoy visitando uno a uno a los enfermos, y todos ellos responden favorablemente al antídoto: en tan solo unos minutos recuperan la visión de manera total.
Todos los allí presentes aplaudieron las palabras del doctor hindú, que se aproximó a las chicas para colocarles las gotas en los ojos. Primero fue el turno de Marie: se quitó las gafas Ray-ver y el médico introdujo un par de gotas de una sustancia transparente en sus pupilas. Luego repitió la operación con la otra paciente.
—Ahora solo falta esperar a que el antídoto surja efecto —les informó antes de salir de la habitación para ir a curar a más enfermos de ceguera.
Aguardaron ansiosos e impacientes a que las chicas dieran alguna señal de que estaban recuperando la vista. ¿Y si el antídoto no funcionaba con ellas? ¿Qué ocurriría entonces?
Pero, entonces, Caroline soltó una exclamación:
—¡Comienzo a distinguir las formas de las cosas con mayor nitidez!
Marie se miró sus propias manos, y por primera vez en varios días, fue capaz de distinguir sus dedos:
—¡Yo también!
Durante los siguientes minutos, ambas fueron explicándoles sus avances, exultantes de felicidad. Poco a poco, iban distinguiendo con más nitidez las formas, y también comenzaron a apreciar los distintos colores de los objetos que las rodeaban. Al principio, tanta luz las seguía cegando, así que siguieron con las gafas tintadas puestas, pero al cabo de unos diez minutos ya no las necesitaron más.
Caroline se quitó las gafas Ray-ver y miró a su primo directamente a los ojos sonriendo abiertamente. Jules pensó que estaba más guapa que nunca.
—Gracias a los dos —exclamó de todo corazón—. Nos habéis salvado.
Los cuatro amigos se fundieron en un cálido abrazo, sintiéndose de nuevo los chicos más afortunados del planeta. Los padres de ellas, que observaban la escena un tanto apartados para dejarles intimidad, no pudieron evitar las lágrimas de alegría y de gratitud ante ese final feliz e inesperado.
Fue muy extraño para Marie y Caroline regresar al colegio. Se sentían renovadas, con muchísima energía y capaces de todo. Disfrutaban de todos sus sentidos, especialmente del de la vista, y se sentían tremendamente afortunadas por estar sanas y salvas. Los otros alumnos, que sabían perfectamente que ellas eran dos de las víctimas del rayo verde, no paraban de preguntarles cómo se sentían, si habían pasado miedo durante su ceguera o si habían recuperado plenamente la visión.
Claude Mathieu fue de los pocos profesores que no hizo comentario alguno sobre lo sucedido. Los cuatro aventureros del siglo XXI suponían el motivo: se sentía avergonzado de haber sido burlado una vez más por cuatro chicos cuarenta años más jóvenes que él y prefería hacer como si el asunto del rayo verde no hubiera existido nunca.
Aquella misma mañana, durante la hora de patio, una compañera de la clase de las chicas le entregó un periódico a Jules Verne:
—Hablan de ti y de Huan en portada —le comunicó—. He pensado que os gustaría leerlo.
—Gracias, Eloise —respondió Jules antes de volverse hacia los demás aventureros del siglo XXI para enseñarles el artículo.
Se trataba, como habían supuesto, del periódico Le Matin. Sabían que su director legítimo había regresado a la redacción, mientras que el siniestro Mr. Dupont había desaparecido sin dejar rastro. Los chicos se habían preguntado cómo afrontaría Jaques Blanc la vuelta a la normalidad y si haría algo al respecto para denunciar los hechos: no les parecía la típica persona que se quedara de brazos cruzados por miedo a las represalias.
Caroline, alardeando de su excelente visión, comenzó a leer el artículo en voz alta, mientras los demás, colocándose detrás de la chica, iban leyendo por encima de su hombro:
El periódico Le Matin desenmascara a la Orden Contra el
Progreso, culpable de la ceguera de un centenar de personas.
A lo largo de estas últimas semanas, yo mismo, el director
de Le Matin, he sufrido distintas amenazas de muerte a manos de la Orden Contra el Progreso, una organización criminal gue hace tiempo gue opera en la ciudad de Nantes y gue pretende regresar al tradicionalismo y al conservadurismo extremos. Esta secta es extremadamente peligrosa y ha actuado en distintas ocasiones secuestrando gente y colocando bombas para destrozar todo vestigio de progreso en la sociedad francesa.
Hasta ahora, siempre han salido impunes de todos los
cargos, puesto que la gendarmería nunca ha encontrado suficientes pruebas para apresarlos. Sin embargo, a partir de hoy mismo, el periódico Le Matin se declara en lucha contra esta organización y aconseja a todos los ciudadanos que hagan lo mismo.
Mi misión como periodista y como director de este diario es
clara: contar a mis lectores la verdad. Y la verdad es que la Orden Contra el Progreso estaba detrás de la catástrofe del rayo verde: desde un globo aerostático, lanzaron polvo de corbidio a los espectadores que estaban en la playa, provocando así ceguera entre los asistentes, para luego hacer creer a la población que se trataba de un castigo divino y poner de este modo a todo el mundo en contra de la construcción de la fábrica de aeronaves.
Mientras ocurría todo esto, he sido secuestrado por dicha
organización criminal durante varios días, a la vez que un secuaz de la Orden Contra el Progreso ocupaba mi cargo y publicaba artículos sobre castigos divinos, desprestigiando la construcción de la fábrica de aeronaves y atemorizando a la gente sobre el progreso. Es por este motivo por el que la línea
editorial del periódico ha sido gravemente alterada durante los últimos días.
Debo, ante todo, agradecer la preciada colaboración de
dos jóvenes e intrépidos aventureros, Jules Verne y Huan Shian: gracias a su valentía e ingenio pudimos escapar de nuestra prisión y alertar a los médicos sobre lo ocurrido en la catástrofe de la playa. Al saber que la sustancia extraña que había en los ojos de los enfermos era polvo de corbidio, un equipo de médicos liderado por el doctor Fahim logró crear el antídoto que ha curado a todos los afectados por esta nociva y peligrosa sustancia.
Aunque, una vez más, la gendarmería ha archivado el caso
por falta de pruebas, me veo en la obligación de que mis lectores sepan lo que ha ocurrido en realidad: el secuestro del periódico, el atentado a los espectadores del rayo verde, las amenazas de muerte, el cautiverio que he sufrido… Todo ello responde a un mismo autor: la Orden Contra el Progreso. Algún día no muy lejano, los miembros de esta secta cometerán un paso en falso y lo pagarán con la cárcel.
Espero que los lectores de Le Matin sepan disculpar a este
director por la falta de rigor que ha tenido el periódico durante los últimos días, y que coincidan conmigo al opinar que el progreso es del todo positivo para nuestra ciudad. Para crear un futuro más justo y con más oportunidades para todos, debemos dar prioridad a proyectos innovadores que ayuden a nuestra sociedad a evolucionar hacia nuevos horizontes.
Jaques Blanc, director de Le Matin
Los chicos quedaron profundamente impresionados tras la lectura del artículo. Era la primera vez que una persona influyente acusaba abiertamente a la Orden Contra el Progreso de sus actos criminales. Los aventureros del siglo XXI no estaban acostumbrados a que alguien secundara sus palabras.
—¿Qué ocurrirá a partir de ahora? —preguntó Marie inquieta cuando Caroline acabó de leer en voz alta.
—¿La gente comenzará a creernos? —La voz de Huan sonaba esperanzada.
No tenían respuesta para esas preguntas, pero, por primera vez, Caroline, Huan, Jules y Marie sintieron que acababan de dar un paso muy importante y que estaban más cerca de poder acabar con la Orden. Se sentían más fuertes que nunca, casi invencibles.
El artículo de Jaques Blanc corrió como la pólvora, y al final del día, todos los alumnos conocían la verdad sobre lo ocurrido en la playa. De repente, Jules y Huan volvían a gozar de fama en el instituto: los estudiantes los paraban para que les contaran cómo había sido su colaboración con el director de Le Matin y de qué modo habían podido escapar de la temible Orden Contra el Progreso.
Los dos aventureros del siglo XXI estaban disfrutando de lo lindo con tantas atenciones; les encantaba que todo el mundo comentara el artículo, pero, sobre todo, que las chicas más guapas de la escuela se interesaran por ellos.
—Yo no necesito ver el rayo verde para atraer a las chicas —alardeó Huan después de que una alumna mayor que él le pidiera un autógrafo.
Marie y Caroline resoplaron y suplicaron a su amigo que no les mencionara nunca más el asunto del rayo verde:
—¡Ya hemos recibido suficiente escarmiento estos últimos días! — exclamaron.
Sin embargo, lo cierto era que les divertía ver a Huan tan animado. El muchacho normalmente odiaba el instituto, pero desde que lo trataban como a un héroe le gustaba levantarse temprano por la mañana para encarar con ganas un nuevo día de fama.
Por la tarde, Jules se encaminó en solitario hacia la parcela donde se iba a construir la fábrica de aeronaves. En esta ocasión había preferido no invitar a sus amigos; sentía que debía ir solo. Necesitaba reconciliarse con aquel proyecto y con las críticas tan duras que los ciudadanos de Nantes habían hecho durante los últimos días.
Ahora todo parecía una pesadilla: la gente había reaccionado favorablemente al escrito de Jaques Blanc y pedía de nuevo la construcción de la fábrica de aeronaves para que la ciudad progresara, pero Jules sabía que los inversores norteamericanos habían abandonado el proyecto por la inseguridad que habían vivido durante la semana anterior. Habían perdido mucho dinero con la destrucción de la nave principal y no querían volver a pasar por algo así.
La Orden Contra el Progreso sí que había ganado en esto, pensó Jules con tristeza, mientras se acercaba hacia las ruinas de la fábrica. Habían logrado que los enfermos recuperaran la visión, que era lo más importante, pero no habían podido impedir el abandono de la construcción de la fábrica. Sentía como si con la anulación del proyecto, una parte de su gran sueño, el de ser un científico importante que trabajara en una fábrica como esa, se hubiera esfumado; se sentía más lejos que nunca de ese futuro que tanto anhelaba.
En estas, alguien se acercó a Jules. El muchacho, ensimismado con sus pensamientos, no reparó en él hasta que lo tuvo delante.
—¡Philippe! ¡Estás bien! —exclamó al darse cuenta de que se trataba del vigilante de las obras—. La última vez que te vi, parecías muy malherido. — Se estremeció al recordar a los bomberos sacando el cuerpo de Philippe de entre los escombros.
—Por suerte, solo tuve unas contusiones leves —le contó Philippe—, aunque tardé un par de horas en recuperar el conocimiento, y no recordaba absolutamente nada de lo que había pasado.
—Me alegra saber que no ha sido nada —suspiró el joven inventor—. ¿Qué haces por aquí? Supongo que ahora has perdido tu trabajo, ¿no? Las obras se han paralizado y el proyecto no tirará adelante sin la inversión de los norteamericanos. —Jules se dio cuenta de la tristeza que emanaba de su propia voz.
—¿Es que aún no te has enterado? —se sorprendió el otro—. ¡Tenemos un nuevo inversor! ¡La fábrica de aeronaves sí que se construirá, después de todo!
—¿De verdad? —Era la mejor noticia que le daban a Jules desde que Fahim había encontrado el antídoto para la ceguera de sus amigas.
—Un tal capitán Nemo ha decidido invertir en ella; las obras volverán a comenzar mañana —le explicó Philippe—. Me han dicho que es un buen tipo.
Jules sintió que le iba a explotar el pecho de felicidad:
—Es el mejor —sentenció.